La casa de Asterión, volumen V, n úmero 19, diciembre de 2004

 

Gustavo Ibarra Merlano: El gran desconocido

Por Gustavo Tatis Guerra

La obra poética de Gustavo Ibarra Merlano (Cartagena 1919 - Bogotá 2001) —su belleza oculta y ascética— comenzó a ser descubierta en la década del ochenta por una minoría de lectores del Caribe colombiano y compartida por otra legión casi invisible en el país y el mundo.

Luego de un silencio de más de cuarenta años, el poeta publicó en noviembre de 1983, en ediciones reducidas y mecanografiadas sus poemarios: Los días navegados y Hojas de tarja.

El poeta y novelista Héctor Rojas Herazo se refirió a Hojas de tarja, como la plegaria y la ofrenda de una criatura de alerta vitalidad, celebró el profundo e iluminado ascetismo del escritor y humanista, al que calificó como “el representante más secreto y ardido de una de las más ardidas generaciones poéticas de Colombia”. Un hombre de una alta sensibilidad, con un “alma de cristiano viejo, de sólido artesano de catedrales del medioevo, de los que trabajan su salvación al trabajar la piedra, que lo sitúa en la línea de Claudel y Bernanos”.

Los dos poemarios despertaron la acertada mirada esclarecedora del novelista y ensayista Germán Espinosa, quien invitó a la crítica nacional a analizar en profundidad la obra poética de Gustavo Ibarra, construida con rigor a lo largo de muchos años de silencio. Una obra espléndida guardada en cajones de escritorios, y una vocación que le permitió ser el más integral de los helenistas colombianos y una agudeza universalista que profundizó a la par en el mundo griego y en la cultura precolombina y en la poesía mística.

No sólo lo percibió como un poeta de gran estatura lírica, sino como un inmenso desconocido que se erigía con mayor altura entre sus coetáneos nacidos entre los años 10 y 30 del siglo XX en Colombia. Esa percepción desnudaba a la vez el eco publicitado de una supuesta tradición de pobreza en la poesía nacional. ¿Pero qué otro país de América Latina, según Espinosa, podía ostentar una nómina de poetas desde Hernando Domínguez Camargo pasando por José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López, Aurelio Arturo, Giovanni Quessep, para citar algunos de los más destacados?

“Cuando la critica se decida a abordarlo, hallará en él no sólo al más vitalista, quizá, de los poetas nacionales del XX, sino al que acaso ha reflexionado más sobre los abismos de la vida y de la muerte. Hay en su lírica, por lo demás, esa amorosa aproximación a la naturaleza que nos ha sido tan familiar en los griegos modernos, pero que en lengua española parece haber sido hecha de lado tras el ocaso del modernismo y que, en Colombia, muy pocos cultivaron jamás”.

Aún la crítica colombiana veinte años después de la aparición de sus primeros poemarios, no se ha adentrado en el descubrimiento valorativo de la obra de Ibarra. Sigue recordándose a menudo como el hombre que inició a García Márquez en el conocimiento de los trágicos griegos. Más allá del mérito de haber sido una figura clave en la cultura del Caribe colombiano, y en el período germinativo de una generación de escritores de Cartagena, en la que surgieron García Márquez y Rojas Herazo, aún está por revalorarse su aporte a la poesía del siglo XX y su contribución a la crítica cinematográfica.

Ibarra Merlano se inició en la lectura de los clásicos españoles, el descubrimiento exaltado de Garcilaso y la Generación del 27, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá. Su devoción de asceta y su pasión por la cultura griega, lo llevaron a descifrar a los trágicos griegos, los poetas del Siglo de Oro español, a algunos autores católicos como Soren Kierkegaard y Paul Claudel, y la obra del poeta místico, el siciliano francés Lanza de Vasto.

En las páginas del Libro de Buen Amor, Ibarra Merlano estudió el concepto de amor en la literatura española, “el amor trágico en Calixto y Melibea y los conceptos de amor platonizante de León Hebreo en el Siglo de Oro”. También indagó en los antecedentes de ese amor en la literatura griega, en los trágicos, tratando de hallar las características peculiares del desarrollo de sus personajes, que aunque eran los mismos en cada uno de los autores, de acuerdo con el mito, sin embargo tenían resonancias diferentes, tratamiento dramáticos diferentes, en donde se ponían de manifiesto, más que cualquiera explicación preceptiva, el temperamento dramático de Sófocles, el de Esquilo, el de Eurípides. Discreto y esencial, Ibarra Merlano, el mayor de cinco hermanos, estudió Filología y Derecho en la Universidad La Gran Colombia, de Bogotá, y ejerció su profesión en el ramo de aduanas. De regreso a Cartagena fue suplente en la cátedra de Grecia que dictaba el Padre García Herreros en el colegio San Pedro Claver.

Ibarra Merlano fue secretario general del movimiento Testimonio, en la década del cincuenta, y dirigió a lo largo de dos décadas, la revista de crítica cinematográfica Criterios de Cine. Escribió una serie de ensayos sobre Losey, Bergman, Fellini, Antonioni, Hitchcock, Buñuel, el encuadre cinematográfico en relación con la persona y el contorno, la metamorfosis de la persona en el cine, entre otros. De esa experiencia como crítico de cine, surgieron los poemas de Epigramas de la Sala Oscura.

Sus primeros poemas los publicó a principios de la década del cuarenta en la página “Lunes Literario”, que coordinaba el poeta José Nieto, en el diario conservador El Fígaro, dirigido por Eduardo Lemaitre. En ese diario, se creó el grupo Mar y Cielo, resonancia caribe del grupo Piedra y Cielo. Muchos textos de Ibarra Merlano aparecieron con el seudónimo de Juan Maretta. El joven Ibarra Merlano era ya un ser de una extraordinaria erudición griega, un gran conversador y un hombre de pocos amigos, según la evocación de José Nieto en enero de 2002. La lámpara de ese núcleo humano de escritores jóvenes congregados en la sede del periódico El Fígaro, en la Calle Don Sancho, de Cartagena, a principios de la década del cuarenta, era el poeta Jorge Artel. Animado por Artel, los jóvenes Ibarra Merlano y José Nieto publican sus primeros poemas. El poeta Ibarra confesó en un diálogo con el diario El Universal en 1985, que desde los 18 años, tenía “un pudor virginal y desconcertante por publicar poesías. Para mí la poesía es una síntesis diamantina”.

En la Cartagena de 1940, el grupo El Fígaro era presidido por el poeta Jorge Artel. Allí estaban Donaldo Bossa Herazo, Héctor Rojas Herazo, que tuvo una relación de amistad con el grupo, y José Nieto. “Jorge Artel y Donaldo Bossa eran las cifras mayores de esa época, poéticamente hablando”.

“Artel promovía y animaba con fervor a los jóvenes poetas. Donaldo, un poco más introvertido, constituía en esos años, otra cifra importante de la poesía cartagenera. Artel fue el que miró mis primeros textos. A mí no me gustaba hablar con jactancia de poesía. Yo hablo de textos y no de poemas. El me animó a seguir trabajando en ese territorio. La otra época, la de 1948, estuvo integrada y animada por Clemente Manuel Zabala, un maestro tácito y una gran cifra humana”.


Aquellos dos instantes culturales: 1940 y 1948, entre El Fígaro, en la Calle Don Sancho, y El Universal, en la Calle San Juan de Dios, en el corazón amurallado de Cartagena, señalaron el destino cultural de la Cartagena de mitad del siglo XX, en la mirada de Ibarra Merlano. Aquellas tardes irrepetibles de los años cuarenta en el Pie de la Popa, en Cartagena, cuando Ibarra leía en voz alta a García Márquez, y Rojas Herazo a Moby Dick y Mrs Dalloway, y confrontaban los enfoques de cercanía, percepción y sensibilidad de William Faulkner.

Ibarra Merlano visto por García Márquez

“Podrás llegar a ser un buen escritor, pero nunca serás muy bueno si no conoces a los clásicos griegos”, le dijo Gustavo Ibarra Merlano al joven García Márquez, de quien al conocerlo le alarmó su desdén por los clásicos griegos y latinos. “Me parecían aburridos e inútiles, a excepción de la Odisea, que había leído y releído a pedazos varias veces en el liceo”, confiesa García Márquez en sus memorias “Vivir para contarla”.

Ibarra Merlano fue presentado a García Márquez por sus amigos Clemente Manuel Zabala y Héctor Rojas Herazo. Acababa de regresar de Bogotá con un grado de la Normal Superior y, de inmediato, se incorporó a las tertulias de El Universal y a las discusiones del amanecer en el Camellón de los Mártires.

“Gustavo fue desde ese instante uno de los seres decisivos en mi vida porque Edipo rey se me reveló en la primera lectura como la obra perfecta. Fue una noche histórica para mí, por haber descubierto a Gustavo Ibarra y a Sófocles al mismo tiempo. Me descubrió a Melville: la proeza literaria de Moby Dick, el grandioso sermón sobre Jonás para los balleneros curtidos en todos los mares del mundo bajo la inmensa bóveda construida con costillares de ballenas. Me prestó La casa de los siete tejados, de Nathaniel Hawthorne, que me marcó de por vida. Intentamos juntos una teoría de Ulises Odiseo, en la que nos perdimos sin salida. Medio siglo después, la encontré resuelta en un texto magistral de Milan Kundera”.

Conocer a Ibarra Merlano fue un acontecimiento humano y estético para el joven García Márquez. Con ternura ceremonial, Ibarra sacó de su biblioteca un libro empastado en piel y se lo regaló al joven escritor. Eran las obras completas de Sófocles. Más tarde, le daría a leer “La anunciación a María”, de Paul Claudel, y las obras de Soren Kierkegaard.

En toda la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, hay un doble despojamiento de la divinidad al reino de lo humano, y a la vez, el despojamiento del hombre hacia su camino purificado a la divinidad. El hombre se desnuda para buscar la divinidad, y Dios se desnuda para ser hombre.

Los dos extremos —hombre y Dios— y un solo corazón que late en los poemas. Es su vocación de cristiano viejo que alguna vez pudo haber sido fraile dominico, el que lo lleva a fascinarse por el poema bizantino de alabanza a la Virgen, Himno Akathistos, traducido del griego por su amiga María Cecilia Posada, en 1983. Un poema litúrgico en cuyos manuscritos figura al siglo VI. Al canto de Bizancio, el poeta colombiano agrega y parafrasea, los versos de otro poeta mariano y castellano como Gonzalo de Berceo. “Olivo, cedro, bálsamo, palma bien espigada, pértiga en que estuvo la serpiente izada”.

NOTA:

Lo publicado aquí forma parte de un trabajo más extenso sobre la obra del poeta Gustavo Ibarra Merlano, presentado en una de las Cátedras del Caribe Colombiano.