Aguaita número 9, diciembre de 2003

 

Gustavo Ibarra Merlano: los susurros de Dios

Por Gustavo Tatis Guerra

"Grecia es el único sitio de la tierra donde los dioses castigan a los hombres", decía muy a menudo Gustavo Ibarra Merlano, viendo el mar de Cartagena de Indias, su ciudad natal, en cuyas soledades más profundas y doradas descubrió a Grecia. Pero bastó que alguna vez a sus sesenta años, decidiera emprender un viaje de cuatro meses a la nación ensoñada para que a la vuelta de la esquina se encontrara con el resplandor de Cartagena de Indias. Todo aquello le parecía íntimo y vivido, como si en vez de contemplar las ruinas de la antigua Grecia, se reencontrara con las murallas desoladas y mutiladas de Cartagena de Indias. Aquel esplendor del pasado, ahora convertido en ruina, tenía para él, una doble fascinación con lo efímero y lo perdurable. Frente a la estatuaria griega y el Partenón, tuvo el estremecimiento de que todo lo que había concebido la aventura humana, estaba condenado a establecer un diálogo con lo deleznable y eterno. Una mirada abisal, mítica y mística, que escudriña en la hondura de la condición humana, y que en la poesía de Ibarra Merlano, abarca a la vez, la plenitud y caída del ser, y el enigma del mar.

"El mar y el hombre, son los motivos centrales a través de los cuales teje una densa reflexión, un doloroso y lumínico diálogo entre el hombre y la divinidad", apunta el poeta Rómulo Bustos Aguirre. Sobre ese universo, el poeta Ibarra Merlano escribió un ensayo prodigioso sobre "La hermosura de la Eucaristía", que es la mirada intensa de alguien que al saberse efímero ha profundizado en el enigma de la eternidad. Basta que el poeta mire una ruina en Grecia y descubra que a pesar de los fragmentos de lo espléndido brilla la ruina ante su mirada que intenta completar con la memoria la belleza de lo perdido.

"De pronto vi la hostia como una Acrópolis interior en donde al revés de lo que pasa con la ruina de los mármoles, el signo perdura renovándose, después de que se consume, en el mármol las cosas parecen y no son", sentencia Ibarra Merlano, y se detiene a meditar sobre la relación entre apariencia y ser.

"El ser es menor cuanto mayor es la apariencia. En la Eucaristía, el ser es tanto mayor cuanto menor es la apariencia. Las cosas sacramentales son inversamente proporcionales a sus apariencias", pero lo que inquieta al poeta no es la belleza extremada de la estatuaria y del Partenón, sino una belleza que a pesar de su fragilidad es más perdurable, una belleza que a pesar de su silencio es más elocuente. "En los mármoles arruinados de la Acrópolis ardía la necesidad de una forma perdurable".

Y el poeta encuentra en la hostia que se desvanece en su leve blancura una prueba de la belleza que gravita y asciende, y que lejos de perder forma, se convierte en una mediación de Dios, en una Acrópolis íntima, en una forma suprema, profunda, insondable. La belleza misma se constituye entonces en un ofertorio, como el cuerpo mismo. Dice Ibarra que a la belleza se acude, no se llega, y que en todo humano perviven dos mundos. Vivir entraña un acto ambiguo. "¡El secreto más profundo puede ser una oscura apertura!".

Un griego en Cartagena

Gustavo Ibarra Merlano, nacido en Cartagena de Indias en 1919, se inició en la lectura de los clásicos españoles, el descubrimiento exaltado de Garcilaso y la Generación del 27, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá. Su devoción de asceta y su pasión por la cultura griega, lo llevaron a descifrar a los trágicos griegos, los poetas del Siglo de Oro español y a algunos autores católicos, como Kierkegaard y Paul Claudel. En aquella Bogotá dormida , lluviosa y virreinal, como la atmósfera de aquellos versos, el joven lector conoció luego en la Normal Superior, al director del plantel, el escritor y psiquiatra José Francisco Socarrás, quien convirtió la Normal Superior en una constelación de inteligencias, como el americanista Paul Rivet, José Francisco Cirre, profesor español experto en la Generación del 27, y Pedro Urbano González.

Discreto y esencial, Ibarra Merlano, el mayor de cinco hermanos, estudió Filología y Derecho en la Universidad La Gran Colombia, de Bogotá, y ejerció su profesión en el ramo de aduanas. De regreso a Cartagena fue suplente en la cátedra de Grecia que dictaba el Padre García Herreros en el colegio San Pedro Claver. De aquellas clases de griego en el año 1948, uno de sus alumnos, el poeta Félix Turbay, recuerda la erudición sensitiva de Ibarra y la estatura espiritual de "un ser excepcional que entraba al colegio San Pedro Claver, y en cinco minutos, entraba ya a tu alma. Se posicionaba con su finura intelectual y su ternura, en el corazón de sus alumnos, nos leía fragmentos de poemas, y se involucraba de una manera mágica en la vida de sus estudiantes. No auscultaba conciencias sino soledades humanas".

"Siempre estábamos estudiando a Sófocles en Cartagena. Me interesaba y me atraía considerablemente la tragedia griega, la mitología y la filosofía griega. Pero mi sueño en verdad era ir a Grecia. Fue un sueño tardío pero hermoso que cumplí después de los 60 años. Los sueños retardados son mejores". En ese viaje de cuatro meses de deslumbramiento y de reencuentro con los paisajes y atmósferas que estaban en sus lecturas de toda la vida, reconoció un alto espíritu de la amistad, y, de igual manera, un deslumbrante espíritu poético entre los atenienses. "No salí de Atenas. Mi sorpresa en Atenas fue la Acrópolis, la cultura preclásica, que es tan grande, menos atrapada en la reja nacional y cartesiana. Está asistida por un vigor mítico. Tengo en estos tres libros: "Hojas de Tarja", "Los días navegados" y "Ordalías", obsesiones griegas que, a la postre, son obsesiones de todo lo humano. Hay un poema que se llama "La Torre de los Vientos". La Torres de los Vientos es un reloj hidráulico construido por el astrónomo andrónico en el siglo I antes de Cristo, y cuyos despojos aún se admiran en Atenas. Me impresionaron los vientos esculpidos, su intacta presencia en el tiempo".

En las páginas del Libro de Buen Amor, Ibarra Merlano estudió el concepto de amor en la literatura española, "el amor trágico en Calixto y Melibea y los conceptos de amor platonizante de León Hebreo en el Siglo de Oro. También indagó en los antecedentes de ese amor en la literatura griega, en los trágicos, tratando de hallar las características peculiares del desarrollo de sus personajes, que aunque eran los mismos en cada uno de los autores, de acuerdo con el mito, sin embargo tenían resonancias diferentes, tratamiento dramáticos diferentes, en donde se ponían de manifiesto, más que cualquiera explicación preceptiva, el temperamento dramático de Sófocles, el de Esquilo, el de Eurípides. Esas lecturas comparadas fueron las que permitieron acercarme a "La hojarasca" en una forma que Gabriel pudo ver con qué amor había sido recibida en medio de la cepa clásica, especialmente de Sófocles. Como resultado de esos estudios escribí un ensayo denominado "Concepto de honra y gracia en el Siglo de Oro español".

Con su modestia congénita, Ibarra Merlano confiesa que animó a García Márquez a leer las tragedias griegas. "Pero Gabriel no necesitaba de lecturas. Era un hombre nutrido de sus fondos propios, poseedor de una gran cultura novelística. Rojas Herazo, Clemente Manuel Zabala y yo, girábamos alrededor de la poesía. Recuerdo que Zabala vibraba, literalmente, con la poesía. Cuando algo le gustaba se sacudía la guayabera con la mano en el pecho".

El inicio poético

Los primeros poemas de Gustavo Ibarra Merlano aparecieron a principios de la década del cuarenta en la página "Lunes Literario", que dirigía el poeta José Nieto, en el diario conservador El Fígaro, que dirigía Eduardo Lemaitre, y en donde se creó el grupo Mar y Cielo, resonancia caribe del grupo Piedra y Cielo. "Nosotros no tuvimos ninguna influencia de Piedra y Cielo. Ni siquiera los conocíamos", dice José Nieto. "Mucho tiempo después, conocimos al poeta Jorge Rojas, de Piedra y Cielo, en los astilleros de El Arsenal. Cada vez que llegaba un poeta a la ciudad lo llevábamos donde Tito de Zubiría, que vivía en la Calle de la Moneda". Algunos de los textos del poeta Ibarra Merlano aparecieron con el seudónimo de Juan Maretta.

El capitán de ese convite de enviciados por la literatura era el poeta Jorge Artel, y en él participaban José Nieto, Jacinto Fernández y Gustavo Ibarra Merlano. Sin desdeñar la mirada enjuiciadora del poeta Luis Carlos López, los maricielistas buscaron una lírica con metáforas ingeniosas y excesivas, un intimismo marino y una cadencia evocativa de la poética española.

"El joven que yo evoco ahora después de sesenta años, era ya un Gustavo Ibarra Merlano de una extraordinaria erudición griega, era un gran conversador y un hombre que tenía pocos amigos", confiesa José Nieto, quien le publicó los primeros poemas en Lunes Literarios. José Nieto, reconoce que la lámpara de ese núcleo humano de escritores jóvenes congregados en la sede del periódico El Fígaro, en la Calle Don Sancho, de Cartagena, a principios de la década del cuarenta, era el poeta Jorge Artel. Animado por Artel, los jóvenes Ibarra Merlano y José Nieto publican sus primeros poemas.

Nieto reconoce que "Artel vio los primeros poemas que escribí y me animó a seguir escribiendo". Aquellos versos se publicaron en 1949 en un pequeño libro de poemas titulado El viento entre las jarcias, en ediciones Espiral Colombia. Lo mismo ocurrió con Gustavo Ibarra Merlano.

En un diálogo en el diario El Universal, el poeta Ibarra Merlano confesó que "yo siempre he tenido desde mis 18 años, un pudor virginal y desconcertante por publicar poesías. Para mí la poesía es una síntesis diamantina. "La Cartagena de 1940 cuando el grupo de El Fígaro, iluminado y presidido por el poeta Jorge Artel. Allí estaban Donaldo Bossa Herazo, Héctor Rojas Herazo, que tuvo una relación de amistad con el grupo, y José Nieto. Jorge Artel y Donaldo Bossa eran las cifras mayores de esa época, poéticamente hablando".

"Artel promovía y animaba con fervor a los jóvenes poetas. Donaldo, un poco más introvertido constituía en esos años, otra cifra importante de la poesía cartagenera. Artel fue el que miró mis primeros textos. A mí no me gustaba hablar con jactancia de poesía. Yo hablo de textos y no de poemas. El me animó a seguir trabajando en ese territorio. La otra época, la de 1948, estuvo integrada y animada por Clemente Manuel Zabala, un maestro tácito y una gran cifra humana".

Aquellos dos instantes culturales: 1940 y 1948, entre El Fígaro, en la Calle Don Sancho, y El Universal, en la Calle San Juan de Dios, en el corazón amurallado de Cartagena, señalaron el destino cultural de la Cartagena de mitad del siglo XX, en la mirada de Ibarra Merlano.

Entre la docencia, la complicidad de sus amigos escritores, los días de siembra en una finca de Ternera, Ibarra Merlano siguió estudiando la literatura griega.

“Hay que volver al mito”

Sí: Los griegos como nosotros, tenemos un temor frente a los clásicos. Como el temor que tenemos nosotros por los clásicos españoles medievales, por ejemplo, El Cid. Uno está mejor equipado para conocerlos a ellos que ellos a nosotros. Ellos no conocen a los presocráticos como nosotros no conocemos a nuestros precolombinos.

Tenemos que volver a ellos. Ya se han hecho interesantes estudios y paralelos sobre los precolombinos y los presocráticos. Hay una unidad subterránea del mito. La sutura en el pasado es la misma. Hay una reja cartesiana, una falsa reja que nos ha impuesto la educación y que no nos ha permitido volcar y extender nuestros ojos a la cultura precolombina. Europa está acabada. Lo que salva a ciertas culturas es el mito, es su valoración del pasado. El mito aparentemente es incoherente. No es lineal ni cartesiano, pero lo que sintetiza lo humano es su cultura mítica, que vale más que lo racional.

¿Sabía usted que Empédocles no tuvo tumba? Para Empédocles el ser humano era planta, doncella, pez mudo en el mar. Era un gran filósofo y un extraordinario poeta. Era mítico, un presocrático de lo más completo y revelador. Nunca quiso que le forjaran una tumba para que el misterio continuara aleteando. Su vida era una exaltación a la condición mítica que debe dignificarse en el hombre. Su creencia en que el hombre que moría dejaba sus ojos sueltos pero vividos en el aire, es desde ya, una contribución a la poesía surrealista. Vestía con una túnica coronada con bandas de lana representativa de la realeza. Tenía una figura sacerdotal, un aeda. A punto de ser un prohombre empieza a producir su gran obra. Se arroja al Etna porque no quería ser un simple mortal, pero el mismo Etna arroja una sandalia de bronce de Empédocles. La purificación de Empédocles estaba signada a 30 mil años. Por haber derramado sangre incurrió en la culpa y en la condena de los dioses.

Después de 3 siglos que tiene el griego, los mismos griegos han continuado traduciendo en su propio idioma a Homero. Hay traducciones contemporáneas de Homero. ¿Qué conocemos nosotros de nuestros poetas precolombinos? La visión de la vida y de la muerte de los poetas Náhualt se ha llegado a comparar con la de los presocráticos.

Hay una unidad subterránea en el mito. Nosotros estamos disfrazados de europeos. Sin necesidad de conspirar con Europa, nosotros hemos incurrido en la ignorancia de nuestro pasado. Hay una falsía, un desdén por lo precolombino. No nos acostumbramos con lo nuestro. Hemos sido peyorativos con nuestra cultura.

Ignoramos que la cultura precolombina produjo gente estética. Hay que ver como eran de estéticos. Hay que ver la exquisitez de la orfebrería y alfarería. Pienso que esos genes incaicos, aztecas, no están muertos. Están dormidos. Cuando esos genes se despierten y se sacudan habrá que ver cómo nuestro continente volverá a ser un continente de la esperanza. La América está esperando turno!.

Hay que ir a Grecia pero no con los ojos de alguien que no tiene nada, sino con los ojos de alguien que sabe no que tiene nada, sino con los ojos de alguien que sabe que tiene anterioridad. Sigo creyendo que el espíritu mítico es de raigambre, es de originalidad. Hay que ver el poderío y la belleza de la cultura Tayrona. Puros costeños. Hay que ver esas orfebrerías, la majestuosidad de las máscaras. Los Chibchas, por su parte, eran abstractos.

Antes de ir a Grecia yo estuve contemplando las esculturas mayas, puro y pleno barroquísmo. Cuando en Europa se produjo un sesgo de barroco, ya nosotros habíamos dado la vuelta, nos habíamos mordido la cola.

El secreto de Dios

En toda la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, hay un doble despojamiento de la divinidad al reino de lo humano, y a la vez, el despojamiento del hombre hacia su camino purificado a la divinidad. El hombre se desnuda para buscar la divinidad, y Dios se desnuda para ser hombre. Los dos extremos- hombre y Dios- y un solo corazón que late en los poemas. Es su vocación de cristiano viejo que alguna vez pudo haber sido frayle dominico, el que lo lleva a fascinarse por el poema bizantino de alabanza a la Virgen, Himno Akathistos, traducido del griego por su amiga María Cecilia Posada, en 1983. Un poema litúrgico en cuyos manuscritos figura el siglo VI.

Al canto de bizancio, el poeta colombiano agrega y parafrasea, los versos de otro poeta mariano y castellano como Gonzalo de Berceo. "Olivo, cedro, bálsamo, palma bien espigada, pértiga en que estuvo la serpiente izada".

En los legajos blancos mecanografiados, Ibarra Merlano no hizo sino cantar la belleza vertiginosa y misteriosa de vivir. En uno de sus poemas: Pliegos de cordeles y conmemoraciones, habla de los reinos que instauran los hombres. El más grande de todos esos reinos, es Dios: "Nosotros instauramos el reino de Dios". Hay en estas hojas una bella súplica e invitación:

Levantémonos
que el día
está amarrado
entre las rosas.

La existencia del poeta se asemeja a su propia escritura: discreta en su pureza y en su necesidad de revelar una esencia que escapa a la mirada humana. El poeta que sobrellevó hasta el final el acoso del asma, asumió la muerte como una "pura insistencia ", de un ángel al que le han señalado una herida en un espejo. "No conoces tus abismos / pero hay ojos que habitan / la tiniebla y te perdonan". "Ah, la ruina del tiempo y del hombre/ una constancia inalterada / preserva tu rostro / de medalla / mordida por el tiempo".

En su Mar cavada, el poeta está listo " para sufrir las pendencias / de las nubes". Otra vez el fantasma eterno: Tu sabes que tengo derecho / a hablarte de la muerte / pues la he oído tocando / arpas sin cuerda".Vuelve en Los días navegados, a las "maquinaciones del destino" a las soledades mordidas y asumidas, al resplandor fugaz del amor, a la tragedia decantada de vivir. Ahora el mar sólo sirve / para sumar su pendencia a la mía / también él soporta / mis arruinadas tempestades". Ah, la soledad " que es la misma muerte", los sombríos testamentos del vacío. Uno de sus más bellos e inquietantes poemas es Kenosis, de su libro Ordalías, que nos revela los enigmas de la condición humana. Si para Rojas Herazo el ser humano es una obra inconclusa de Dios, Ibarra Merlano, comparte la creencia de que hay que ayudar al mismo Dios a completar la obra.

Uno de los textos analíticos más profundos sobre el poema Kenosis, lo ha concebido el periodista y escritor Gustavo Arango al precisar, que "Al final de una vida que no se prolongó mucho más allá de los treinta años, el filósofo y poeta hebraico-andaluz Salomón Ben Yehudah Ibn Gavirol, también llamado Avicebrón, escribió un poema cósmico-religioso titulado “Kéter-Malkut” (La Corona-El Reino), en el que le preguntaba a Dios, entre otras cosas: "¿Quién podrá expresar tu grandeza?" (Gabirol, 127). Casi mil años después de que la tinta se secara en el papel, Gustavo Ibarra Merlano, encontraría en ese poema el aliento para hacer público Kenosis. “Ese poema lo elaboré hace mucho tiempo, pero lo tenía guardado. Después encontré algunas frases y algunos versos, sobre todo de un poeta del 1020 llamado Avicebrón- un gran poeta que ha sido comparado con el Dante- y vi en él unas cosas que sí me permiten decir la misma vaina”.

La magia del cine

“Yo siempre estuve enamorado de Nefertiti”, confiesa sonriendo Ibarra Merlano, quien a lo largo de su vida ejerció la docencia cinematográfica y fue uno de los pioneros de la crítica de cine en Colombia. “Nefertiti era la novia del mundo. Hay que ver de verdad cómo los espectadores, cuando Greta estaba en peligro o en cualquier postración, instauraban otra película sentimental fuera de la pantalla. Cómo la consolaban en las butacas. Era su vulnerabilidad extraordinaria lo que hacía que todos la consolaran”.

Cuando habla de Greta Garbo, dice que no basta el espectáculo técnico del cine, sino el poderla contemplar (Voz y cuerpo) en distintas estaciones de la vida. "A Greta y su voz que es como exhumar la voz de Nefertiti. No se trata de describir una película, sino hacerla sentir, para proyectar aspectos que están dentro de la película. Por ejemplo, eso que le decía de Garbo: estudiar la voz en las distintas épocas, presentarla en distintas épocas".

Ibarra Merlano fue secretario general del movimiento Testimonio, en la década del cincuenta, y dirigió a lo largo de dos décadas, la revista de crítica cinematográfica Criterios de Cine. Escribió una serie de ensayos sobre Losey, Bergman, Fellini, Antonioni, Hitchcock, Buñuel, el encuadre cinematográfico en relación con la persona y el contorno, la metamorfosis de la persona en el cine, entre otros.De esa experiencia como crítico de cine, surgieron los poemas de su libro inédito Epigramas de la sala oscura.

Retrato de casa

El estudio del poeta en su casa del barrio Santa Ana, en Bogotá, conserva un par de fotos del pensador Lanza del Vasto, uno de sus entrañables amigos, a quien Ibarra Merlano le dedicó uno de sus poemas.

El patio tiene un palomar y esplende bajo la luz, los pinos y las hortensias, los cartuchos blancos, los cortejos rojos y las estrellas de David. El silencio del mediodía queda sacudido por la ráfaga de luz de un pavorreal de arabescos azules y la vigilia de un par de pavos que se estremecen con el leve movimiento de las hojas.

Dentro de su estudio, que ha quedado sumergido en la soledad de su partida en la madrugada del 26 de diciembre de 2001, están los libros de filosofía, historia, antropología, derecho, tratados de teología, mitología griega, maya, azteca y precolombina, diccionarios de lengua castellana y diccionarios griegos, fotografías de Cartagena de Indias, escenas de familia, fotografías de Cristina Merlano, su madre (los ojos ensoñados, los labios finos, delgados, los ojos negros, delineados por una personalidad serena y dulce), la imagen de Modesto Ibarra, su padre, de gafas, el cabello peinado hacia atrás, la mirada imperturbable, la calidez vertical de su personalidad. La foto de un negro envejecido con un semblante tristísimo, el rostro de su amigo Jorge Artel, máscaras africanas y colombianas, mariposas azules disecadas debajo de un vidrio, iconografía de la Virgen María, fotografías de la Acrópolis, su esposa Josefina Pardo, en un abrazo bajo la sombra de la Acrópolis, veleros de madera, caracoles, miniaturas de bustos de Beethoven y Sócrates, fotografías de sus cinco hijos: Martín Gustavo, Rafael, Gabriel, María Josefina y Ramiro. Una foto de su hermano Alfonso Ibarra mirando el mar de Cartagena. En un desván, una guitarra que había empezado a acariciar en los últimos años.

Debajo del fulgor misterioso de las ruinas griegas, estaba la sonrisa de Gustavo Ibarra Merlano, con barbas, abrazado a su esposa Josefina, en una serie de fotos de su viaje a Grecia, que acompañan una de las paredes de su oficina de abogado.

En otra de las paredes, un óleo de su amigo Héctor Rojas Herazo: unos gaiteros de cuerpos terracotas atravesados por la luz de un sol rojo que se derrama sobre un fondo profundo y amarillo. Vasijas griegas, una foto de un antiguo fogón de Cartagena de Indias en una cocina de paredes derruídas. Una biblioteca especializada en Grecia, ocupa dos paredes de la oficina. Se destacan: un poema manuscrito, Verano, de Meira Delmar y una carta breve de García Márquez a su paso por Bogotá en 1994 (“tu carta me hizo pensar en mí que es lo más inquietante que le sucede a uno después de los 50”).

“Creo que Gustavo Ibarra Merlano, además de ser un hombre excepcional, es una criatura desconocida en Colombia. Un hombre con muchas facetas. No sólo el escritor y el ejecutivo de aduanas, también el poeta y pensador, el fotógrafo, el experto en cine, el conocedor de las culturas indígenas, el helenista consumado, el hombre que al final de su vida, estaba aprendiendo a tocar guitarra”, dice Gabriel Ibarra, su hijo.

“Recuerdo que siendo un niño de 10 años mi padre me enseñaba yoga. Me acostaba en una esterilla y nos ponía a meditar. Siempre habló de su amigo Lanza del Vasto y de su libro Peregrinaciones a las fuentes. Mi padre era un autodidacta: dos de sus facetas desconocidas son las del pensador y las del fotógrafo”, confiesa su hijo Rafael Ibarra Pardo.

“Difícil encontrar un padre tan hermoso como Gustavo Ibarra Merlano”, dice su hijo Ramiro, “Un hombre cuya mayor felicidad era reunir a toda la familia el fin de semana, con los nietos y sobrinos”.

"No tenía ningún deseo de figurar como escritor. Era feliz con saber que tenía tres o cuatro lectores. Además de los libros que publicó dejó dos libros inéditos: Las lunas del alacrán, escrita en 1979, en homenaje al poeta Luis Carlos López, y Son de piedra, dedicada a Tito de Zubiría. Este último libro reúne poemas escritos desde 1945 a 1979”, cuenta Gabriel Ibarra.

“Lo que menos imaginó mi padre fue la repercusión que tuvieron sus poemas entre los jóvenes. Menos aún, imaginaría el fervor que ha despertado en las nuevas generaciones. Cuando fue a Cartagena, al homenaje en Calamar, los jóvenes estaban siempre junto a él. Mi padre se puso muy feliz con ese homenaje”, dice María Josefina Ibarra.

"Era como un padre para mí. En su convalescencia, deliraba con su hermano Alfonso. No me dejes, Alfonso, llévame, decía. Era tan bondadoso. "!Ay, Lolita, ésta agonía está tan larga!, me decía, ‘Nos pedía perdón a todos. Me tomaba de las manos y me decía: ¡Qué pena, Lolila, qué pena!", confiesa Lola Rodríguez., quien ha estado muy cerca del poeta, como asistente en los últimos treinta años.

"Tenía un respeto por el ser humano. Nunca excluyó ni discriminó a nadie, mucho menos, si era de origen indígena o africano", declara Hedis Palacios, una mujer afrocolombiana, que labora en la casa de la familia Ibarra hace varios años.

La sombra de Josefina

La mujer dulce y recia que abraza en la foto al poeta Gustavo Ibarra Merlano, es su guardiana de toda la vida. No podría concebirse al poeta Gustavo Ibarra Merlano, sin Josefina Pardo, como no podría concebirse a Héctor Rojas Herazo sin la Niña Rochi, ni a Gabriel García Márquez sin Mercedes Barcha. Aún está por escribirse la otra historia de los creadores, desde el espíritu de sus mujeres.

“Vi por primera vez a Gustavo Ibarra Merlano en una iglesia. Nos conocimos en la Iglesia de las Angustias, en la calle 23 carrera 13. Él vivía en una pensión de estudiantes, a dos casas de nuestra casa. Un sacerdote me dijo que quería presentarme a ese muchacho culto y brillante. Se hizo amigo y siempre iba a la misa donde yo iba. Nos encontrábamos y conversábamos a la salida”.

“Jamás he conocido a alguien que adorara tanto a su mujer, como él. Había que verlo escuchando juntos un bolero, compartiendo una canción, un paisaje, una obra de arte. Había que ver cómo deliraba. Él se quedaba mirando a Doña Josefina, la invitaba a escuchar boleros, nos pedía a todos que en su partida, no dejáramos sola a su mujer”, contó Hernando Rubiano, conductor de la familia en los últimos 6 años.

“Si no fuera por Josefina, yo hubiera sido sacerdote”, le confesó Ibarra Merlano a Mirta Villamil, una de las impulsadoras del homenaje al poeta Ibarra Merlano en Calamar, en 1998, en el III Encuentro de Escritores Bolivarenses, en donde recibió la Medalla Luis Carlos López. En Calamar, el poeta Ibarra recordó el día en que hizo su viaje en tren desde Cartagena, y se estremeció doblemente al conocer a la poeta Meira Delmar, que también evocó su llegada en tren a Calamar. Habló del privilegio de nacer frente al mar y de cómo el espíritu que está en comunión con las aguas, se derrama en vibraciones hacia el infinito. En 1998, el poeta se reencontró con el músico Abel Antonio Villa. Le acompañaron en ese entonces, dos voces del caribe: Celia Cruz y Joe Arroyo, de quien celebraba la canción “La rebelión”.

“No quiero morirme primero para no dejar sola a Josefina”, había dicho a sus amigos en Cartagena. En esa oportunidad, permaneció tres meses en Cartagena. Hizo un viaje minucioso por los lugares de su infancia, con la misma intensidad con que vivió en Grecia, en 1983.

Al borde del misterio

Cuenta Gustavo Ibarra Merlano que una vez sentado junto a Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez en el parque del Cabrero, sintió de pronto el aletazo del misterio, como si Dios se asomara en la soledad de una casa grande y desolada.

“Estábamos sentados en una banca, cuando de pronto, atraídos por una irresistible sensación, nos volteamos a mirar en silencio hacia la puerta de una casa enorme y de apariencia abandonada. Y un flujo de brisa sonora, un instante de incomprensible evasión sensorial, nos ató y desató, y nos devolvió exhaustos al mundo real. Siempre me pareció que aquello fue algo como un llamado. Y fue lo que dije”.

Retrato de hermano

Sin ningún alarde, el poeta Ibarra Merlano deshizo su silencio de cuarenta años y empezó a publicar sus libros a la edad de 64 años, en 1983, en ediciones reducidas, "escandalosamente restringidas", como diría el poeta Miguel Iriarte. Fue así como aparecieron sus poemarios Hojas de tarja, 1983, Los días navegados, 1985, Ordalías, 1995, Lápida, relatos, las traducciones del griego, poemas de la escritora Ketty Sotiriadou Barajas, traductora de toda la obra de García Márquez al griego moderno. Poco antes de morir, había publicado el libro Poemas para un libro sin tiempo, que reunía algunos de sus poemas escritos en los últimos veinte años. Dejó sin imprimir: Las lunas del alacrán, 1979, un poemario que dejó en una edición mecanografiada en la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, y en la Biblioteca Bartolomé Calvo, de Cartagena. Otro libro inédito: Son de piedra, reúne poemas de Ibarra Merlano desde 1945-1979.

La belleza oculta y ascética de Ibarra Merlano, empieza a ser revelada con medio siglo de voluntario y silencioso estoicismo. No puede comprenderse el período germinativo de una generación de escritores de Cartagena, en la que surgieron dos monstruos: Gabriel García Márquez y Héctor Rojas Herazo, sin el espíritu de Gustavo Ibarra Merlano.

A la puerta de su casa se acercó la víspera de su muerte, su amigo y hermano Héctor Rojas Herazo, a preguntar por su salud, porque un día antes había soñado que mientras esperaba que le abrieran la puerta alguien se le había acercado para decirle en secreto que Gustavo Ibarra Merlano había muerto.

Rojas Herazo, desolado e iluminado a la vez, sobrelleva su dolor (el de la niña Rochi y el de Ibarra Merlano), pintando jauleros que sueltan sus pájaros a la luz del sol, y gaiteros de patio que tocan la desgarradura de Dios con la alegría de los pájaros.

Las palabras para su hermano están escritas con la misma ternura con que ha acogido el dolor y la alegría de crear y vivir: Aparecen en Hojas de tarja, en 1983: “Gustavo, además, tiene un alma de cristiano viejo, de sólido artesano de catedrales del medioevo, de los que trabajan su salvación al trabajar la piedra, que lo sitúa en la línea de Claudel y Bernanos. Pero lo admirable de este hombre a quien muchos consideramos nuestro gran hermano, es su alerta vitalidad, su riqueza perceptiva ante el misterio de lo cotidiano, su tensa conducta para soportar, mutándolo en experiencia comunicante, el enviste y la agresión de lo desconocido. Este podría ser el centro y la razón de su existir en su obra... tiene derecho a ser lo que pretende: un hondo testimonio del viaje, de nuestro viaje, por la soledad, el frenesí, el acoso, la servidumbre y la recóndita, avara y casi invisible, pero a veces palpable y trascendente, alegría de la tierra”.

Además de la percepción del ser, Rojas Herazo ha precisado sobre la significación de la obra creativa de Ibarra: “La de Gustavo es una palabra sobre la cual ha exprimido sus lágrimas y sangre. Palabra escondida que, al tiempo que implora e interroga a la divinidad, husmea y relame su conciencia y sus huesos. Son poemas que se arrastran y sacuden en una inmediatez que aspira a ser asumida e iluminada por el infinito. Cada interrogante es una herida que lo deja verbalmente postrado. Confirmando que, más allá de la cautela o de la esperanza del alma, nuestra única e inexorable tarea es la de soportar, sin explicación ni descanso alguno, la condena de vivir. Todo ímpetu poético por ello mismo, es el acercamiento a esa condena con amor, con dolorida calma, anhelando entender todos y cada uno de los susurros que destila esa condena. Pocas veces en nuestra poética el oírse a sí mismo había servido de compasión y consuelo para los otros. Esa ardida voluntad de esclarecimiento podría servir para explicarnos la entrañable capacidad amistosa de Gustavo Ibarra Merlano”.