Contenido de Poemas para un libro sin tiempo

 

La eternidad del mar

Hijo del mar, Gustavo Ibarra Merlano (1919), ha adquirido dimensiones míticas como el interlocutor privilegiado que en Cartagena de Indias durante los años de 1948 y 1949 transmitió sus lecturas griegas y su conocimiento de Paul Claudel a sus amigos Héctor Rojas Herazo (1921) y Gabriel García Márquez (1927).

Pero su verdadera razón de ser como poeta sólo se advierte con un libro como Ordalías (1995), donde su ya vieja devoción por la Acrópolis y su sabia costumbre de consultar el oráculo de Delfos no soslayan sino acrecientan su condición de cristiano viejo. Y poeta autoconciente de sus dilemas en el mundo de hoy:

"No es necesario
-ni siquiera conveniente-
que todos los poetas
que lo merezcan
pasen a la historia.
Lo importante
es que la historia
pase a través de ellos".

Su poesía, en apariencia tan desactualizada, tan lejana de los estereotipos de moda, plantea cuestiones esenciales. Por ejemplo, la relación con Dios en esa intensa serie denominada Oficio de tinieblas, de la cual es cabal ejemplo esta obertura:

"Doy gracias a Dios
Por haber permitido
Que yo
Pertenezca a sus rebaños
Por haber tolerado mis orejas / de cerdo
Y el sufrimiento de mis riñones
Por haberme conseguido erigir / hasta el exceso
El lado opuesto de la santidad
Y ejercer el oficio imprevisto / y tenebroso de vivir".

Esa contemplación a la vez compasiva y sarcástica de su propia figura, de su actitud ante esa ausencia, ese silencio de Dios "callado en tu hornacina", se decanta finalmente en esa convicción tan dura como reconfortante y que trae el eco de la frase de León Bloy. "No hay sino una tristeza/ No ser santo". Su voz también tiene algo del T. S. Eliot agonista. El conturbado despojo que esta búsqueda lacerante suscita, cambia de tono al mirarse "en la lámina enigmática del mar". Se respira mejor y el tono reflexivo, de indagación existencial, se abre hacia ese júbilo salutífero que infunde la cercanía del océano. El goce renovado de su repetido milagro:

"El desplazamiento de la ola como
un rey que avanza /
con su manto de armiño
lastrado de esmeraldas
con cetro y corona".

Pero esta movilidad perpetua, el maravilloso parpadeo de sus irisaciones, sigue buscando un ancla: "una sostenida consistencia". Algo que haga de la apariencia ese diamante verbal donde podamos negar, por fin, "con nuestra vida fugitiva / la invencible precariedad".

Pero en todo caso, este poeta singular lo es, ante todo, por sus dotes para captar la luz de lo efímero revelada en un gesto, como en la atinente comprensión de Cristóbal Colón y su voraz sueño de "arenas de oro", o en este autorretrato que nos reconcilia con la batalla que Ibarra ha sostenido, desde siempre, al asumir cómo en ella son inconcebibles esos dos impostores, el triunfo y la derrota:

"Soy un chamán
vestido de tendero
que viaja en la noche
dejando iluminado su negocio.
Por la mañana los parroquianos
miran en mis ojos
lumbres extraviadas"

Así la poesía de Gustavo Ibarra bien puede leerse, como epígrafe, a partir de esta cita que Bertrand Rusell trae en su Historia de la filosofía occidental: " Según los místicos, todos los textos del Corán tenían siete, setenta o setecientas maneras de interpretación; la significación literal sólo era para el hombre ignorante y vulgar".

La luz cuanto más luz menos se advierte

En la nueva secuencia de poemas, Translaciones, su palabra se vuelve más diafana y clara. Más honda de transparentes referencias clásicas.

El mar. como siempre, actúa no sólo como telón de fondo sino de actor principal. Los abismos afloran a la superficie con su cauda de muertos, con sus grises deshechos de tantos naufragios, con las arrugas que el tiempo ha impreso en sus lomos. El mar como llanto adolorido de cuanto sucede en la tierra. Pero la vivacidad de sus metamorfosis sigue reclamando una palabra esencial:

"El mar
ha sido
                 despojado de su idioma
pero conserva
                la gesticulación
Murmuración incesante
                   nunca dice nada
                                      con claridad
pero habla
           en el silencio".

Mar de dolor y muerte, de heces contaminadas. De repente, por la fuerza ascensional de esta poesía, los peces se truecan en aves y el reflejo solar sobre la bruñida lamina del océano incendia todo el ámbito y hace que el risueño parpadeo de su masa inarbarcable se asome a la comedía que sucede en el litoral: La Comedia Humana, allí donde Verlaine, el cantor de la virgen, el amante de Rimbaud, muere entre las putas del sanatorio.

Tal el talento de Ibarra para hacer coexistir todo en un instante privilegiado: aquel donde el poema esencializa lo circunstancial sin hacerle perder el sabor de su sal, y de su palabra caribeña. No es de extrañar, entonces, que este primer ciclo se cierre en un dialogo directo con el Padre, donde el océano refluye sobre su vida interior y la fusión entre naturaleza y espíritu reconcilia los contrarios.

Ya no hay escisión. El hombre, barrido en su interior por el agua redentora confiere sentido a ese cosmos mudo:
"Metidos en ti por siempre / somos tus ahogados". La muerte engendra nueva, resplandesciente vida.

De ahí el tono elegiaco que caracteriza a esta poesía, donde la existencia, en pos de un idioma aun "indiferenciado", nos advierte "que es inútil llorar el bien perdido", como lo dice el último verso del primero de sus memorables sonetos, no por melódicos menos acerados. Para ganar un verso es necesario perderlo todo. Es necesario desaprender lo obtenido y despojarse hasta la desnudez última. Lo dice de modo inolvidable:

"Como vestir la muerte.
Y como de la nada desvestirse.
Y volver a arroparse con lo inerte,
Es a vivir muriendo decidirse.

Nunca lo aprenderás, pero ensayarlo
Es preciso, pues siempre así se vive
La propia muerte. En ella vas metido.

Y como la vida siempre se desvive
Del vivir. Es inútil intentarlo.
No hay nada que aprender. Has aprendido".

Que buen tono y que madura reflexión, donde la agonía se torna enamorada y trasciende su "espina dura" con el vislumbre consolador que sólo la más alta poesía otorga, en delicado consuelo:

"Alguna vez pregunto entre la sombra
Por el duro vivir. Nadie lo nombra.
Ninguno apecha los duelos de la pena.

Pero esta eternidad es tan serena,
Y sosiega mi vida entre la sombra,
Que no parece mía sino ajena".

En la tercera parte, finalmente, esa vida, manojo de miradas ardientes; esa mirada, dotada ya de una claridad que enaltece todos los objetos, y sabe su razón de ser, trátese de una garrafa o de los minerales y plantas con que el herbolario formula sus recetas; o del convivio interior con el amigo, traspasando esa hoguera que no arde, y reconociendo que podrán quitarle todo, "menos tu ausencia / Para estar contigo", cierran, admirablemente, este periplo.

El mar de la nada es ahora la humanidad de este libro que nos conmueve y traspasa con su desvelada confianza en esa criatura, a la vez tan dulce como aterrada. Tan próxima como entrañablemente distante. Esas traslaciones que la poesía establece, al curar la herida por el efecto taumatúrgico de las cantáridas, insecto que es palabra-y palabra que canta. O mediante ese rapto enamorado, que conlleva el perfume de la mejor mística española: "Vamos los dos al Enviado / Sin aire hasta las flores".

Todo ello hace de este libro, como de la obra integra de Gustavo Ibarra Merlano, un logro único dentro de la poesía colombiana. Leerlo es acceder a una dimensión que nos resulta imperiosamente necesaria. La que sólo otorga la poesía más densa y jubilosa. El reverso de lo que Rimbaud predico en Una temporada en el infierno:

"Elle ést retrouvée'.
Quoi.7 L'éternite,
C'est Ia mer mêlée
Au soleil"

Juan Gustavo Cobo Borda