Retrato de Gustavo Ibarra Merlano en Vivir para contarla de Gabriel García Márquez

 



"Yo mismo no sospechaba entonces que muy pronto sería mejor estudiante que nunca en la biblioteca de Gustavo Ibarra Merlano, un amigo nuevo que Zabala y Rojas Herazo me presentaron con un gran entusiasmo. Acababa de regresar de Bogotá con un grado de la Normal Superior y se incorporó de inmediato a las tertulias de El Universal y a las discusiones del amanecer en el paseo de los Mártires. Entre la labia volcánica de Héctor y el escepticismo creador de Zabala, Gustavo me aportó el rigor sistemático que buena falta les hacía a mis ideas improvisadas y dispersas, y a la ligereza de mi corazón. Y todo eso entre una gran ternura y un carácter de hierro.

"Gustavo me aportó el rigor sistemático que buena falta les hacía a mis ideas improvisadas y dispersas..."

Desde el día siguiente me invitó a la casa de sus padres en la playa de Marbella, con el mar inmenso como traspatio, y una biblioteca en un muro de doce metros, nueva y ordenada, donde sólo conservaba los libros que debían leerse para vivir sin remordimientos. Tenía ediciones de los clásicos griegos, latinos y españoles tan bien tratadas que no parecían leídas, pero los márgenes de las páginas estaban garrapateados de notas sabias, algunas en latín. Gustavo las decía también de viva voz, y al decirlas se ruborizaba hasta las raíces del cabello y él mismo trataba de sortearlas con un humor corrosivo.

Un amigo me había dicho de él antes de que lo conociera: «Ese tipo es un cura». Pronto entendí por qué era fácil creerlo, aunque después de conocerlo bien era casi imposible creer que no lo era.

Aquella primera vez hablamos sin parar hasta la madrugada y aprendí que sus lecturas eran largas y variadas, pero sustentadas por el conocimiento a fondo de los intelectuales católicos del momento, de quienes yo no había oído hablar jamás. Sabía todo lo que debía saberse de la poesía, pero en especial de los clásicos griegos y latinos que leía en sus ediciones originales. Tenía juicios bien informados de los amigos comunes y me dio datos valiosos para quererlos más. Me confirmó también la importancia de que conociera a los tres periodistas de Barranquilla —Cepeda, Vargas y Fuenmayor—, de quienes tanto me habían hablado Rojas Herazo y el maestro Zabala. Me llamó la atención que además de tantas virtudes intelectuales y cívicas nadara como un campeón olímpico, con un cuerpo hecho y entrenado para serlo. Lo que más le preocupó de mí fue mi peligroso desdén por los clásicos griegos y latinos, que me parecían aburridos e inútiles, a excepción de la Odisea, que había leído y releído a pedazos varias veces en el liceo. Así que antes de despedirme escogió en la biblioteca un libro empastado en piel y me lo dio con una cierta solemnidad. «Podrás llegar a ser un buen escritor —me dijo—, pero nunca serás muy bueno si no conoces bien a los clásicos griegos.» El libro eran las obras completas de Sófocles. Gustavo fue desde ese instante uno de los seres decisivos en mi vida, porque Edipo rey se me reveló en la primera lectura como la obra perfecta.

Fue una noche histórica para mí, por haber descubierto a Gustavo Ibarra y a Sófocles al mismo tiempo, y porque horas

"Fue una noche histórica para mí, por haber descubierto a Gustavo Ibarra y a Sófocles al mismo tiempo..."

después pude haber muerto de mala muerte en el cuarto de mi novia secreta en El Cisne. Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando un antiguo padrote suyo al que creía muerto desde hacía más de un año, gritando improperios de energúmeno, forzó la puerta del cuarto a patadas. Lo reconocí de inmediato como un buen condiscípulo en la escuela primaria de Aracataca que regresaba embravecido a tomar posesión de su cama. No nos veíamos desde entonces y tuvo el buen gusto de hacerse el desentendido cuando me reconoció en pelotas y embarrado de terror en la cama".

 


 

"Regresé a Cartagena con el aire de alguien que hubiera descubierto el mundo.

Las sobremesas en casa de los Franco Muñera no fueron entonces con poemas del Siglo de Oro y los Veinte poemas de amor de Neruda, sino con párrafos de La señora Dalloway y los delirios de su personaje desgarrado, Septimus Warren Smith.

Me volví otro, ansioso y difícil, hasta el extremo de que a Héctor y al maestro Zabala les parecía un imitador consciente de Álvaro Cepeda. Gustavo Ibarra, con su visión compasiva del corazón caribe, se divirtió con mi relato de la noche en Barranquilla, mientras me daba cucharadas cada vez más cuerdas de poetas griegos, con la expresa y nunca explicada excepción de Eurípides. Me descubrió a Melville: la proeza literaria de Moby Dick, el grandioso sermón sobre Jonas para los balleneros curtidos en todos los mares del mundo bajo la inmensa bóveda construida con costillares de ballenas. Me prestó La casa de los siete tejados, de Nathaniel Hawthorne, que me marcó de por vida.

Intentamos juntos una teoría sobre la fatalidad de la nostálgia en la errancia de Ulises Odiseo, en la que nos perdimos sin salida. Medio siglo después la encontré resuelta en un texto magistral de Milán Kundera.

De aquella misma época fue mi único encuentro con el gran poeta Luis Carlos López, más conocido como el Tuerto, que había inventado una manera cómoda de estar muerto sin morirse, y enterrado sin entierro, y sobre todo sin discursos. Vivía en el centro histórico en una casa histórica de la histórica calle del Tablón, donde nació y murió sin perturbar a nadie. Se veía con muy pocos amigos de siempre, mientras su fama de ser un gran poeta seguía creciendo en vida como sólo crecen las glorias póstumas.

"Me prestó La casa de los siete tejados, de Nathaniel Hawthorne, que me marcó de por vida."

Le llamaban tuerto sin serlo, porque en realidad sólo era estrábico, pero también de una manera distinta, y muy difícil de distinguir. Su hermano, Domingo López Escauriaza, el director de El Universal, tenía siempre la misma respuesta para quienes le preguntaban por él: —Ahí está.

Parecía una evasiva, pero era la única verdad: ahí estaba. Más vivo que cualquier otro, pero también con la ventaja de estarlo sin que se supiera demasiado, dándose cuenta de todo y resuelto a enterrarse por sus propios pies. Se hablaba de él como de una reliquia histórica, y más aún entre quienes no lo habían leído. Tanto, que desde que llegué a Cartagena no traté de verlo, por respeto a sus privilegios de hombre invisible. Entonces tenía sesenta y ocho años, y nadie había puesto en duda que era un poeta grande del idioma en todos los tiempos, aunque no éramos muchos los que sabíamos quién era ni por qué, ni era fácil creerlo por la rara cualidad de su obra.

Zabala, Rojas Herazo, Gustavo Ibarra, todos sabíamos poemas suyos de memoria, y siempre los citábamos sin pensarlo, de manera espontánea y certera, para iluminar nuestras charlas. No era huraño sino tímido. Todavía hoy no recuerdo haber visto un retrato suyo, si lo hubo, sino algunas caricaturas fáciles que se publicaban en su lugar. Creo que a fuerza de no verlo habíamos olvidado que seguía vivo, una noche en que yo estaba terminando mi nota del día y escuché la exclamación ahogada de Zabala: — ¡Carajo, el Tuerto! Levanté la vista de la máquina, y vi el hombre más extraño que había de ver jamás. Mucho más bajo de lo que imaginábamos, con el cabello tan blanco que parecía azul y tan rebelde que parecía prestado. No era tuerto del ojo izquierdo, sino como su apodo lo indicaba mejor: torcido. Vestía como en casa, con pantalón de dril oscuro y una camisa a rayas, la mano derecha a la altura del hombro, y un prendedor de plata con un cigarrillo encendido que no fumaba y cuya ceniza se caía sin sacudirla cuando ya no podía sostenerse sola.

Pasó de largo hasta la oficina de su hermano y salió dos horas después, cuando sólo quedábamos Zabala y yo en la redacción, esperando para saludarlo. Murió unos dos años más tarde, y la conmoción que causó entre sus fieles no fue como si hubiera muerto sino resucitado. Expuesto en el ataúd no parecía tan muerto como cuando estaba vivo.

Por la misma época el escritor español Dámaso Alonso y su esposa, la novelista Eulalia Galvarriato, dictaron dos conferencias en el paraninfo de la universidad. El maestro Zabala, que no gustaba de perturbar la vida ajena, venció por una vez su discreción y les solicitó una audiencia. Lo acompañamos Gustavo Ibarra, Héctor Rojas Herazo y yo, y hubo una química inmediata con ellos. Permanecimos unas cuatro horas en un salón privado del hotel del Caribe intercambiando impresiones de su primer viaje a la América Latina y de nuestros sueños de escritores nuevos. Héctor les llevó un libro de poemas y yo una fotocopia de un cuento publicado en El Espectador. A ambos nos interesó más que todo la franqueza de sus reservas, porque las usaban como confirmaciones sesgadas de sus elogios".

 


 

"Pronto supe que sí: soy esclavo de un rigor perfeccionista que me fuerza a hacer un cálculo previo de la longitud del libro, con un número exacto de páginas para cada capítulo y para el libro en total. Una sola falla notable de estos cálculos me obligaría a reconsiderar todo, porque hasta un error de mecanografía me altera como un error de creación. Pensaba que este método absoluto se debía a un criterio exacerbado de la responsabilidad, pero hoy sé que era un simple terror, puro y físico.

"Un verdadero maestro, que no me dictó una cátedra sobre el libro ni me dijo si le parecía bien o mal, sino que me hizo tomar conciencia de sus valores éticos".

En cambio, desoyendo otra vez a don Ramón Vinyes, le hice llegar a Gustavo Ibarra el borrador completo, aunque todavía sin título, cuando lo di por terminado. Dos días después me invitó a su casa. Lo encontré en un mecedor de bejuco en la terraza del mar, bronceado al sol y relajado en ropa de playa, y me conmovió la ternura con que acariciaba mis páginas mientras me hablaba.

Un verdadero maestro, que no me dictó una cátedra sobre el libro ni me dijo si le parecía bien o mal, sino que me hizo tomar conciencia de sus valores éticos.

Al terminar me observó complacido y concluyó con su sencillez cotidiana: —Esto es el mito de Antígona.
Por mi expresión se dio cuenta de que se me habían ido las luces, y cogió de sus estantes el libro de Sófocles y me leyó lo que quería decir. La situación dramática de mi novela, en efecto, era en esencia la misma de Antígona, condenada a dejar insepulto el cadáver de su hermano Polinices por orden del rey Creonte, tío de ambos. Yo había leído Edipo en Colona en el volumen que el mismo Gustavo me había regalado por los días en que nos conocimos, pero recordaba muy mal el mito de Antígona para reconstruirlo de memoria dentro del drama de la zona bananera, cuyas afinidades emocionales no había advertido hasta entonces. Sentí el alma revuelta por la felicidad y la desilusión.

Aquella noche volví a leer la obra, con una rara mezcla de orgullo por haber coincidido de buena fe con un escritor tan grande y de dolor por la vergüenza pública del plagio. Después de una semana de crisis turbia decidí hacer algunos cambios de fondo que dejaran a salvo mi buena fe, todavía sin darme cuenta de la vanidad sobrehumana de modificar un libro mío para que no pareciera de Sófocles. Al final —resignado— me sentí con el derecho moral de usar una frase suya como un epígrafe reverencial, y así lo hice".