El Universal Dominical, 11 de diciembre de 1994

Gustavo Ibarra Merlano: un buen hombre con una maleta repleta de poesía

Por Gustavo Arango T.

"Esta maleta parece una maleta de ejecutivo", dice con una solemnidad que reclama atención y que deja filtrar una sonrisa.

Acaba de llegar a su casa y viene envuelto en el frío de la noche bogotana. Se había retrasado un poco en su oficina, pero llamó a disculparse y a pedirle al periodista que lo esperara en su biblioteca, un lugar abrumador que refleja en cada objeto las hondas dimensiones de su dueño.

Finalmente ha llegado. Cuenta que una vez, en Cartagena, mostrando la maleta que trae en la mano, le dijo a unos amigos: "Esto parece una maleta de ejecutivo... Pero resulta que es una maleta repleta de poesía."

Suelta la primera carcajada de una charla inabarcable y va a sentarse en una silla amplia, mullida y elegante.

"Y en efecto. No era paja. Yo -siempre ando con una maleta repleta de poesía", dice y abre su maleta, revisa algunos documentos anillados; la sonrisa que se filtra ha regresado.

Gustavo Ibarra Merlano es un hombre amable y recio de tez clara y ojos que se entrecierran con frecuencia. Dirige una empresa especializada en Derecho Aduanero llamada 'Arancel Armonizado de Colombia' y el nombre de la empresa ya nos sugiere la estrecha relación que hay entre el arte y lo que hace.

Con él no es necesario el protocolo. Si el motivo de la charla es literario, habla como si conociera a su interlocutor desde hace ochocientos años.

"Aquí tengo tres libros que están por publicar. Quién sabe cuándo se publicaran, ¡por Dios!."

Su voz se asoma con un vaivén de mar. Teje las frases con cuidado, con musicalidad, como si se tratara de un poema que ha venido trabajando. A veces, su vieja asma lo obliga a sorber y a volver incomprensibles sus palabras.

"Uno en Colombia escribe los libros pero no sabe cuándo se van a publicar. Últimamente tuve una conversación con Gabo, en Cartagena, y le expuse mi teoría del poeta entumbado".

"Yo le decía a Gabo que, en vista de que era tan difícil publicar poesía en Colombia - es una verdadera hazaña-, en vista de que la leían tan poco y que a veces se formaban unas tropelías críticas espantosas, lo mejor era que metieran los poemas de uno dentro del cajón y dejaran una manda en el testamento para que lo abrieran dentro de cien años. Entonces ya no quedarían sino los huesos de la poesía y ya se sabría si era buena, si era mala, si perduraba o no perduraba."

"'Poemas para una urna funeraria", dice pensativo, considerando su nuevo hallazgo. "Sería un buen título para un libro."

"Gabriel me dijo que le parecía muy poética la cosa."

* * *

No es exagerado decir que Gustavo Ibarra Merlano es un poeta desconocido. Si algún mérito le reconoce la "Historia Oficial de la Literatura Colombiana" fue haber sido amigo de Gabriel García Márquez durante su paso por Cartagena - a fines de los años cuarenta- y haberle recomendado lecturas claves, entre ellas (as de los clásicos griegos, que tuvieron influencias importantes y directas en su obra.

Antes de conocerlo, la primera pregunta que uno se hace es por qué Gustavo Ibarra, a pesar de ser un poeta de primer orden, no ha sido un escritor como Gabriel García Márquez y Héctor Rojas Herazo -su amigo de toda la vida-, por qué eligió la oscuridad y el silencio, pero escuchándolo las cosas se ven mucho más claras. -

"La vaina de la poesía es que se publica y no hay quien la lea. Uno debe publicar unas ediciones breves, para los amigos, como hacen en Grecia. En Grecia todo el mundo publica reducido, publican cincuenta, sesenta ejemplares, que es realmente lo que se debe publicar. Lo demás es perdido. Completamente perdido."

"En Colombia la poesía se lee por círculos, y los círculos son impenetrables. Son tipos que tienen una especie de retórica congelada y a aquello que no se ajusta a su poesía no le paran bolas".

"Por ejemplo, tienen mucho miedo a expresar el patetismo del alma. Le tienen una especie como de pudor. Pero, carajo, si uno no expresa lo que uno siente profundamente, entonces qué va expresar".

* * *

"Uno es muy tenue, es muy blando, muy inerme, muy desarmado, lo hiere todo. Uno a veces se pregunta, ¿bueno, pero yo qué soy?
¿Realmente yo estoy aquí? ¿Qué es esto que hay aquí? Pero llega la poesía de pronto y ahorma todo eso y presenta una sustancia que, esa sí, es verdadera, esa sí no es interpelable."

"Eso es lo que uno busca: salir del fantasma que está detrás de uno, siempre, fingiendo que uno es un yo, cuando en realidad es una ficción, porque detrás del yo está la verdadera consistencia de la persona, que es la que hay que buscar y que es la que encuentra la poesía."

"La poesía no es sino eso, la destrucción del fantasma para
encontrar la persona sustantiva que hay detrás del poeta. Esa es la poesía. Todo lo demás es fantasía".

* * *

"Yo he seguido trabajando mucho en poesía. El otro día le pase a Héctor un poema que se llama 'Ordalía'2 y me dijo: 'Es un poema tremendo'. Ese poema lo elaboré hace mucho tiempo, pero lo tenía guardado. Después encontré algunas frases y algunos poemas, sobre todo de un poeta hebreo del 1020 llamado Avicebrón -un gran poeta que ha sido comparado con el Dante-, y vi en él unas cosas que sí me permitían decir la misma vaina".

Gustavo Ibarra busca el poema y lo lee con una pasión tranquila. Cierra los ojos en algunas pausas, alarga la resonancia de ciertas palabras, recorre lentamente ese abismal poema, mezcla de confesión y de plegaria, en el que se ha dibujado con palabras. Al final, se hunde en el último Sonido con sus ojos cerrados y después de unos segundos despierta en su biblioteca sonriente y purificado.

"Es un poema de una gran sinceridad. Yo no sé si, de pronto, producirá muchas conmociones, pero está hecho para que conmueva muchas seguridades -la falsa virtud, la aparente pureza-, está hecho para eso."

"Como decía Héctor, el poeta debe tratar de buscar temblores profundos en sus lectores, que se sacudan, que sientan, pues, que están siendo aludidos en lo más profundo de su ser".

"Y como ése hay muchos, tengo demasiados poemas. Tengo un libro dedicado al mar que se llama "Traslaciones", tengo otro libro de una serie de poemas que se llama "Para nacer de nuevo" y ese libro que se llama "Ordalía", que comienza con recuerdos del viaje a Grecia y después sigue con varios temas."

"Yo estuve en Grecia hace mucho tiempo, fue hace casi unos once años, pero duré un tiempito allá, duré cuatro meses en Atenas. De tal manera que siempre pude captar algo. Atenas es una ciudad que no se entrega fácilmente".

* * *

"Un poema en el cual he trabajado mucho, y que tengo muchos deseos de terminar - pero quién sabe cuándo se terminará, porque es un tema sumamente difícil-, es un poema sobre un presocrático, se llama La muerte de Empédocles'."

"Empédocles es uno de los hombres más extraordinariamente míticos que ha producido Grecia. Era mago, resucitaba gente, era un gran filósofo. Al mismo tiempo era penitencial porque sufrió durante treinta mil años una expiación por haber cometido unos crímenes extraños, rituales, creo que había comido habas y también había participado en festines donde se comía carne de niño. De tal manera que era un hombre conectado y, además, era reencarnacionista y había sido pez, había sido niño, había* sido rama de un árbol, su vida arranca desde las raíces del mundo y hace experiencia hasta llegar a ese hombre, durante treinta mil años. Sobre él hay una o leyenda: que se arrojó al volcán Etna, se suicidó y el Etna arrojó una sandalia de bronce".

"Empédocles es uno de los hombres más mágicos que ha producido la filosofía presocrática".

"Estoy trabajando en ese poema desde hace mucho tiempo, por la extraordinaria atracción del personaje. Además es un gran poeta, es casi homérico, es un poeta que me ha fascinado y yo he sido amigo de él toda la vida".

* * *

"Yo he tenido una fortuna, he tenido grandes amigos, notables amigos. Por ejemplo, Jorge Artel fue para mí como un padre, el fue quien me inició y me impulsó a publicar poesía. Me daba libros, me aconsejaba, pasábamos unas noches extraordinarias en su casa, tocando guitarra toda la noche, felices, al lado de un árbol. Conservamos una amistad profunda hasta cuando se murió hace poco".

"He tenido esa cosa paradójica, que sin tener muchas cosas estimables, los amigos me han estimado mucho. Héctor Rojas es como un hermano, la nuestra es una amistad dé una profundidad sin una sola nube, seguimos comunicándonos permanentemente".

"El trato con Gabo, también - no fueron sino dos años-, fue un trato muy entrañable; él ha manifestado por mí una estimación que yo creo que es producto de su imaginación".

"También he tenido otros amigos extranjeros. Este hombre fue un maestro extraordinario".

Gustavo Ibarra se levanta, se acerca a un estante que está al lado de su silla.

Su biblioteca es el centro de la casa. Esta en el primer piso; justo al frente de la puerta principal. Es un salón amplio y ordenado con una ventana que da al patio y a los retozos de Carbonera, una enorme y tierna perra negra.

Si se quiere comprender quién es el hombre que nos habla, basta ver su biblioteca. Muchas fotos de seres queridos. Muchos libros en griego. Una arrobadora colección de mariposas. Montones de libros sobre cine. Imágenes religiosas. Una pequeña embarcación con sus velas recogidas.

Nos muestra el retrato de un hombre que viste un sarong hindú.

"Lanza del Vasto era un hombre extraordinario. Todos estos libros que están aquí son de él. Era italiano pero escribía en francés".

"Vino aquí a Colombia porque nosotros lo invitamos, fue un grande amigo mío. Era un hombre extraordinario, era poeta, era filósofo, era músico, era un gran tallista -trabajaba la madera una maravilla-, y era un hombre de una personalidad y una capacidad de amor muy grandes".

"Con el producto de su primer libro Lanza del Vasto se fue a la India en busca de Gandhi y Gandhi lo bautizó Shantidas, que quiere decir servidor de la paz. A él no le gustaba que le dijeran Lanza del Vasto, prefería que le dijeran Shantidas".

"Era un tipo verdaderamente desconcertante, por su altura mental. Su amistad fue otro de los regalos de Dios".

"Yo creo que mi vida está construida, gracias a Dios, sobre la amistad. También he tenido amistades literarias muy extrañas. Por ejemplo, hace poco descubrí un poeta catalán que se llama Miguel Espriú, que es uno de los más grandes poetas españoles del siglo*.

"Uno esta acostumbrado siempre a la generación del 27 -García Lorca, Dámaso Alonso-, pero esa generación tiene mucho de autopromoción, tiene mucho de cosa revuelta, hay algunos que son muy buenos y otros que son pura fama".

"Espriú es un hombre de una cultura gigantesca, traduce del griego, te voy a leer quien es Miguel Espriú para que veas las cosas que uno desconoce..."

Se acerca a una montaña de enciclopedias que está al lado de su escritorio - una mesita modesta pegada a la ventana-. Lee la síntesis de una vida asombrosa, más asombrosa aún por lo ignorada.

"Lo descubrí por pura casualidad. Lo tenía en mi biblioteca hacía como cinco años y de pronto comencé a leer y me dije: '¡Esto qué es, por Dios!' Una de las poesías más puras que yo he leído en mi vida".

* * *

"En la literatura hay unos abismos de esplendor absolutamente desconocidos. La literatura es la cosa más sorprendente que puede haber. Por ejemplo, el descubrimiento de un poeta de la altura de Espriú... lo descubrí en ,mi biblioteca. La suavidad la profundidad de su poesía es extraordinaria".

"Y así me ha pasado con otros poetas. Es decir, además de los poetas que se conocen hay unos valores sorprendentes porque están escondidos, son tesoros escondidos".

"Otra de las grandes cosas que yo he leído en mi vida -cuando tenía veinticinco años lo había leído-, es la poesía de Avicebrón, cuya poesía es una de las cosas más extrañas que hay. Un tipo que dice, por ejemplo;
'Aunque tú me mataras, yo te seguiría amando'. Yo no he visto cosa igual en declaración de amor. He visto muchas declaraciones de amor, pero nunca he visto una cosa tan radical como ésta. Y ese es el tono de las poesías de él. El poema se llama 'La corona', está catalogado como uno de los grandes poemas de la literatura".

"Pero lo que quiero decir es que uno vive más de cosas recónditas que de cosas reconocidas. La literatura es una tierra de incógnitas, hay sectores iluminados y, a veces, falsamente iluminados, como sucede con el Premio Nobel, que es un subproducto de la dinamita. Sin menoscabo del valor de muchos, entre ellos el de Gabriel, el Premio Nobel ha creado una falsa cultura, somos una cultura espantosa de Premios Nobeles. Apenas sale el Premio Nobel todos los tipos que no tienen nada que ver con la literatura, salen corriendo a comprar el libro. Es un fenómeno despreciable".

"Además, quiénes son los señores que dan el Premio Nobel, dónde está su obra literaria, dónde están sus creaciones. Es un grupo ahí, de tipos más o menos notables, unidos por los intereses de un tipo que inventó la dinamita. ¿No te parece que es un fenómeno muy curioso esa vaina? Es como si existiera el premio literario de la bomba atómica, la misma vaina. Ese es el Premio Nobel, con todo el respeto por los que realmente lo merecen, como el caso dé Gabo. Es una gloria falsa".

"Esas son las cosas que a uno lo maravillan. Por un lado, asombra lo precaria que es la historia de la literatura, lo mal construida que está y, por otro lado, lo llena a uno de regocijo haberle tocado la gran suerte de conocer a poetas como Espriú. Es una cosa prodigiosa, un verdadero regalo de Dios. Yo conocí a Espriú hace un año y, cuando lo conocí, dije: 'he perdido mi vida leyendo poesía sin conocer a este señor'."

Y vuelve a reír. Sabe muy bien que su vida no ha sido perdida y que para Dios -la presencia constante en su charla y sus actos- es claro el sentido de su exageración.

* * *

"La narrativa es una cosa que vive de la vida y debe ser conocida en vida, porque la novela esta construida con unas estructuras vitales visibles. Pero la poesía vive de la muerte, está construida con unas estructuras invisibles que para llegar a ellas se necesita un don".

"Tú para leer una novela no necesitas ningún don. Si lo tienes, maravilloso. En cambio para llegar a la poesía necesitas un don. La poesía es una cosa que sucede interiormente y se debe guardar dentro de una interioridad. Muchas veces la lectura de la poesía, si no se hace dentro de un clima especial, es una violación de la poesía, porque ha nacido de tan hondo, ha nacido de las cavernas del ser, y si se saca a la luz se degenera completamente. Tiene que ser leída con cierta tonificación, con una consonancia muy especial. De ahí que la mayoría de la poesía se lee y no se comprende o se comprende diez años después, o se comprende treinta años después".

"Yo creo que nunca debe haber congresos de la poesía, porque cuando los poetas se reúnen se degradan. No hay cosa mas horrenda que ver veinte poetas reunidos, porque la poesía es una cosa de una intimidad absolutamente peculiar. Tú tienes que leer el libro de acuerdo con la realidad del libro, no puedes superponerle nada, ni fama, ni periódicos, ni premios nobeles, ni nada de esas vainas".

Para Gustavo Ibarra, Neruda es uno de los casos más patético del daño que puede hacerle la fama a la poesía. Dice que su mejor libro es "Residencia en la tierra" y que lo demás han sido altibajos. En poesía latinoamericana se queda con Vallejo, a pesar de que su obra ha sido menos divulgada.

"El más grande poeta de la lengua española en el siglo XX se llama Ricardo Molinari, es un argentino, tiene 92 años y su último poema lo escribió hace poquito. El está reducido aun sanatorio y su obra es muy poco conocida. La historia de la literatura va por un lado y la poesía va por otro lado. Todos esos tipos que escriben las historias de la literatura no saben de esa vaina".

"En poesía uno no sabe qué va a durar y que no va a durar, ni qué es lo que sirve ni lo que no sirve. Eso lo decide Dios, sólo Dios sabe quién esta vivo y quién está muerto, es el único que lo sabe. La misma vaina es esta vaina. Sólo Dios sabe quién es buen poeta y quien es mal poeta... los demás no sabemos, no tenemos ni idea".

* * *

A pesar de que su charla es de una gran erudición, Gustavo Ibarra habla del arte y de la vida con modestia. No hay en él ningún vestigio de arrogancia.

Cada palabra que pronuncia tiene un peso existencial, tiene el peso de sus años -de una vida que en sí misma es una obra-, tiene el peso de los hombres que a través de muchos siglos se han venido oplanteando y respondiendo las preguntas esenciales.

Cuando habla, la palabra mar parece trasladar hasta esa casa amplia y silenciosa del norte bogotano la furia inocente de las olas. La palabra vida es un milagro cotidiano y milenario, y Dios es un vocablo que estremece cada célula, un misterio que él frecuenta en su vida y sus poemas.

* * *

Como siente que ha hablado demasiado, Ibarra Merlano pregunta por los poetas de Cartagena. A pesar de que dejó su ciudad hace cuarenta y cinco años, añora su mar, vuelve a ella frecuentemente y está pendiente de sus poetas.

Sorprende el conocimiento que tiene de la poesía que se hace actualmente en la ciudad. Elogia a algunos, dice lo que siente que le falta a otros, y concluye que la mejor poesía que se está haciendo en Colombia se está haciendo en el Caribe.

En ese momento se abre la puerta de la biblioteca y entra una mujer de dulzura transparente. Es Josefina, su esposa, que saluda con efusividad.

Josefina habla de sus hijos y sus nietos con un amor profundo, intenta disolver la preocupación de su esposo por la enfermedad que la aqueja, se interesa por la vida de quien los visita, por su vida espiritual.

Habla de Dios, de la inteligencia, de la importancia de la oración.

La charla con Josefina deriva hacia los muertos. Hacia una hija de ambos que murió hace unos años, hacia el padre de él, que murió al recibir la comunión.

"Qué muerte tan bella", dice Josefina, una mujer que refleja la alegría y la espiritualidad de su familia.

"Me dolió mucho la muerte de mi padre, pensaba en él constantemente", dice Gustavo Ibarra. Muestra las fotos que ocupan los estantes de su biblioteca. "A mí siempre me gusta estar con mis muertos, porque los muertos lo vigilan a uno, viven pendientes de uno, más de lo que uno cree".

Gustavo y Josefina se miran a los ojos con ternura, tienden un puente silencioso y consistente. El tiempo ha pasado y sigue pasando sin hacer mella en ese vínculo dispuesto a resistir hasta la prueba de la muerte.

Pero él recuerda que alguien más está en la biblioteca y le dice a Josefina lo mucho que le alegra la visita de alguien de Cartagena.

Recuerda que a comienzos de los cuarenta hubo en la ciudad un grupo de poetas que se llamó la generación de El Fígaro.

"Yo regresé a Cartagena en el 42, después de mis estudios en la Normal Superior. Todo ese tiempo, entre el 42 y el 48 -cuando se formó el grupo con García Márquez-, fue vivido con Jorge Artel y con Héctor Rojas Herazo. La generación del Fígaro fue propiciada por Eduardo Lemaitre y Alfredo Araújo. Alrededor de ese periódico hubo un núcleo de poetas de los cuales hacían parte Artel, José Nieto, un historiador que murió muy joven llamado Antonio del Real Torres".

"En El Fígaro, impulsado por Artel, publiqué mis primeros poemas".

* * *

Josefina acompaña la charla por un rato. Finalmente se despide, después de obtener la promesa de regresar a visitarlos.

También en ella, como en él, cada gesto y palabra están cargados de un sentido profundo.

"Mi primer libro "Hojas de tarja" sólo lo vine a publicar hace once años, cuando Ernesto Volkening -un -profesor alemán que influyó sobre García Márquez y Mutis y es quien tiene los mejores ensayos sobre la obra de Gabo-, me impulsó a hacerlo".

"He sido un poeta que ha publicado a la fuerza. Cuando Ernesto me dijo que los publicara, los hice copiar en computador y me los llevé a Atenas con la esperanza de editarlos allá".

"Cada poeta tiene su polo. Unos tienen a Francia o a España. Yo giraba en torno a Atenas y, cuando estuve allá, me dije: 'O publico esto aquí, o no lo publico nunca'".

* * *

"En Atenas pasa una cosa muy curiosa, cuando llegas sufres una transmutación".

"El cielo, los monumentos, la compañía de los poetas producen en tí una impresión que yo más nunca en mi vida he sentido. Te da un impulso creativo extraordinario. Parece que sufrieras una metamorfosis".

"Cuando llegué, toda esa vaina de quince años de expectativa se desbordó. Sentí que en mí había una hemorragia. La pensión mía quedaba a siete cuadra? de la Acrópolis. Estuve cuatro meses exclusivamente en Atenas pues me dije: 'No salgo de aquí hasta que no conozca esta vaina bien'.

"Allá escribí 'Lapida'. Lo escribí en una noche. Tiene algunas meditaciones sobre la muerte que valen la pena".

"También escribí 'Epigramas de la sala oscura', que es un libro sobre artistas de cine, sobre cosas viejas, Greta Garbo, Charles Chaplin, Humprey Bogart, los clásico. El cine me dio mucho, fue para mí la universidad".

"Atenas es un delirio. Cuando llegué, una de las cosas que más me impresionaron fue que en todos los camiones apareciera escrita la palabra 'metáfora'. Después supe que eran camiones de trasteos y, en cierta forma, las metáforas son eso".

"En esos cuatro meses tuve la fortuna de conocer a Kletty Barajas, la traductora de García Márquez al griego moderno. Es una gran dama de la inteligencia. Apenas traté con ella sucedió algo muy simpático, lo primero que me dijo fue: 'Gustavo, dígame una cosa, cuál es la diferencia entre burundanga y mananguango'. Tú te imaginas, en Atenas, al lado de las ruinas griegas, preguntando esa vaina".

"Con ella tuve acceso a algunos círculos de poesía".

"Otra de las dichas mías son los presocráticos. Allí conocí a una colombiana que hacía una especialización en literatura griega y preparaba un estudio sobre la ironía en Parménides. Sostuvimos una conversación de cuatro horas sobre Parménides. Fue un episodio casi onírico. Se formó un trepaquesube en el que se sacaba chispas".

"En Atenas llegué, incluso, a dictar una conferencia sobre los presocráticos. Me dije: 'Ninguno, carajo, me quita aquí la palabra'. Mi tesis era que los griegos estaban tan perdidos como nosotros. Ellos no conocen a los presocráticos -hay que traducirlos al griego contemporáneo-y nosotros no conocemos a los precolombinos".

"Los atenienses son amplios, acogedores, habladores y curiosos. Conservan la misma curiosidad que los hizo inquirir sobre el mundo y sobre el ser".

"Me vine porque me molestaba el frío del invierno que comenzaba y me tuve que venir. Me quedé hasta el último instante en que pude resistir la cosa pulmonar, en ese momento cogí y me vine".

Muchas cosas cambiaron con ese viaje a Grecia. En su maleta de poesía, Gustavo Ibarra Merlano trajo la primera edición de su libro 'Hojas de tarja', trajo cientos de experiencias imborrables, trajo la traducción y edición que dos mujeres hicieron del poema bizantino de alabanza a la Virgen 'Himno Akathistos' -"uno de los poemas más bellos jamás escritos"-, trajo una nueva juventud y trajo la mejor definición de sí mismo que le han dado:

Varias veces, en sus caminatas por Atenas, Gustavo Ibarra Merlano pasó por un lugar donde unos hombres trabajaban con planchas de vapor. Cada vez que pasaba por allí, uno de los hombres de las planchas suspendía su trabajo, lo miraba y le decía a una mujer que tenía cerca: "Es un ser bello, es un buen hombre". Justamente lo que es, o a tratado de ser a lo largo de su vida, ese hombre de profundas y secretas resonancias que recuerda, que se mueve y que se muestra sin dobleces dentro de su biblioteca, haciéndonos sentir el raro peso de lo eterno, en una charla inabarcable y prodigiosa que no deja de ocurrir en la memoria.