El Herlado Dominical, 16 de julio de 2000

 

El mar en la poesía del Caribe colombiano

Por José Ermides Cantillo Prada

La poesía del poeta e historiador Donaldo Bossa Herazo (1906) es de gran rigor. Este admirado humanista sucreño publicó los libros de poemas Viñetas (1936); Sonetos españoles (1966) y Sinfonía inconclusa (1973). Su obra poética en general está inspirada en el mar, las nostalgias y las lejanías. “Esta palma de la orilla del mar,/ si hay viento es una loca de atar./ Y si el mar está en calma, la palma es como un alma,/ estática ante el mar”. (Palma en la orilla del mar).

Jorge Artel (1909-1994) introdujo un nuevo matiz y una nueva emoción en la poesía moderna colombiana. Artel fue conocido como el poeta que le cantaba desde lo más hondo de su alma a la vida. En la mayoría de sus poemas las costumbres y sentimientos de su raza negra cobran una dolorosa autenticidad.

Adolfo Martá, “el mejor romancerista de América”, hizo el siguiente retrato del poeta Artel: “En él vibran los ritmos de aquellos ancestros en que se columpian la negrería y el mar, el sol y el puerto, la sensualidad y el dolor de la sangre. Su canción viene de lejos, de muy adentro de lejos. Es su danza remota la que danza en ella sus gritos angustiados; la que da en ella su sabor y su color agrio y quemante. A través de su poesía, como de un prisma extraño, la luz sufre contorsiones y parece que muriera en una epilepsia de matices. No sabemos si suena gaita o flauta o acordeón o cornetín asordinado, porque a veces su melodía es lenta como un andar de boga, en otras ingenua como los ojos de los pescadores; en otras tiene rumores y lejanías de mulatos ebrios y en cuantas alaridos de vientos melenados. Jorge Artel en su plano sinfónio, es un poeta sin segundo en Colombia”.(1).

Entre las varias publicaciones de Jorge Artel ha sido muy aplaudido su libro Tambores en la noche, con tres ediciones hasta el momento. La de 1940 realizada por la editorial Bolívar, de Cartagena, e integrada por cuarenta y cinco poemas. Esta edición incluye comentarios de Juan Lozano y Lozano, Carlos Vesga y Adolfo Martá. Artel se dedica el libro así: “Al marinero que hubiera sido yo. Al corazón grumete que canta en mí como en un puerto solitario. A mis abuelos, los negros”. La edición de 1955 hecho por la Universidad de Guanajuato, México, y que agrupa cuarenta y tres poemas. En esta edición Ariel deja la dedicatoria sólo: “A mis abuelos, los negros”. La tercera edición de Tambores en la noche fue hecha en Bogotá en 1986 por la Editorial Plaza & Janés, con el auspicio de la Universidad Simón Bolívar, de Barranquilla. Agrupa sesenta y seis poemas.

Si bien la obra cardinal de Artel está dedicada a destacar las costumbres y los méritos de la descendencia africana, también es cierto que es una obra esencialmente marina y marinera. Mas de la mitad de los poemas que integran las respectivas ediciones de Tambores en la noche confirman el aserto.

La mayor parte de la poesía de Gustavo Ibarra Merlano (Cartagena, 1919) pendula entre el mito pagano y la mística medieval, la historia de los fabulosos dioses y héroes de la gentilidad, la teología y el conocimiento de los espíritus. Este poeta cartagenero recoge su decantada obra poética primordialmente en los títulos: Los días navegados (1983); Hojas de Tarja (1983); Las lunas del alacrán (1989); Ordalías (1995) y el bellísimo poemario Traslaciones, que aún no ha sido publicado y que está totalmente dedicado al mar.

El mar en Ibarra Merlano cobra una dimensión existencial. Es como anota Ramiro De la Espriella: “Este mar suyo es un mar interior, pero no de playas cerradas, limitantes mas bien de corazón abierto. Allí se va entrelazando su circunstancia con esa luz que viene de afuera, y no es simplemente sol, sino instancia de la propia personalidad”.

Asombran en Ibarra Merlano la pareja excelencia, la hondura y la rareza de su visión, la tersura y la justeza de su expresión. “Gaviota de mis días/ navegados./ Islas de mares hondos/ Faro de tempestades/ cuando se ausenta el tiempo,/ trayendo soledades”. (Los días navegados). “El mar labra la playa/ como la muerte al hueso./ El inmenso mar del tiempo/ que me arroja la espuma de los días” (Mar cavada).

Son tres las grandes afluencias temáticas en la poesía de Meira Delmar: el amor (léase mejor ausencia del ser amado), los ancestros y el paisaje, principalmente el mar.

El mar aparece en la hermosa poética de Meira gracias a los constantes viajes de la poeta por las aguas de aquella gran criatura, pero también porque hubiera sido inconcebible que una poeta nacida en un pueblo marinero, que construyó su albergue a prudente distancia de las olas, no le cantara al mar.

Meira ha vivido siempre enamorada del mar, sabe estar quieta frente a su vida azul, junto a su inmensa voz. Ella sabe que el mar tiene un don que nadie tuvo ni tendrá jamás: el incomparable y claro don de saber consolar. “El mar —como certeramente lo dice el poeta Oscar Flórez Támara— está en estrecha relación con Meira. Ella lo respeta y lo adora como el hermano mayor que conoce los secretos mas extraños de la vida. Desde siempre habla su idioma en oleajes y burbujas que acentúan su movimiento en las playas arenosas. Será, quizás, por la visión clara que ella tiene de éste, y la multiplicidad de vida que el mar esconde en sus entrañas. Su relación es directa y ansiada, más que un simple anhelo el mar es para Meira pasión y consuelo, donde afianza las confidencias de su corazón enamorado. Nadie entendería los conflictos de un ser que tiene turbulencias en el alma. Sólo el mar es capaz de refrescar la llama encendida en una criatura que hace tiempo está padeciendo la hoguera del tormento en la terrible soledad del individuo”.

Son varios los poemas de Meira al mar. Pero tal vez el que más recordamos sus amigos y lectores es el que lleva por título Verde mar: “De tanto quererte, mar,/ el corazón se me ha vuelto/ marinero./ Y se me pone a cantar/ en los mástiles de oro/ de la luna, sobre el viento/ Aquí la voz, la canción/. El corazón a lo lejos./ donde tus pasos resuenan/ por las orillas del puerto./ De tanto quererte, mar,/ ausente me estás doliendo/ casi hasta hacerme llorar.../ ¡Mar!/ Y es como si, de pronto,/ se hiciera la claridad./ Angeles desnudos. Angeles/ de brisa con luz. Cantar/ del agua que danza una/ zarabanda de cristal./ Islas, olas, caracoles./ Grito blanco de la sal../ Y el corazón, de latido en latido, dice: Mar!”

El mar, ya no de naturaleza geográfica sino metafísica, es el objeto o asunto único en el orbe poético de Jorge Marel. Este poeta a través de su mar interior busca la verdad, toma conciencia y halla un significado de la vida y de sí mismo, de sus soledades, sus angustias, sus dolores, de esa especie de destino metafísico. Para ello Marel se vale de un lenguaje preciso y precioso, cuyas imágenes e ideas están en directa relación con su fundamento expresivo. Su escritura traduce dos de las características esenciales de la poesía: la levedad y el asombro.

Jorge Marel, nacido en Sincelejo (Sucre), en 1946 es autor de los libros de poemas: Palabras en el tiempo (1976); Nocturnos del mar (1982); La palabra que amaba (1983); Palabra por palabra (1984); Las antiguas palabras (1986); Palabras cruzadas (1988); El mar y las palabras (1989); El honor de las palabras (1992); Metafísica del mar (1994) y La última elegía (1995). En 1998 se reunió su poesía total en el volumen llamado Metafísica del mar.

En este ámbito, a orillas del mar, es donde el hombre Caribe quiere que discurran sus días, incluso su muerte, la eternidad de su muerte, como bellamente lo expresó el poeta barranquillero Víctor Amaya González en uno de sus sonetos:

Y no digáis, al despedir mi arca.
que ha muerto el que se fue,
decid tan solo:
vino del mar y se volvió en su barca!

El hombre Caribe ama su mar, pues ese mar es suyo. Aquí vive en paz con su vida, tal como lo dijera Daniel Lemaitre:

No me depara el destino
la quietud de la montaña,
ni ninguna tierra extraña
que tengo un solo camino.
Quiero mi ambiente marino
que a toda extensión convida.
y amo su canción sentida,
porque en horas de pesar
sólo la canción del mar
me pone en paz con la vida.