La casa de Asterión, volumen III, número 10, septiembre de 2002

 

Conversaciones con Gustavo Ibarra Merlano: "García Márquez era un escritor de pocos cuentos"

Por Alvaro Suescún T.


          "... Gustavo Ibarra Merlano, un ser adorable y hoy un gran abogado de aduanas, llegó un día y me dijo: todas esas cosas que lees, están muy bien, pero no tienen piso. Te hace falta una base, y durante dos años me dio una mano de griegos y de latines por la cual le estaré agradecido toda la vida. No es que me prestara a Sófocles, es que me obligaba a estudiarlo, punto por punto y luego me hacía examen. Y como él era un filósofo católico, me hizo leer a Kierkegaard, y el teatro de Paul Cladel..."
          Gabriel García Marquez

          En "Comadreo literario de 4 horas", marzo de 1981.
          Juan Gustavo Cobo Borda.
          Revista Gaceta de Colcultura, No. 35


          - Estamos en la segunda semana de octubre de 1998. Gustavo Ibarra Merlano vino a Cartagena a fines del mes pasado para quedarse pocos días, atendiendo la invitación al Encuentro de Escritores de Bolívar, en Calamar, en el que los escritores, muy jóvenes casi todos, le brindaron un emotivo homenaje, la gobernación de Bolívar les otorgó, a él y a la poetisa barranquillera Meira Delmar, la medalla al mérito cultural  "Luis Carlos López", entregada por Patricia Martínez Barrios, Secretaria de Educación y Cultura, y para que el acto no tuviera olvido obsequiaron a los asistentes, reeditada, "Yngermina o La hija de Calamar", de Juan José Nieto, una de las primeras novelas de la literatura colombiana.  "Habíamos  planeado quedarnos cuatro días, a lo sumo esa última semana de agosto", me había dicho, pero transcurrió en volandas el mes de septiembre y ya está  próximo a completarse medio de octubre. Sus días aquí han estado cargados de homenajes y reconocimientos, "cada vez que intentamos organizar nuestra ida sucede algo imprevisto que nos obliga a dilatar el viaje de regreso", dice divertido.  Este jueves, la Universidad de Cartagena lo ha invitado a dar un recital en el aula máxima, en esa ocasión, su rector, Manuel Sierra, hará una exaltación de su vida y de su obra, y le entregarán un diploma.

           --"Fíjate, las cosas que tiene la vida, ---me dice--- en Bogotá tengo trato con pocos amigos,  son escasos y más pocos todavía los amigos literatos. Mis amigos más cercanos son Ramiro de la Espriella, a quien quiero mucho, Jaime Jaramillo Uribe, historiador, mi condiscípulo en la Normal Superior, y Héctor Rojas Herazo, con quienes habló con relativa frecuencia,  ocasionalmente José Nieto y Lacides Moreno Vargas, y tal vez cinco o seis personas más, el resto del tiempo estoy en mi casa, estudiando o en la oficina trabajando, no tengo ninguna clase de conexión con el mundo literario. Un día recibí la visita de Henry Luque Muñoz, un poeta entrañable, y me dijo, "Gustavo, yo creo que tu poesía no ha sido recibida como merece",  lo cierto es que además de algunas publicaciones hechas por Santiago Mutis, un afectuoso escrito de Germán Espinosa, otro de Omar Morales Benítez en la revista de Milcíades Arévalo, y algún otro olvido, se resume con holgura la generosa crítica que ha recibido mi obra, así que llegar de nuevo a Cartagena y encontrarme una vaina que no había promovido, en la que  no tengo la menor acción, impulsada por  estos muchachos que han sido formidables conmigo, armando un homenaje al final de mi vida, me parece extraordinario. Pensando a veces en esto le digo a mi mujer. "Josefina, ¿Tu crees que yo merezco esta alharaca que han formado aquí?". Y ella se ríe, feliz. En cambio, mi hijo Gabriel me decía ayer: "Qué bueno que estos homenajes te los hayan hecho en vida y no cuando estuvieras muerto, como dijo García Márquez". Él está curado de esto para toda la vida, han sido tantos los homenajes que le han hecho que se ha dado el lujo de rechazar todos los demás después del Nobel.

          --CÓMO SE CONOCIERON?

          --En 1949 vivía con dedicación exclusiva a la lectura y a la enseñanza del griego, en pocas palabras casi un vago. Iba a "El Universal" con mucha frecuencia porque allá trabajaba como redactor Héctor Rojas Herazo, mi gran amigo desde muchos años atrás.  El mismo día que Gabo inició labores, el jefe de redacción, Clemente Manuel Zabala, un personaje inolvidable, entusiasmado con la reciente adquisición del periódico, me lo presentó.

          --La luz entra a chorros por las ventanas y el estupendo paisaje de mar pareciera, por momentos, ser parte del área habitable del apartamento. Estamos sentados en la sala, su esposa Josefina --que nos acompaña-- interrumpe para ofrecernos un jugo de frutas al tiempo que pregunta cómo era Clemente Manuel Zabala.

          --Clemente era indio machigua como decimos aquí, su cabello negro y liso lo cubría con una boina vasca. Como escritor era desconcertante, tenía un gran talento y una discreción extraordinaria, era metódico, perfeccionista, introvertido y disfrutaba de la soledad. Casi todos los días publicaba un poema escogido en El Universal pues vibraba con la poesía, tanto que  cuando alguien recitaba  él bailaba, nunca he visto un danzarín de la poesía como él, era un hombre entrañable, por eso tuvo tanta influencia sobre Gabriel, sobre Héctor y sobre mí. Era misterioso como los indígenas, hablaba lo necesario y cada vez que lo hacía atinaba, además era muy afectuoso, había que darle gusto, era un hombre fuera de serie. Durante los primeros meses se tomó el trabajo adicional de corregirle a Gabriel los artículos que él escribía. Clemente era, sobre todo, un pedagogo,  gran literato y un gran periodista.

          Allí estaba yo, en El Universal, --Ibarra Merlano retoma el hilo de su exposición- y García Márquez recién llegado de Bogotá estrenándose como redactor. Descubrimos que com,como escritores teníamos inquietudes en común, me acompañó a mi casa, conoció la Historia de la Literatura Norteamericana de Luwdig Lewison que yo tenía, en ella estaban los autores norteamericanos clásicos, todos maravillosamente criticados,  e iniciamos una amistad en base a los libros como Moby Dick
de Herman Melville,
La Casa de los Siete Tejados y La Letra Escarlata, de Hawthorne, mas adelante leímos La señora Dalloway de Virginia Woolf, La anunciación a María, Cabeza de oro y algunas otras obras de teatro de Paul Claudel, filosofía de Gabriel Marcel y  de Kierkegaard, la mejor poesía del "Siglo de Oro" español. Después de leídos los comentábamos, haciendo anotaciones sobre la sintaxis, sobre el estilo, sobre la forma, sobre el contenido, sobre el tema, como si fuéramos miembros de un taller de literatura. Gabo ya estaba muy formado pero aún así tuvo mucha importancia la lectura, el cambio de ideas, los autores y los críticos que conocimos. Mis aficiones principales eran los clásicos españoles y la literatura griega, a Gabriel y a Héctor también les gustaban. ¿A quién no le gusta la literatura española?

          

             Hawthorne fue crucial, un genio absolutamente americano como dijo de él  Henry James. La novela La casa de  los siete tejados nos abrió a Gabriel, a  Héctor y a mí, una certeza sustantiva que constituye el fundamento de toda nuestra creación literaria. La certidumbre de que solo en la culpa se encuentra la regeneración del alma.  Cien años de soledad es la migración de la culpa a través de varias generaciones de una familia y esta transmigración es la esencia de la novela de Hawthorne, y
Celia se pudre
no es otra cosa que una de las más profundas meditaciones sobre la culpabilidad que se hayan hecho. Esa época era un tiempo de anclaje, es decir, de la búsqueda y el hallazgo de una estructura de apoyo, y creo que la encontramos atravesando los testimonios más diversos: novela, poesía, filosofía y cualquier otro combustible que pudiera avivar la hoguera de esa edad feliz. No hay que citar más nombres, aunque son muchos basta recabar sobre Hawthorne.  A pesar de que no nos hemos dado a luz a nosotros mismos, somos culpables por el solo hecho de haber nacido, de ahí arranca el horizonte de la redención.


          --El ambiente es agradable, pareciera que en el apartamento de Gustavo Ibarra Merlano se celebrara una fiesta y estuviera muy concurrida. Pero tan solo estamos su enfermera, Heydi Palacios, que ahora amablemente nos acerca jugos de zapote y de guanábana, su esposa Josefina, una señora nativa que atiende la cocina, Ibarra Merlano y yo. Su esposa atiende una llamada de su hijo José Rafael desde Bogotá, luego pone los vasos y, mirando a su esposo, quiere ahora saber cómo era Gabo, él en tono complaciente, dice:

          --Gabo era talentoso, discreto y muy receptivo, todo lo captaba de inmediato. Asimilaba, meditaba y hablaba siempre de cosas muy importantes, quizás muy fina y mesuradamente. Era pálido, bastante delgado, bajo la sombra de un copete crespo se guarecía un incipiente bigotito negro y todavía tenía espinillas en la cara. Su apariencia era muy frágil, pero era muy poderoso interior e intelectualmente. Yo estudiaba poesía española y literatura griega en mi casa, y dictaba una cátedra de griego que me cedió el padre Rafael García Herreros en el colegio San Pedro Claver regentado por ese gran humanista que era el doctor Gabriel Porras Troconis, cómo sería de humanista que tenía en bachillerato una clase de griego, ¡dos años de griego, en Car- ta- ge- na! Aquí no gustan de él, sobre todo los nuevos historiadores, dicen que sus escritos son parcializados en favor de España. Creo que tenía una gran estatura moral e intelectual, claro, con una concepción conservadora de la historia, bueno, cada uno tiene sus ideas y esas eran las suyas. Yo disponía de mucho tiempo para la lectura y a mi casa, tanto la de "El Pié de la Popa" como después a la de "El Cabrero", se presentaban Héctor y Gabo. Mi padre los quería mucho y mi madre también, allá pasábamos horas y horas, hablando, leyendo y comentando, uuuuf, nos prestábamos libros y nos prestábamos las críticas de los libros y nos prestábamos las historias de la literatura que hablaban sobre los libros, y hacíamos estudios muy profundos sobre los libros, sobre la historia de la literatura y sobre los comentarios de los libros. Era una amistad muy hermosa,  tú sabes como son las amistades en torno a los libros y a la poesía,  y uno cuando es joven es cuando echa todo lo que tiene por dentro, cuando más habla de vainas y recibe más influencias.

          --Recordé que, en ocasión anterior, Ibarra Merlano me había dicho que Pedro Salinas estuvo en Cartagena y dio una gran conferencia sobre el amor, pero "Los tres mosqueteros", que eran cuatro como en la novela de Dumas, no fueron a su encuentro, después Salinas le diría a su gran amigo Tito de Zubiría que no había visto en Cartagena a los escritores que le había recomendado. La llegada de Dámaso Alonso a Cartagena, también fue un hecho resaltado, le pregunto si ellos, fervorosos admiradores de los clásicos, perdieron también esta oportunidad de estar frente a un clásico.

          --Dámaso Alonso fue invitado por la Universidad de Cartagena, la conferencia que dictó fue extraordinaria, era un virtuoso de la disertación, versaba sobre la valoración de la literatura española haciendo énfasis en la influencia de la novela picaresca española en la novela picaresca inglesa. Nosotros tres al fin nos atrevimos a ir al Hotel Caribe donde estaba alojado cuando Clemente Manuel Zabala se ofreció para acompañarnos, después de varios días de estar aquí, nos preguntó: "¿Y por qué no vinieron antes? Donde voy, los jóvenes son quienes me acogen, ¿qué pasaba con Uds.?" Era un hombre entrañable, maduro, era de calvicie avanzada, bajo de estatura y estaba muy cegato, pero derrochaba  gran simpatía. Yo estaba muy asustado, como cuando volví encontrarme con Artel después de 10 años sin verlo, cuando ya él era un hombre con prestigio. En esos días había escrito algunos poemas y me aventuré a mostrárselos, pero no hizo gestos de que le gustaran, Héctor le mostró un poema llamado "La casa entre los robles", y con él fue más benévolo, le dijo que tenía parecido a los poemas arabigo-andaluces. Los escritos de Gabriel se los entregó a su esposa, Eulalia Galavarriato, ella había sido ganadora del premio Nadal. Ninguno de nosotros podía hablar de la emoción, al fin le dije que nos interesaba mucho la poesía española, nos habló de García Lorca y nos prestó algunos escritos suyos e hicimos buenas migas durante los  días que estuvo en Cartagena antes de irse para México. Nos dijo que entre sus proyectos estaba escribir una historia de la literatura castellana, y preguntó por nuestros proyectos, quiso saber por qué no me iba a estudiar a España, y cuando regresó a su  país intercedió ante el embajador para que me dieran una beca.

          A raíz de esta visita escribí un trabajo sobre esa España y esos escritores españoles de nuestra admiración, la tesis era: ¿Había dado España en lo contemporáneo tesis y síntesis decisivas en lo que iba corrido del siglo? Yo pensaba que España había resuelto algunas incógnitas seculares que la corroboraban en su mejor ser y  algunos aspectos de la crítica literaria nos daban la razón.

          --Hay unos acontecimientos que en la vida coinciden de alguna manera, ya sea por casualidad o por causa del destino cumplido mediante la ayuda de ese azar. Los estudiosos de la obra garciamarquiana aseguran que son esos sus temas cardinales, puesto en tercera persona, en Crónica de una muerte anunciada, Gabo dice: "Nunca le pareció legitimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura". Es lo que el profesor Carlos J. María llamaba el azar objetivo  ¿Hay algún hecho de esos días que le hiciera pensar en algo parecido?

          --Sí. La presencia de "La Cueva" como sitio de reunión de Gabo con sus amigos de Barranquilla tiene un antecedente en Cartagena. Muchas noches esperé la salida de Gabo y de Rojas Herazo de "El Universal" para deambular matando el tiempo con nuestras conversaciones sobre literatura, hasta recalar en "La Cueva", una venta de comidas típicas en el mercado, donde queda hoy la avenida de El Arsenal, era un arrabal larguísimo que atravesaba como cinco calles y hacía parte de Getsemaní, con un hervidero humano metido a la fuerza en unos pasillos interiores con vendedores de abarrotes y de cuanta vaina, puestos de granos, frutas y hortalizas, con algarabía de loros y de micos, puestos de quesos y pescados, expendios para el público, tenderetes en los que vendían telas, otros joyas, otros ofrecían carne, correas, era un mercado persa muy hermoso por su gran vistosidad, y a un lado estaban los carpinteros de ribera descargando sus mazos sobre la madera, revitalizando los viejos barcos en la bahía.

          En el Arsenal  estaba "La Cueva" con sus grandes mesas de comidas típicas en manteles baratos, donde servían la sabrosa comida cartagenera. Todas las parrandas y todos los bailes, sin distingos de clase social, iban a terminar allá para comer postas de sábalo, "bistecs", arepas de huevo, plátano asado, el arroz con coco, y la vaina,  todo hecho en fogones al carbón, era muy sabroso lo que servía Otilia, la dueña, una negra muy afectuosa. Pero el personaje central era un marica, Juan de las Nieves, muy buen cocinero, popularísimo y gracioso porque era un hombrón de edad mediana que hablaba como mujer, cariñoso con la gente, hablaba de todo mundo haciendo befas y chistes que por igual los asistentes disfrutaban pero  nadie lo irrespetaba.

          También íbamos a "La Deliciosa", un bar,  junto a la Bahía de las Ánimas,  muy acogedor, que tenía el encanto marino pues  hasta allá llegaban las lanchas y canoas con sus nombres preciosos, "La Salsipuedes", "El San Juan", "La Poderosa", "El Atrato", "La mano de Dios". Me llama la atención esta cosa: las parrandas no terminaban en "La Deliciosa" sino en "La Cueva" pero ahí no había cómo tomar licor pues no lo vendían, todo el mundo estaba  comiendo y no tiene nada que ver con el asunto este que estamos comentando.

          --Josefina, que ha estado atenta todo el tiempo, lo interrumpe para decirle: "Debes hablar más durito y más despacio". Ibarra Merlano sonríe y, enviándole un beso que sopla en la punta de los dedos, le dice: "Así él me entiende porque es costeño,  tú no me entiendes porque eres cachaca. Hablo como te hablaba a ti cuando te estaba enamorando".  Se ríe y, dirigiéndose a mi, agrega: "Yo tuve que aprender a hablar cachaco con un casette porque no me entendían cuando llegué a Bogotá". Ahora reímos todos. Ella, que está cada vez más interesada, retomando el hilo de nuestra conversación, le pregunta: "¿Ponían música?, ¿cómo era el ambiente?"

          - El ambiente de "La Cueva" estaba dominado por el olor de la manteca, ¡nojoda!, frituras de chicharrón y pescados, y la gente hablando, el movimiento de los que entraban y de los que salían, las mujeres dentro moviendo las palanganas, sus ollas, los anafes y demás vainas.  "La Deliciosa" era un café común y corriente cuyas paredes y el piso eran de madera, pero tenía mucho ambiente,  la parte trasera lindaba con el mar de manera que era muy bello porque estaba por el sitio donde atracan ahora los barcos que van a Bocachica, donde están esos caballos tan feos que le dan el nombre actual al sector, ¿Muelle de los Pegasos?, ahí quedaba "La Deliciosa",  dentro del agua, casi junto a los barcos que recalaban allí y las viejas goletas ancladas, por el otro lado daba al Camellón de los Mártires. Después del asesinato de Braulio Henao Blanco, "La Deliciosa" siguió funcionando, cada vez menos, hasta que la cerraron.

          --Vamos a meternos en aguas profundas --le propongo--. "La Hojarasca" era la manera como los lugareños llamaban despectivamente a la invasión de forasteros que había provocado la "fiebre" del banano en Aracataca y sus vecindades, ese nombre fue tomado por García Márquez para titular su primera novela. En el ambiente nacional se ha generado una gran expectativa en torno al año en que escribió La Hojarasca...

          --Hay una polémica que Gabriel tiene conmigo --responde Ibarra Merlano, picado por la pregunta sin terminar--, para mí está mas o menos clara, pero Gabriel la controvierte: ¿en qué año escribió él "La Hojarasca"? Él me dice que en el año 51, yo digo que en el año 49 o antes,  por una sencilla razón; yo me fui en el año 49 para Bogotá, y Gabo escribió una nota generosísima en El Universal, que recientemente rescató Gustavo Arango, --Ibarra Merlano se pone de pié con dificultad, va hasta la biblioteca y de allí extrae Un ramo de nomeolvides, el libro con la investigación del periodista mencionado sobre la época de García Márquez en El Universal, regresa hasta su silla y continúa: En ella decía:

           "...A Ibarra Merlano, el concentrado y grande amigo nuestro le va a ser difícil acostumbrarse a esa vida capitalina tan convencional y también en ocasiones tan agitada después de que el lento mediodía de El Cabrero le había caído exactamente a su temperamento de hombre meditativo...

          ¡Y me quedé toda la vida en la capital! Gabriel me llevó La Hojarasca, escrita a máquina, la leí esa misma noche y cuando nos volvimos a ver, le dije: "Gabriel, es el tratamiento de los conflictos de poderes, todo un pueblo tratando de detener el entierro de una persona, esa es la misma vaina de Sófocles en Antígona, abrió los ojos, él era muy elocuente con los gestos faciales, pero en palabras no me dijo nada, él asimilaba las cosas sin hacer grandes estropicios, y le dije: "Aquí tienes a Sófocles, léetelo", y se lo llevó. Además, le presté la metodología que usaba para analizarlo porque estudiaba no solamente a los clásicos griegos sino también el idioma, y después se llevó a Esquilo y a Eurípides, y le dije: "Fíjate cómo es el tratamiento del mismo personaje visto por dramaturgos diferentes". Esos libros ejercieron tal influencia sobre él que en innumerables ocasiones ha confesado a los periodistas que nunca ha viajado sin un  libro de Sófocles bajo el brazo. Cuando publicó La Hojarasca puso al comienzo, a manera de epígrafe, un fragmento de Antígona, supongo que para adelantarse a cualquier suspicacia. Después,en unas declaraciones a Gustavo Cobo Borda que hicieron carrera, muy amables, pero desmesuradas, refiriéndose a mí, dijo:  "durante dos años me dio una mano de griegos y de latines por la cual le estaré agradecido toda la vida. No es que me prestara a Sófocles, es que me obligaba a estudiarlo, punto por punto y luego me hacía examen". Que yo le haya hablado de Grecia es probable, pero nada formalmente, pero que le haya hecho seguimiento tomándole exámenes de esas clases y de Sófocles, eso es generosidad de Gabo. Me fui para Bogotá, y si regresé en el año 51 fue porque pensaba estudiar en España, en esa oportunidad no traté a García Márquez ni a Clemente Zabala, luego entonces tuvo que haber sido escrito antes o en el 49.

          --Ahora, a medio siglo de distancia, tras los múltiples estudios, es aceptada la relación de la obra de Gabriel García Márquez con los clásicos griegos:  Sófocles, Eurípides, Esquilo. En una entrevista con Juan Goytisolo, lo dijo:  "El Edipo Rey, que es la obra que mas me ha enseñado sobre todo en la vida, es también la que me ha enseñado sobre el poder..".  Sin embargo, pienso que es lo menos que han estudiado los críticos de su obra, y así se lo digo.

          --Esa es una cosa perfectamente sabida --responde Ibarra Merlano-- y estos críticos pendejos de Norteamérica hablan de la influencia de Sófocles en García Márquez cuando escribía sus primeras obras, ¡qué carajo!, cuando eso Gabriel no tenía la menor idea de quién era Sófocles, ya lo dije antes: yo puedo certificar la originalidad ab-so-lu-ta de La Hojarasca, nada tiene que ver con Antígona.

          Gabo estudió profusamente a Sófocles. Crónica de una muerte anunciada es una tragedia griega, el anticipo de lo que va apasar, previsto como en Edipo Rey, que sabía lo que iba a suceder, complemento inexorable del destino, antes de que todo comenzara a suceder. Todo estaba dicho por los dioses, la ruta de su vida se la habían definido, incluso las mismas armas para defenderse las usó para ¡pluaf!, eliminarlos, y se los volvía a encontrar.  Aquí, una digresión: Edipo Rey es el único caso en la novela negra en que el detective, después de un arduo proceso de investigación, llega a descubrir que él mismo es el asesino. ¡Cójeme ese trompo en la uña! ¿Cómo te parece?

          --Layo, el rey, es advertido por un oráculo de su muerte por mano de su hijo. Edipo, a su vez, conoce por otro oráculo su destino y, al intentar torcerlo, es una esfinge la que con su muerte, se encarga de que todo trasncurra en el orden establecido, se lo aplica a sí mismo sin lograr esquivarlo. Repaso con él la síntesis de la tragedia, colocando las piezas como en un rompecabezas. Josefina, después del almuerzo, ha subido a sus aposentos. Nosotros, cómplices en el juego,  reímos con estruendo.

          --Edipo es importante como tragedia, la tragedia más perfecta que se ha creado en el mundo entero, escrita con la unidad y la tensión dinámica de un cuento, pero tiene una grande grieta que descubrí después de mucho tiempo porque la pasión por el autor no permite examinarlo con rigor, y es que la esfinge, un ser mítico lleno de misterio y de sabiduría que viene del trasfondo de la historia, es una minusválida mentalmente porque la pregunta que le valió a Edipo un reino y una mujer, que resultó ser su madre, es un acertijo sin contenido valioso. Esa pregunta es: "¿Cuál es el ser que en la infancia camina en cuatro patas, en la etapa adulta camina en dos y cuando es viejo camina en tres?", zuas,  ¡El hombre! Cuando es niño gatea, cuando es anciano camina apoyado en un bastón, ¡es un acertijo!, sobre esa vaina basa Sófocles la tragedia más grande, es una prueba de ingenio, y aunque banal, perfecta. Es una esfinge diferente que está conectada con lo místico, entre otras cosas Sófocles es el precursor de los concursos con premio, al que responda el acertijo le dan un reino y una mujer, es el Pacheco de la literatura, fíjate como se vuelve banal la literatura cuando se la examina.

          --Recuerdo ahora que hace una semana, mirando el mar de Cartagena desde el balcón, Ibarra Merlano me había dicho que el capítulo de "Isabel viendo llover en Macondo" Gabo se lo había quitado porque tenía algo que, a su juicio, no encajaba dentro de la obra "sin quitarle al resto ni una coma. La escribió tres veces porque para eso es como una bestia", refiriéndose a su capacidad de trabajo, y cayendo en cuenta de algo que parecía no haberle dado ninguna importancia, agregó: "me dijo que la escribió en retazos de papel periódico". Señaló entonces que para aquellos días Gabriel García Márquez era apenas un modesto escritor que empezaba  a labrar su fulgurante carrera literaria.

          - Cuando Gabo llegó a Cartagena solamente había escrito unos pocos cuentos que había publicado en "El Espectador", esos cuentos no están bien calificados. Estando aquí escribió "La otra costilla de la muerte", "Diálogo del espejo" y "Amargura para tres sonámbulos". Son cuentos espectaculares, pero desprovistos de esa gran capacidad narrativa que fue desarrollando con posterioridad, salvo "Alguien desordena estas rosas", escrito poco después y que es incluso un poema, en el que crea la presencia incógnita que hace el desorden de las rosas,  estos cuentos no tienen ninguna conexión con su obra madura, a mí nunca me impresionaron.  Cuando él se fue para Bogotá, tenía escrito un cuento que se llama "Ojos de perro azul" que me había entregado para  publicarlo en los periódicos de aquí. Yo nunca lo hice, y  lo tenía bien guardado. Quince años más tarde, recién publicada Cien años de Soledad, me invitó a un desayuno de trabajo, me pidió que le devolviera el cuento pues estaba preparando un libro con esos primeros cuentos y quería incluirlo, se lo llevé, lógico, vi que estaba tan entusiasmado con él que no me atreví a decirle que nunca me había gustado. No se qué pensará él, tampoco se qué pensarán los críticos de su obra, eso pienso yo, no he leído muchas opiniones sobre  esos cuentos.

          Su obra arranca de La Hojarasca,  fue una producción también temprana pues la hizo a los 23 años, increíblemente madura para la edad que tenía, pero es una novela armada, muy bella, uno de cuyos capítulos, el "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo", lo separó,  no supe por qué dado que es bellísimo, después Jorge Gaitán Durán lo rescató del cesto de la basura y lo publicó en la revista "Mito".

          --Le propongo que intentemos, en lo posible, un análisis comparativo de las dos obras, La Hojarasca y Antígona. ¿Dónde se entroncan sus temas? ¿Hasta dónde pueden ser coincidentes sus autores?

          --La Hojarasca es tan importante que contiene un tema de Sófocles, las diferentes relaciones del poder, sin conocer a Sófocles. Esa capacidad de intuición y de adivinación que tiene un creador sobre los grandes temas de la narrativa, y  Antígona, que es la obra con la cual se puede comparar es una de las grandes tragedias de Sófocles. Mi tesis es que La Hojarasca gira en torno al problema de entumbar el cadáver del doctor, con dos grupos de actores diferentes, los que proponen que sea enterrado, filonecros, y los que se oponen, misonecros, aquí está el conflicto. Lo hace por un compromiso secreto, en cumplimiento de un deber interior, de una fuerza espiritual tan grande que terminará haciéndolo por encima de la decisión, en contra de quien sea. Este es también el tema de Antígona, quien debe enterrar a Polínice, su hermano, por un compromiso interior, aún a riesgo de su propia vida, y del poder que se opone,  ella también es entumbada en una caverna donde muere por sí misma, cumpliendo esas leyes no escritas. Ese es el tema de Antígona y, por una intuición asombrosa, es el mismo concepto en García Márquez, las leyes no escritas que tenía el coronel son contrarias a las leyes del pueblo y a la autoridad del alcalde, es desconcertante esa coincidencia en la tensión dinámica que se genera entre los antagonistas, pero es explicable porque los arquetipos platónicos se encuentran en un mundo sin tiempo, y los de García Márquez se dan medidos por el tiempo del muerto, un médico taciturno y misterioso que se ha suicidado, en La Hojarasca; por consiguiente Sófocles y Gabriel estaban mirando el mismo problema dramático en un único y coincidente instante. José Manuel Camacho Delgado,  profesor de la Universidad de Sevilla, estuvo hace algunos años en Colombia, investigando, a su regreso reprodujo algunas apreciaciones mías correspondientes a un reportaje que hizo Roberto Montes Mathieu  sobre el tema de Antígona en Sófocles y sus similitudes con La Hojarasca de Gabo. A  Montes Mathieu, a quien no he visto más nunca desde entonces, le dije que en
La Hojarasca
el tiempo tiene un valor importante porque cuando pones en alguna parte un muerto como protagonista, instalas un aparato de manejo del tiempo que se va  haciendo mas  intenso cada vez, porque a medida que avanza el tiempo el muerto se va descomponiendo, y lo que quiere la gente que está alrededor es enterrarlo. Elemental. El personaje es el médico muerto y el otro es el tiempo de los vivos, y hay un contraste entre el tiempo del muerto que es de gran intensidad y el de los vivos que es normal, es increíble que el tiempo de los muertos sea tan importante cuando justamente la  muerte se caracteriza por carecen de tiempo. Eso fue lo que le gustó a  Camacho Delgado, en su libro sobre La Hojarasca, y lo consignó en ese libro suyo trabajado académicamente, con muchas citas. De lo que se trata es de un entumbamiento, él pone esta palabra entre comillas, pero es perfectamente válida en español, porque entumbamiento es meter en una tumba, y una cosa muy curiosa: hace cosa de dos meses, leí unas declaraciones de García Márquez diciendo que allí lo importante era el tiempo, es pasmosamente increíble que Gabriel, a esa edad, hubiera coincidido con el tratamiento de la dramaturgia profunda del  mejor trágico que ha dado la historia, que es Sófocles.

          --¿Después de esa ocasión ha ocurrido que García Márquez le permita conocer sus originales antes de darlos a la luz pública?

           --Yo no conozco mucho el decurso en la creación de García Márquez, no soy un especialista en ella no obstante que somos amigos, admiro mucho su creación y he leído algunas de sus novelas, casi todas me han gustado mucho como es lógico, pero no conozco el detalle menudo de cómo se hicieron ni cuál es su repercusión literaria. Cuando hablamos lo hacemos de cosas comunes y corrientes,  de los libros que estamos leyendo, de todo menos de su gloria. La última vez hablamos de Del amor y otros demonios, que parece ser una investigación periodística de la época que compartimos, iniciada según explica Gabo, el 29 de Octubre del 49 cuando Clemente Manuel Zabala le encomendó mirar las criptas funerarias que estaban vaciando en el convento de Santa Clara. En esa obra García Márquez da muestras de su gran conocimiento de lo que puede ser el temperamento sacerdotal en problemas como el de Cayetano Delaura, uno de los protagonistas de la novela,  para eso se necesita vencer la repugnancia que él le tenía a lo religioso. En uno de sus primeros reportajes explicaba que sintió una aversión tremenda por estar en misa, aunque admiraba la belleza de sus ornamentos y de la ceremonia, pero no su contenido. Pero en esta novela da muestras de conocer a la perfección  un temperamento religioso, que es muy singular, para el cual hay que tener ciertas afinidades. De pronto me dijo: "Acabo de leer la Suma Teológica", esa obra tiene como dieciséis volúmenes y ochocientas  páginas cada uno, y para leérselos se necesita tener una capacidad y una paciencia de lector muy sólidas. Todos los problemas teológicos y humanos están allí tratados, por eso se llama Suma, es la recopilación de todo lo que piensa acerca de la moral, la fe,  la teología, tiene todo. Lo creí porque Gabriel siempre dice la verdad, además es capaz de eso porque es un trabajador literario infatigable, entonces le comenté que tenía un escrito que se llama "Ensayo sobre la hermosura de la eucaristía" hecho en Atenas, porque me interesó la relación contrastada que había en la opulencia del mármol arruinado de la estatuaria clásica en El Partenón, eso suscitaba en mi una gran inquietud que estaba formalizada en cada uno de los átomos que son una legitimación de la materia en el objeto estético que hace la belleza de la escultura y todavía en la ruina sigue brillando.  ¿Cómo ese anhelo de forma imperecedera daba un testimonio de caducidad y se postulaba al mismo tiempo como eterna y efímera, permanente y transeúnte? Resulta que la eucaristía es vista por mí como una Acrópolis interior en la que, al revés de lo que pasa con la ruina del mármol, también hay una formalización porque en cada uno de esos átomos está la presencia de Cristo, exacta al  proceso de la escultura pero en otra dimensión. Eso me cuestionó, primero por la semejanza y en segundo lugar por la diferencia, es decir, la falta de semejanza, y con gran entusiasmo me puse a escribir sobre ese asunto hasta descubrir la hermosura de la eucaristía y su formalización,  comprobé que su belleza era sobrenatural mientras que la de la estatuaria griega era de carácter natural. Cuando le dije eso a García Márquez me respondió que había leído a Santo Tomás, y resulta que yo estaba escribiendo las impresiones de un poeta sobre la eucaristía, el estatuto de un poeta al borde del misterio aunque no soy teólogo. Ese tipo  se había leído la Suma Teológica en el siglo XX, y me dije a mi mismo: ¡qué barbaridad la que hice yo, decirle estas vainas a un padre de la iglesia!, me dio risa. Gabo solo dijo: "Mándame ese escrito", es que tiene una gran capacidad evolutiva, es asombrosamente plástico en la concepción del mundo, y eso es necesario para poder hacer lo que ha hecho. En nuestra juventud siempre le hablaba de Dios, como éramos amigos me lo permitía. Solamente Clemente Manuel Zabala, que era agnóstico pero de una delicadeza extraordinaria, alguna vez en la heladería "Astor",  --yo había empèzado a  hablar de Dios--  me dijo en forma muy sosegada, "Dejemos en paz a ese señor", ¡ja!, es el argumento más teológico que he oído en mi vida, y con él me hizo callar,  ¿cómo te parece eso?, ¡ja, ja!

          --No han sido muchas las veces que se volvieron a encontrar los dos viejos amigos. Ibarra Merlano cuenta divertido otra oportunidad en Cartagena, en 1965, en la que también estuvo Germán Vargas, cuando García Márquez vino al Festival de Cine con la delegación mexicana. Le reveló que tenía entre ceja y ceja una novela que lo tenía emocionado, menos de dos años más tarde se conocería Cien años de Soledad. Recordaron el episodio aquel del viaje que juntos hicieron en el que Ibarra Merlano conoció a Germán y a los demás miembros del posteriormente denominado grupo de Barranquilla, él lo recuerda así:

          --Por allá en septiembre del 48 Gabo me pidió que lo acompañara a Barranquilla, creo que fue el primer contacto de él con el llamado "Grupo de Barranquilla", ese viaje era un desastre por la carretera polvorienta y en muy mal estado, llegamos al medio día, estuvimos casi toda la tarde y la  noche hablando con Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Obregón (que lo único que dijo fue que no le gustaba la poesía de Carranza), entre los que recuerdo. Con Fuenmayor me trabé por la noche en una discusión sin darnos cuenta de que los demás existían, como tres horas hablando acerca de la épica  española y francesa, si los romances eran creación colectiva de la tradición oral y un compilador les había dado forma literaria, si El Mío Cid, La Canción de Rolando y los poemas de Homero eran creación colectiva o individual, cosas por ese estilo. Al cabo de un año Germán Vargas nos devolvió la visita, estuvimos algunos días con él y terminó trasmitiéndole a Gabo una propuesta de Fuenmayor para irse a trabajar a Barranquilla, la cual se concretó más tarde.  Poco después, en Julio del 49,  viajé a Bogotá.  Gabo también estaba escribiendo otra  novela con un título más apropiado para Héctor Rojas Herazo Alguien corta el heno que después se llamó La casa que a su vez viene de la impresión que le dejó La casa de siete tejados de Hawthorne que, como ya lo dije,  es sobre la transmisión de la culpa de generación en generación. Eligio García Márquez me llamó hace poco y me dijo "¿Cómo es posible que no se hayan dado cuenta de la influencia de Hawthorne en la obra de Gabriel?"

          --Ibarra Merlano se pone de pie y camina hasta el balcón, las luces de la ciudad están encendidas y desparraman su luminosidad mar adentro en la bahía, sueña con regresar a Cartagena para quedarse, el homenaje que le hicieron en Calamar por momentos aturde sus emociones, esos recuerdos van y vienen como las olas de sus nostalgias, recostado en la baranda y con una extensa sonrisa, dice, "Entre otras vainas en la inauguración del Encuentro de Escritores de Bolívar en Calamar nos encontramos nadie menos que a Abel Antonio Villa, el de "Las nueve noches de velorio", tiene ochenta años y está como un roble. Clemente Manuel, Héctor Rojas y yo, lo habíamos presentado aquí en Cartagena hace como cincuenta años en el teatro Heredia junto a Cresencio Salcedo a quien las directivas del teatro le impedían su presentación con el argumento de que estaba descalzo. ¿Cómo te parece? Cresencio  vivió treinta años más, se presentó en todas partes y nunca se puso zapatos en su vida".Le digo que ya estamos a punto de finalizar esta larga jornada de hoy, no se le nota fatiga alguna, sus accesos de tos hoy no aparecieron.

          --Pero estábamos hablando de Gabriel --dice Ibarra Merlano--, hay muchas cosas que se dicen de él en aquella época y que yo desconozco o vine a conocer mucho después. Era muy parco para hablar, pero cuando lo hacía era muy preciso, con observaciones muy profundas, muy importantes. De su vida conocimos muy poco, nunca conocimos de sus penurias económicas, no las demostraba y menos hablaba de ellas. Después, mucho tiempo después, vine a saber que, en aquella ocasión en la que desapareció por dos o tres meses, estaba enfermo de pulmonía y tuvo que ir a reponerse a casa de su familia en Sucre. Era, sobre todo, profundamente autónomo, muy pulcro, muy ético, incorruptible, un extraordinario ejemplar humano, casi siempre muy ensimismado, profundamente interiorizado, elementos que acentúan la admiración que siento por él que es, sobre todo, una admiración moral. Sabes que en él tiene el país a uno de los temperamentos morales mejor estructurados. ¿No es así?

--En la puerta del apartamento hasta donde ha salido para despedirme, mientras llega el ascensor, me dice: 

- Abel Antonio está  igualito, me saludó improvisando unas coplas, "Ibarra estás muy joven,/ tal cual en los años treinta,/ y a pesar de tanta afrenta/ todavía se te ve muy bien", me dijo, "Y tú estás mejor, Abelito, como un roble, carajo, qué maravilla", le dije. Esa es la vitalidad de la gente nuestra, el futuro  está aquí, en el mestizaje de esta parte del mundo, en este crisol del Caribe, en estos talentos que da. De cualquier pueblecito sale un genio, fíjate, valores de la literatura universal como Rojas Herazo, de Tolú, o García Márquez, de Aracataca. Aquí  hay  que hacer así, "pá", y sale un genio.



Cartagena, Octubre 8 de 1998