Revista Casa Silva No. 16 -2003

Gustavo Ibarra Merlano y la poesía

Por Álvaro Suescón Toledo

Es una mañana espléndida, aún no son las nueve cuando en-tro al edificio Pedro de Heredia; he llegado puntual a nuestra cita. No tengo necesidad de subir a su apartamento pues me espera en la recepción del edificio, necesita dinero en efectivo y va a buscarlo a un cajero automático que queda a menos de tres cuadras de allí, después de una cálida bienvenida me pide que lo acompañe. Viste bermudas, una camiseta Polo, zapatos tenis y gafas oscuras, y no obstante apoyarse en un bastón, próximo a cumplir ochenta años, se le ve fortalecido. Bordeamos la esquina hasta tropezar con las playas desiertas donde el mar extiende su sabana azul, el surtidor colorido de una palangana que lleva sobre la cabeza una negra palenquera deja escapar su aroma a fruta fresca. Es lento nuestro andar por el malecón y, de vez en cuando, se detiene en sus recuerdos: "Estas playas estaban llenas de árboles de ¡cacos, ¿los conoces?, su fruto es carne blanca, insípida pero jugosa, como la de los cangrejos. También era pasto para los cangrejos, los había a montones, tantos que lo llamaban la cangrejera, hasta que la Andian compró estos terrenos y trajo a vivir a sus trabajadores, a ellos se les sumaron algunos aventureros del interior; así empezó a poblarse Bocagrande".

El sol es picante y atrevido, quema como si ya estuviera maduro. Dos personas esperan para entrar a la cabina del cajero que sirve por computador el dinero, Ibarra Merlano me dice que si por él fuera se establecería nuevamente en Cartagena, no le importa que ya no tenga casi amigos, pero a su mujer, que es bogotana, le hace mucha falta la cercanía de los hijos y los nietos. Pareciera ser esta la hora de los inventarios, entonces le pregunto: ¿Para qué sirve la poesía en la vida de un hombre?

"Yo parto de esta premisa: el poeta no viene a este mundo a hacer poesía, quienes vienen a ello son los retóricos que hacen poesía y tienen metro, y por eso aman la métrica; el poeta ha venido a este mundo a vivir, que es el máximo y tenebroso oficio que uno tiene. Ahora bien, como resultado la poesía nace de la vida, sino no es poesía y si no hay poesía no se es poeta, es una cosa muy sencilla, por eso es que cuando me preguntan, ¿Y cómo hace uno para ser un buen poeta?, respondo: ¡Vive!, vive profundamente lo más que puedas, ama profundamente. La poesía no sirve para nada porque el arte no sirve, el arte no es útil sino que vale, que es diferente, el arte que es útil no vale".

A finales de los años 30 Gustavo Ibarra Merlano era un promotor entusiasta de la cultura en Cartagena, actividades que compartía unas veces con Héctor Rojas Herazo y otras con Jorge Artel. Más tarde conformó, junto con José Nieto, Jacinto Fernández, Néstor Augusto Malo y otros jóvenes escritores, el grupo "Mar y Cielo", emparentados de alguna manera con " Piedra y Cielo" por la cercana amistad de sus miembros con Jorge Rojas y Eduardo Carranza; una respuesta a la poesía tradicional cuyo eje era el romanticismo, los suyos han sido calificados como incipientes brotes de modernidad. Consciente de su oficio, le pregunto por las influencias en este período.

"Son tan diversas que no se las puede filiar, entre otras cosas, porque van cambiando con el tiempo, aunque algunas permanecen. No es lo mismo la influencia a los 20 años, que a los 30, ni a los 50 cuando ya han decantado. Tengo predilección por Lanza del Vasto, un gran maestro espiritual, extraordinario filósofo y gran poeta italiano, a quien trajimos a Bogotá, escribía en francés, tenía una gran presencia acentuada por su barba y su gran estatura, su libro Peregrinación a la fuente fue calificado como uno de los grandes libros de la prosa francesa, escrito cuando viajó la India como mendigo en busca de Gandhi, su maestro, quien lo bautizó Shantidas o discípulo de la paz".

"Las primeras poesías las escribí cuando tenía 17 años, en Bogotá, tenía esos poemitas guardados, dentro del pupitre. Se me presentó la ocasión de mostrarlos a un hombre de una gran dimensión como poeta, era Rafael Maya mi profesor de literatura en el Colegio Mayor del
Rosario, y se los leí cuando él nos preguntó: 'Bueno, aquí seguramente hay algunos que tienen poesía, ¿por qué no me la muestran?'. Yo se los mostré, hizo algunas anotaciones, y me dijo, 'Si mejoras estas cosas posiblemente puedas escribir poesía'. El hecho de haberle mostrado esos versos al poeta Maya me recobró el prestigio entre mis compañeros, yo tenía fama de mal alumno pues me la pasaba todo el tiempo leyendo en la biblioteca, me parecía mejor que asistir a esas clases monótonas. Después a finales del 40 en Cartagena, Jorge Artel que era como un hermano para mí, casi a la fuerza me hizo publicar un poemita en El Fígaro, fue el primero. Seguí escribiendo, independiente de cualquier cosa, porque eso le nace a uno, aunque no se sabe por qué; en los años 46,47, 48, escribía mucha poesía pero no mostré nada ni a Héctor Rojas Herazo ni a Clemente Manuel Zabala. Un día le leí "Mujer de mar" a Gabriel García Márquez, puso una cara de agradable sorpresa pero no me dijo nada, yo era muy renuente a publicar pues consideraba que la poesía era tan íntima que manejaba un cierto pudor que me impedía desplegarla delante del público. Las grandes influencias poéticas que tuvimos Héctor Rojas Herazo y yo en nuestro período formativo de poesía, fueron Pablo Neruda de Residencia en la tierra y César Vallejo en los poemas que había publicado, hasta Trílce. Me sigue pareciendo uno de los grandes poetas del siglo. Además tengo influencia de los clásicos españoles, especialmente todo Garcilaso de la Vega, Fernando de Herrera, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, que es un pasmo de poeta, fui muy amigo de las lecturas de Tirso de Molina, que tiene alrededor de cien obras, de las cuales debí leer una tercera parte, no conocí mucho a Lope, ni a Calderón fuera de sus obras comunes y corrientes, de todos ellos viene mi amor por los clásicos griegos, es una forma de buscar la permanencia poética más allá de esa alharaca de escuelas, hay que leer a Quevedo
y a Lope de Vega, a Calderón y al Arcipreste de Hita, los poemas del Mio Cid, a Gracián, a La Celestina de Fernando de Rojas, y mucho teatro, así está uno resguardado, los clásicos son la defensa de la literatura y si los conoces estás protegido".

La cola en la cabina del cajero automático se ha desvanecido y le corresponde el turno a él. Una maríamulata refleja en el vidrio sus nerviosos saltos de azul profundo, cuando hay tormentas dejan escapar su más hermoso canto, ¿es eso dialéctico? Ibarra Merlano aligera la transacción y regresa, me parece que están dadas las condiciones para hablar de sus libros. Me voy por las ramas, le preguntó por la especial razón que tuvo para dedicarle Hojas de tarjan don Ernesto Volkening, crítico alemán radicado en Bogotá, sagaz y a la vez entrañable, para conocer cómo se decidió al fin a publicar sus libros.

"Era otro de mis grandes amigos, -dice, afirmándose en el bastón para detenerse en seco- Ernesto, con su erudición extraordinaria dominaba toda la cultura europea presente y pasada, era un gran observador de la vida cultural y espiritual de Colombia. Conocía mucho de letras, leyó algunos de mis poemas y me dijo: 'Gustavo, tienes que publicar estas cosas'. Dado que charlábamos mucho yo lo había tomado como un cumplido, él escribió un ensayo sobre los cuentos de García Márquez que éste considera uno de los mejores que se han hecho sobre su obra, hasta el punto de expresar que ha sido el único crítico que ha tenido influencia sobre él; también escribió sobre la obra de José Félix Fuenmayor, Mejía Vallejo, Gómez Valderrama y Alvaro Mutis. Me indujo a publicar en una edad tardía, murió cuando yo estaba en Grecia, poco antes de publicar mi primer libro, Hojas de tarja. Estábamos entrañablemente vinculados por la amistad, por ese motivo esos poemas están dedicados a él. Además escribí una elegía a su entrañable amistad que publiqué en Ordalías, allí, le digo

'... No olvido, Ernesto, tu manera arruinadora de amonedar el silencio en medio del alma. Por viejas calles -San Agustín- transcurríamos, discurríamos. Y era como un pozo profundo, pleural y constelado tu presencia y tu costumbre de ser lateral, siempre al costado...'

Hojas de tarja es una creación con mucho impulso, con muchas ganas de hacer poesía, y con una experiencia poética muy interesante en torno al mar. Recuerdo que estando en mi anterior oficina en el décimo piso del Worid Trade Center, en Bogotá, sentí que el mar llegaba hasta la ventana, estaba asombrosamente metido en las nostalgias de Cartagena; ese libro fue escrito en un fuerte impulso lírico, sin ningún esfuerzo, no sé si eso sea bueno o sea malo. Por esos mismos días escribí unos sonetos que le mostré a Héctor Rojas Herazo quien me dijo que seguramente había trabajado mucho porque estaban bien logrados, todavía no sé cómo los hice, más aún creo que yo no hice nada, es que el impulso poético es una intuición, una adivinación, algo mágico, es como ingresar a otra forma de ver, sentir que una nueva expresión se apodera de uno. Cuando escribo un poema y estoy en trance de corregirlo tengo que ir con una libreta a mano porque se me ocurre un verso por la calle y tengo que escribirlo, y es todavía peor si estoy persiguiendo una palabra para cambiarla porque me parece mala o no es la apropiada. Me torturan las palabras y tomo 5,10, uhuhuhuh, me dan vueltas en la cabeza hasta que digo 'Por Dios qué es esto, ¡me tiene loco esta vaina!', me asalta una desazón de la cual no soy responsable y termino por querer desprendérmela porque molesta, así es la cosa. Hojas de Tarja salió así, ahí no hay, como sí sucede en los ulteriores, ningún poema meditado".

Los días navegados, abre con un poema en griego original, es "Olvido" de Mavilis traducido en la página siguiente al español. Seré expoliado por las olas que oigo asediar el tajamar... le recuerdo el poema mientras continuamos extraviados en el paisaje, sin prisas, buscando un par de sillas y un parasol en la playa.

"Ese libro es el producto de una gran melancolía que me asoló porque un amigo de adolescencia, casi un hermano, Ramiro Araujo Grau, estaba agonizando, estuvo muy enfermo durante 15 días, se recuperó pero quedó parapléjico. El primer poema es un homenaje a Mavilis, gran poeta griego de principios del siglo XX, tradujo poesía clásica Indú, y durante mucho tiempo fue profesor en Alemania. Su poema más difundido es "Olvido", me gustó tanto que traté de traducirlo, me temo que no haya podido dar la medida. María Cecilia Posada, la prologuista, una antioqueña a quien conocí en Grecia y que ha estudiado a Parménides como nadie lo ha hecho en Colombia, tuvo la falsa idea expresada allí de que un hálito griego recorre de principio a fin mi producción poética quedando, tal vez, la sensación de haber sido influenciado por Mavilis, por eso debo aclarar que cuando llegué a Grecia ya tenía la mayoría de los poemas escritos, pero como es tan melancólico ella dijo que es un libro 'de reminiscencias mavilianas.... escrito con el acicate de la emoción despertada tras la lectura de Mavilis', pero yo había escrito el libro en Bogotá a raíz de esa melancolía por la enfermedad de Ramiro. Toda la vida pensé que Atenas era el lugar ideal para publicar un libro, allá hicieron los suyos Platón y Aristóteles. Planeé el viaje, copié en máquina Los días navegados y Hojas de Tarja, los metí en la maleta y al día siguiente de la llegada a Atenas llamé a una editorial y pregunté cómo hablaba con Clety Sotiriadou, la traductora de Gabriel García Márquez. Resultó ser una mujer muy fina, muy preparada, una griega en el sentido total de la palabra, y para colmar mi buena suerte estaba casada con Eduardo Barajas, un colombiano. Ellos me llevaron a conocer a Argiris Carabía, un joven librero, y mostrándole Hojas de Tarja y Los Días Navegados, de sopetón le pregunté: '¿Quieres editarme estos dos libros?', la editorial era tan barata que equivalía a la mitad de lo que costaba publicar un libro
en nuestro país, así que publicar en Grecia, aunque fuera malo el libro, era una gloria. Entonces hizo mis dos libros, me los mandó a Bogotá, y comenzó a partir de ahí el cuento con 'el poeta Ibarra' y la vaina. Ya era un anciano, ¡tenía 63 años! Ja, ja, ja".

Su risa es feliz, hemos desistido del parasol y estamos a buen cobijo bajo las alas inmensas de una palmera. Las olas se desvanecen en la playa en donde unos niños construyen un castillo de sueños sobre la arena, arriba, en el horizonte, una larga hilera de alcatraces dibujan su abecedario de la libertad. Ibarra Merlano se ha olvidado de sus achaques, es un pez en su ambiente, Atenas y Cartagena son el aire que respira.

"Allá, en Atenas, escribí 'Lápida', dos relatos sobre la muerte a partir de los recuerdos de un hombre muerto presente. Los trabajé en las noches, amanecía escribiendo sin hacer ningún esfuerzo, después aquí les di el acabado final, pero la sustancia salió absolutamente allá; escribía a mano y dictaba a una grabadora, y al día siguiente, porque los tabiques de las paredes eran muy delgados, me preguntaban los vecinos '¿Tú con quién hablas de noche?'".

"Ese libro fue producto de una presión interior muy fuerte, escrito con toda el alma, imaginé a un muerto como Jorge Artel que está presente en mí todavía. En el segundo relato una mujer es la que medita y le responde al muerto, ella tiene su muerte y él tiene su vida, están nuevamente acoplados pero en partes inversas; el idioma del muerto es distinto del idioma de ella, que está viva. ¿Cómo hacen para comunicarse? Tiene uno que aprender el idioma del otro, las costumbres del muerto son diferentes a las costumbres del vivo. Ahora, ¿qué piensa una mujer que ha amado a un hombre que ahora está muerto, cuando le mete la pijama todas las noches debajo de la almohada? Cuando el hombre muerto ve doblar la pijama, ¿qué hace? ¿Qué hace ella con el salero que él siempre ponía a un lado cuando le iba a poner sal a la carne?. ¿Qué hace con todas las costumbres que están vivas y metidas dentro de ella?. No se pueden sacar, eso no puede salir, eso está ahí, es una presencia evocadora. Me di cuenta de que entre el muerto y el vivo había perdones. Muchas mujeres incuban un profundo odio contra su esposo porque se murió y no llegaron a ningún entendimiento. Pues bien, por pura evolución positiva y bella de la mujer de pronto lo perdona: 'yo no te cobro nada, te perdono todo lo que me hiciste'. Yo creo que ese es el permiso que le da la mujer para que el hombre sea feliz en el más allá; mientras tanto está agarrado a este mundo
porque la mujer no lo ha perdonado. Además yo intuí que la mujer también es perdonada. El hombre tiene sus rencores contra la mujer. Es un rencor mutuo, y los perdones son mutuos, no pueden haber perdones sin rencor previo, esos son el perdón del muerto y el perdón del vivo, y la relación es el todo. Esa es la vaina. La muerte es muy compleja y más aún la orla del manto de la muerte, que de suyo es una cosa bastante difícil. Es una mujer, la viuda, la que habla y es un hombre, yo, quien lo narra, y su diálogo -son las vainas que me había estado preguntando-, es un diálogo íntimo entre ellos, tan cercano que al final se confunden y no se sabe si quien está hablando es el muerto o es la mujer, se cruzan de tal manera que terminas por no saber. Una de mis alumnas, de manera inteligente me dijo, 'Observé, que al final parece que estuviera hablando la mujer pero el que está hablando es el muerto'. Acertó, es verdad, llega un momento en que se entrecruzan y terminan en una paz absolutamente desconcertante, es lo que llamo 'El sueño del muerto' que es algo muy difícil de explicar porque ¿cómo sueña un muerto? ¿cómo sueña sobre la vida? ¿cómo sueña sobre la muerte? ¿cómo sueña sobre el espacio, o el tiempo?, ¿y sobre el tiempo metido entre los dos?. La muerte coloca al hombre en una dimensión nueva, imprevista y hace al vivo partícipe. Por ejemplo, ¿cómo se concibe que un tipo se muera sin pedir permiso y sin avisar?, es decir, un tipo que se tiene todos los días y que cuando va a salir a cine, dice, 'mija, voy a ir a cine', cuando va a comprar un traje, 'mija, cómo te parece este vestido', antes que su opinión pide su permiso, de pronto se lo llevan sin pedirle permiso a ella, ¿eso qué es?, eso no tiene sentido y ella no le dice a uno que se va tampoco. Cuando se va a ir, dice: 'me voy para tal parte', resulta que le da un infarto y ¡cataplum!, se fue, ¿eso qué es?, cuando debería haber un plazo, un preaviso de la muerte, decir: 'Mira mija, tienes que consentir que me muera', hay muchas muertes que son así, ¿no?, porque eso es la vida, pero hay tipos que se van de pronto, pruff, dejan pijamas, dejan costumbres, dejan el hueco en el sillón, dejan el sitio hollado en la almohada, ¿qué hace una mujer sensible con todo eso?".

" Un siquiatra puso ese libro en la mesa de recibo de la clínica, porque ahí había algunas cosas sobre la fidelidad y él trata matrimonios desavenidos. Me compró como 20 ejemplares, ¡quién sabe a qué locos del carajo les dio a leer esa vaina!"

"Me demoré doce años para publicar el libro siguiente, Ordalías, son poemas muy trabajados;
los que tienen como tema el mar fueron hechos en Cartagena por una sensación también muy intensa del mar, los hizo la presencia de este mar que para mí ha sido profunda porque allí nací y viví por muchos años, aunque no tantos como hubiera querido. Otros poemas fueron escritos en Grecia, ahí están las ruinas, la Acrópolis, el Partenón, su estilo dórico, sus hermosos frisos, en Grecia estaba henchido de ganas de vivir, me inspiré desde el primer momento".

En Ordalías -le digo- hay un poema que me llama la atención, en él da gracias a Dios por haber permitido que perteneciera a sus rebaños, por haber tolerado sus orejas de cerdo, es "Kenosis". Al decírselo se entusiasma vivazmente por el acierto, es uno de sus poemas predilectos, cierra los ojos ante la presión de un par de lágrimas que brotan sin control, está emocionado, se pasa sucesiva- mente el dorso de la mano para limpiarse, al tiempo que dice:

"'Kenosis' es la presencia de Dios a través de la ausencia de Dios, es la oscuridad en el hombre que se vuelve lumbre, Dios es una tiniebla fosforescente, incluso hay palabras sobre Dios que no se pueden explicar. Por lo menos uno de los mayores místicos que ha dado el mundo, Ruibroeck, un escritor alemán medieval, tiene una frase desconcertante que yo voy a poner a principio del libro; El silencio tenebroso donde se pierden los que han amado a Dios, ¿cómo te explicas tu eso?, uno no puede vera Dios porque lo mata, de tal manera que la visión que uno tiene de él es antes de ver la visión personal por la gracia o por Cristo, el Dios Padre hizo la tiniebla. Por eso San Juan de la Cruz habla de la noche oscura, Dios es una noche oscura, no es una cosa luminosa, eso es un Dios muy lícito para la gente común y comente, pero hay otras maneras de ver a Dios en que él se presenta como una ausencia pero está ahí. Es que la ausencia de un ser amado, es muy presente, como me pasa con la presencia de Jorge Artel, Jorge está ausente pero está ahí, es una ausencia presente y más intensamente presente cuanto más está ausente, eso es de las paradojas que tiene la vida humana".

"'Kenosis' nace de una experiencia que tuve en Greenwich Village, el barrio bohemio de Nueva York, estando en la iglesia de San José rezando delante del santísimo sacramento del altar. Mis relaciones con Dios son dialécticas, en ellas él aparece en mi vida normal y desaparece cuando estoy angustiado, la angustia se vuelve insostenible porque el soporte de mi vida se ausenta, entonces grito como lo hace Gerard Manley Hopkins, en un poema sobre el abandono de Dios. Dice que ese abandono lo convierte a uno casi en nada y reduce la visión de sus propias lacerías, de sus propias imperfecciones, de su fragilidad. 'Kenosis' es un relato sobre la inconsistencia de un hombre frente a Dios, ausente como él pero presente en el santísimo sacramento del altar, otra vez la gran contradicción. Me di cuenta de que la eucaristía es la oferta más menesterosa que Dios le hace al hombre, la han pateado, se la han dado a caballos, han orinado sobre ella, está absolutamente despojada e inerme la divinidad cristiana, y además en ella un pedacito de pan se vuelve el cuerpo de Cristo, una copita de vino se vuelve su sangre, en ella Dios está unido a una materia sin valor alguno, es el poderío de Dios hecho insignificancia y como uno por la ausencia de Dios está dentro de la eucaristía que es la exaltación de Dios desde la insignificancia, entonces se unen ambas insignificancias para darle el tono de un fundamento tremendo que es el poema. Yo no me atrevía a publicarlo porque me parecía que escandalizaría a la gente al poner la gracia de Dios al lado de una letrina, pero me convencí de que el poeta católico tiene que mostrar al hombre todo, con sus imperfecciones, con sus pecados, pero dándole siempre una oportunidad de rescate, sino queda al borde del nihilismo absoluto. Eso es válido porque hay muchos cristianos que sienten ser nada delante de Dios, es una experiencia referente a la ausencia de Dios presente en un pedacito de pan, por eso digo que Dios también es una humilde materia de la misma manera como esas cortadas que se hace uno al afeitarse, ahí está la sangre. La eucaristía es un misterio de donación, ese es el poema, lo había hecho hacía muchos años y me decidí a publicarlo cuando leí en Avicebrón unas ideas muy similares a las que yo trataba de expresar. Él era, un filósofo y poeta hispano-judío, comparado con el Dante, autor de Fuente de la vida y de Origen de la ciencia, entre otras, su obra es muy extensa, no la conozco toda por tanto no puedo mencionarlo como una influencia literaria sino en el poema 'Kéter Malkut' que es extenso y de extraordinaria profundidad, hace un reclamo a Dios por haberlo enviado a las tinieblas de la nada. Los versos míos en el poema 'Kenosis' van en esa dirección, al leer a Avicebrón me di cuenta de que uno era reducido a la nada por Dios para encontrar su camino a través de la culpa que también es el tema central de Nathaniel Hawthorne, el tratamiento de este tema une a Avicebrón con Hawthorne que están separados casi diez siglos (el uno es del XI y el otro del XIX) que es también la versión de la Biblia frente a Job y a David en uno de sus salmos tradicionales en que el hombre es reducido a la tiniebla tenebrosa".

A nuestro lado una joven negra peina a una turista, luego le pone chaquiras de colores en los terminales de las trenzas. Ibarra Merlano mira sin verlas y dice: -"Los místicos afirman que Dios es un silencio tenebroso ", le digo que es más del mediodía, pero él no se da cuenta, ahora fija su mirada en las olas, y dice: -"Mar viejo y triste, pareces hecho de lágrimas del llanto del mundo. Días de sol iracundo incineraron tu corazón. Hay sólo cenizas salobres ".

Se toma un respiro, jadea, está cansado pero parece que no le importara, -"es un poema de Trenodia para una ciudad vulnerada por el tiempo", dice, mientras se dispone a levantarse, me coloco a su lado para ayudarle, no lo acepta, se apoya en el bastón y se pone de pie por sí mismo, -"El mares el sudor de la tierra", -exclama- "¿sabes quién lo dijo?", me pregunta. No lo sé, pero igual no me deja tiempo para decírselo, él mismo responde mientras empezamos a desandar lo andado:

"Empédocles. Es el epígrafe que he escogido para Trenodia para una ciudad vulnerada por el tiempo otro libro que tengo en preparación y no sé cuándo va a ser publicado, ya sabes que no es fácil publicar poesía en Colombia. Por eso una vez, no hace mucho, le dije a Gabo que cuando uno muriera debieran meter en el cajón, junto al cuerpo, los libros sin publicar y que solamente los rescataran cien años después, cuando solamente existiera, si acaso, el polvo de los huesos de la poesía, de esta manera se sabría qué tan buena es".

"Trenodia para una dudad vulnerada porel tiempo tiene muchos influjos poéticos, nace de la poesía de los presocráticos porque ellos también eran poetas, dos de los más grandes de ellos, Parménides y Empédocles escribieron en hexámetros, la misma medida de versos en que escribió Hornero La Iliaday La Odisea, pero yo tenía un concepto muy curioso de ellos, sobre todo de Parménides, pensador profundo, todavía la gente estará pensando qué hice, sobre todo con el fragmento octavo".

"Cosa muy curiosa: encontré en uno de los poemas de Javier Hernández el fragmento octavo citado literalmente por que tiene una poesía con un poco de humor amargo, sumamente interesante como sumamente desconocida, de la que se dice guarda influencias del Tuerto López. Yo creo que no tanto de él, es mucho más allá, me lo encontré la semana pasada en la Universidad de Cartagena 'Usted tiene influencia de Parménides', le dije, y sonrió. Hay que leerlo para darse cuenta de la maravillosa visión que tiene de Cartagena, es un cartagenero que mira el acontecer de la ciudad visto con un ojo oblicuo, el mismo ojo del Tuerto López pero en otra dimensión que es la posición natural del oriundo de 'la heroica' por la sencilla razón de que el cartagenero vive dentro de un entorno histórico absolutamente bélico, sin embargo es más manso que una oveja. Es una conducta arraigada, ese descase entre el entorno y la sicología produce la ironía, que es la única manera de tratar civilizadamente las discordias, esa es la esencia y la raíz de la poesía del Tuerto López, que es la esencia y la raíz de Javier Hernández, no se la mía por dónde irá porque vivo en Bogotá y, aunque he procurado no perder la esencia del cartagenero, en ninguno de mis pobres versos está metida esa mirada de Cartagena".

"Yo leía mucho a Parménides, y pensaba que cuando la filosofía llega a su más alto grado de combustión, se vuelve poesía. Y que Parménides además de ser un gran filósofo es un gran poeta. Con Empédocles pasó otra cosa muy singular pues él si es de un temperamento poético. De la vida de Parménides no se conoce mucho, de la de Empédocles sí por que es biográfico en sus poemas, traza el periplo de su vida desde cuando estaba en el mar hasta cuando es hombre, pasando por árbol, por animal y por doncella. Así que en el mundo no ha habido un poeta que haya hecho ese recorrido, él toma la existencia desde su raíz, pero este coge su existencia y todo el fenómeno humano desde que arranca de su cuna en el mar hasta cuando, a través de la evolución, llega a ser hombre. Es un poeta de una dimensión salvaje, además tiene el sentido de la culpa que es la teoría más moderna que hay. En otras palabras, es penitencial. Él dice que por haber cometido un pecado al participar en unos rituales en los que se comía carne de niño purgó durante treinta mil períodos (los traductores indican que equivalen a treinta mil años) en los cuales se trasforma, reencarnando sucesivamente. Eso indica también un orgullo porque un tipo que padece treinta mil años y vive, tiene que ser un genio, es lo que decía Edipo cuando le impusieron como castigo matar a su padre, casarse y procrear con su madre, esas cosas tan feas en el fondo contienen un gran orgullo, a pesar de que estén en lo hondo de la tragedia. Y luego dice, como en la oración: '¡Ay!, ¿por qué estamos en este valle de lágrimas?', es un gran lamentador, sacerdote de estirpe real nacido en Agrigento, vestía un precioso manto blanco coronado de flores y llevaba detrás un séquito porque además era el guía de la sociedad, una especie de taumaturgo, curaba, y se decía que había resucitado a una mujer. No se supo cómo, de pronto desapareció, dicen que se arrojó al volcán Etna porque encontraron una sandalia suya, reconocida porque era de cobre, -no sé cómo alguien podía andar con sandalias de cobre-, ¿por qué desapareció?, tampoco se sabe. Eso demuestra la turbulencia que había en su alma, la desazón, y siendo uno de los grandes poetas de la humanidad es apenas lógico que despliegue sus influencias sobre uno, ocurre que es poco conocido y es poco leído vertebralmente. Tuve la fortuna de leer su obra, de conocer sus palabras sobre el mar y las sigo leyendo con admiración. De ahí me ha resultado un poema que trabajo desde hace mucho tiempo, se llama 'La muerte de Empédocles', tal vez sea una de las últimas cosas que haga".

El tráfico por la avenida es bastante pesado, así que bordeamos la playa y, casi sin darnos cuenta, hemos hecho el trayecto de regreso, estamos en frente del edificio Pedro de Heredia, hay un carro de paletas estacionado en el parqueadero y a su alrededor una gran mancha de chiquillos. El portero, cuando llegamos, le dice que Mirta Villamil, funcionaria de la Secretaría Departamental de Cultura, estuvo allí y le dejó un pequeño paquete. Al tomarlo en sus manos sonríe con satisfacción, sostiene una hermosa medalla con cuatro puntas bañada en oro mientras dice: "Es la Orden al Mérito Cultural 'Luis Carlos López' que me otorgaron en Calamar, pero una funcionaria confundió la presea y llevaron allá la Orden 'Tito de Zubiría' que es para los educadores beneméritos, ahora han puesto las cosas al derecho". Me pide que se la coloque, así lo hago y la luce orgulloso...

Cartagena, septiembre 16 de 1998.