Contenido de Poemas para un libro sin tiempo

 


Cantárida

El día en el despacho
discurre entre anilinas.
La nuez del herbolario hace crac
entre embudos de vidrio.
Minerales cautivos en frascos
que resuenan a yodo.
Un frío animal de polvo distraído
Agita sus escamas.

La colegiala
viene por la veladora.

Aquí presente detrás de los tambores
de cartón enrollado en espiral,
me consumo girando.
La única campana es el tañido de metal ahogado
en la madera de la registradora.

Consumos imperiosos
de signos alucinantes.

Números exactos
destinados a la sutura del intestino
por un especialista de Michigan.
Yo despejo la consigna
de los pequeños papeles
caídos en la calle.
Vagas recetas de salvación
ambulantes por las esquinas.

En el frasco está la calavera.
Las navajas se oxidan
en ácidos lentos.

Todas las sustancias
están vivas en mi piel.
Y reaccionan, huelen, humean.

Agitan digitales prevenciones.
Huellas dactilares
se evaporan en los vidrios.

Las luces llueven sobre el homeópata
en mitad de su fúnebre arcón.
Hermosos ojos de algodón
envueltos en apagados papeles azules.

En alguna parte la nicotina
y el incienso
realizan actos cabales.
Siento que la muerte marca el compás
en el día que no transcurre.

Entre impúdicos
aparatos de ortopedia
y ovarios de cuero,
los vacilantes dedos de caucho
acarician la blusa del herbolario.
Inesperadas ventilaciones circundan
madréporas de esparadrapo.
Nidos de ámbar imbatible
donde cuaja una lágrima.

Salen minerales aturdidos en busca del hombre,
dan locas vueltas por la calle
y vuelven
cansados de vociferaciones y de espantos.

Vagas hilaciones de amaranto.
Persistente anilina.
Orden. Ordenes. ¡Recipe!
Circulación de cantidades inesperadas
en el frío papel con leyendas de escarnio
sobre las becas del Tisiólogo.
En el frasco de alcohol
el feto cambia de hombro.
Espantoso animal de fieltro.

¡Ay! ¡Una luz del alma!
¡Nutrimento de la cantárida!
Arcón del opio y del beleño
Oh hipodermia,
Sobre el hondo brocal
muestra de sangre.