Contenido de Hojas de tarja

GUSTAVO, NUESTRO HERMANO

El representante más secreto y ardido de una de las más ardidas generaciones poéticas de Colombia ha sido Gustavo Ibarra Merlano. Su silencio de muchos años, en los que esquivó casi diríamos que ascéticamente, todo tipo de figuración, se debió por sobre todo, ahora podemos comprobarlo, a una reflexiva maduración y a una morosa conquista tanto de sus temas como de sus símbolos verbales. Nutrido en las fuentes mismas de los poetas que ama - pues Gustavo es un asiduo lector en griego y latín y en otros idiomas - su formación humanística le ha permitido un conjunto de disciplinas (Gustavo, además, tiene un alma de cristiano viejo, de sólido artesano de catedrales del medievo, de los que trabajaban su salvación al trabajar la piedra, que lo sitúa en la linea de Claudel y Bernanos) fácilmente apreciables en su obra, es su alerta vitalidad, su riqueza perceptiva ante el misterio de lo cotidiano, su tensa conducta para soportar, mutándolo en experiencia comunicante, el embiste y la agresión de lo desconocido. Este podría ser el centro y la razón de su existir en su obra.

Al fin, pues, estamos ante esa obra. La unidad de "Hojas de Tarja" no es gratuita. Es unidad de tiempo macerado, de hambreada luz extraída, gota, de su placenta de tinieblas. Por eso nos dejan estos poemas un sabor de oscura sangre, de padecidos orígenes, de búsqueda terrible de la consolación y del arribo. Este libro es una vasta plegaria, una ofrenda que participa por igual (midamos, por ejemplo, todo el escalofrío que nos sacude al escuchar este susurro: "No conoces tus abismos, pero hay ojos que habitan la tiniebla y te perdonan") de la ulcerada sabiduría y del fecundo sufrimiento. Por eso tiene derecho a ser lo que pretende: un hondo testimonio del viaje, de nuestro viaje, por la soledad, el frenesí, el acoso, la servidumbre y la recóndita, avara y casi invisible, pero a veces palpable y trascendente, alegría de la tierra.

Héctor Rojas Herazo