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Secuencia del hijo pródigo

Para Juan Armando Ibarra

Desde largos caminos sin norte.
Entre desheredadas alquerías ,
De vulnerados establos
regreso. ¿Estás aquí, Señor?
Yo te he olvidado.

Tú estás aquí, Señor. Tu permaneces.

El viento arrecia fuera.
Silencio y silicio masco.
Se cansa entre mis llagas el poniente.

Tú estás aquí, Señor. Tú permaneces.

Me voy de tí, Señor. Me voy de tí.
Enamorando el rito de mis pasos,
pongo ceniza en la punta de la lanza.
Acoso de cerca y el corazón ofreces.

Tú estás en mí, Señor. Tú permaneces.

Voy por mis boscajes solitarios.
A espaldas de tí tramo la vida.
Mis manos tengo lejos de tus manos.
Nocturno huerto sin tu luz florece.

Tú estás en mí, Señor. Tú permaneces.

Olvidado de tí, me vuelvo heridas.
Te arrojo de mi sangre y de mis pulsos.
Trizo la cruz y te hago escarnio,
Y el día y la luz sin Tí ya desfallecen.

Tú estás en mí, Señor. Tú permaneces.

Te vendo. Te escupo. Cruzo tu frente
con el dardo enconado. Hiero el costado.
Yo soy la cruz en donde tú padeces.

Tú estás en mí, Señor. Tú permaneces.

Polvoriento de ausencia retorno.
He viajado solo. Hambres. Heces.
Gime la puerta y entro tembloroso.
Piso el umbral y miro dentro, al fondo.

Tu estás en mí, Señor, Tu permaneces.

Traigo el camino en los pies.
El cansado camino de la muerte.
Me detengo pero el tiempo viaja aprisa.
Respiro en olvidados aposentos.
Hundo en ceniza la piedra de mi frente.

Tu estás en mí, Señor. Tu permaneces.

Me hablas pero yo no te contesto.
Fuerzas la puerta y cierro mi" escondite.
Y gritas como ciervo herido, en el relente.
Y yo siembro silencio en tu alarido.

Tú estás aquí, Señor. Tu permaneces.