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El tajamar

                                      Mulliter et tenera poneret ossa rossa.
                                       Propercio. I, XVII. 22.
 

Te quiero tanto
que he prometido olvidarte.
Te recuerdo -no molestes,
que arruinas un poema-.
Pero poesía eres.
Cuando me dijiste:
"Tengo que hablar contigo",
sentí un estremecimiento.
Vendrías -acaso- a decirme
que me querías.
Y yo ya había cumplido
tu imperioso mandato de olvido.
Pero ni siquiera era eso.
Aunque yo estaba a salvo.
Afuera el día finaba.
El lecho estaba solo.
La eternidad herida por el tiempo.
Seré expoliado por las olas
que oigo asediar el tajamar.
No sé cómo comunicar
nuestros dos mares.
En la noche solitaria
las estrellas en vano
con su oscuro alfabeto de oro
incendian soledades en la sombra.
Son demasiado intermitentes
para nuestra sed de permanencia.
Gotas de lumbre seminal
circundan estériles espacios.
Cuando tal vez ya no te amo.
Cuando por fin he de olvidarte.
Cuando sube otro tramo de la rueda
y dura allí mientras tramonta el otro.
Oh cómo anhelo el olvido.
El olvido tal vez.
En vano miro la almohada.
Allí está la huella de tu cabeza,
habitante de su hueco,
como tus sueños,
rodeada de inmensa ausencia.
Porque muy poco se precisa
para volver a amarte.
Oh, no me acuites junto a las olas,
que el mar es suficiente sufrimiento,
malherido en aguas sucesivas.
Cuando te vas los vientos
te siguen reclamando.
Cuando entras, oigo el océano
pronunciando sin embozo tu nombre
interrumpido y flexible de sílabas líquidas.
Ahora el mar sólo sirve
para sumar su pendencia a la mía.
También él soporta
mis arruinadas tempestades.
El mundo agiganta mi soledad
Y hallo que todo lo que padezco
esté viviendo en los otros elementos.
Oh, sufro de cualquier manera.
La soledad presencia suficiente.