El anciano y la mar (fragmentos)

Me había acostumbrado a pescar a solas en un bote en la corriente del Golfo. Hoy completaba ochenta y cuatro días sin pesca. En los primeros cuarenta días me acompañó un muchacho. Pero después de tanto tiempo sin atrapar nada, sus padres le dijeron que no había nada que hacer, que me había salado por completo, y le ordenaron cambiarse a una embarcación que atrapó tres buenos peces en la primera semana. El muchacho se entristecía al verme llegar todos los días con el bote vacío, y siempre bajaba a ayudarme a cargar unas veces los carretes de sedal; otras, el gancho, el arpón y la vela enrollada alrededor del mástil. La vela tenía remiendos de costales de harina. Recogida, parecía la bandera de la derrota irremediable.

Siempre me han dicho que soy flaco y huesudo. Tengo profundas arrugas en la nuca. Los reflejos del sol en la mar del trópico me han manchado las mejillas con unos lunares benignos de color marrón que también me salpican hasta bien abajo los costados de la cara. En las manos tengo cicatrices rugosas producidas por la manipulación de cordeles con pesados animales. Pero ninguna es reciente. Son tan antiguas como las erosiones en un terreno desértico.

Siento que todo en mí ha envejecido, salvo los ojos que tienen el mismo color de la mar, y como ella son alegres e imbatibles.

-Santiago -me dijo el muchacho mientras subíamos desde la orilla donde habíamos atracado el bote. -Podría volver contigo. Hemos ganado dinero.

Le había enseñado a pescar, por eso el muchacho me tenía cariño.

-No -le dije. -Estás en un barco con suerte. Quédate allí.

-Pero recuerda cuando estuviste ochenta y siete días sin pesca y después cogimos de los grandes todos los días durante tres semanas.

-Recuerdo -le contesté. -Sé que no me dejaste porque desconfiaras.

-Papá me obligó. Como soy un menor debo obedecerle.

-Lo sé, es completamente normal.

-Tiene poca fe.

-Así es -le dije. -Pero a nosotros nos sobra, ¿verdad?

Sí -contestó el muchacho. -¿Te puedo invitar a una cerveza en La Terraza? Después llevamos los aparejos a la casa.

-¿Por qué no? -le dije -Entre pescadores.

Nos sentamos en La Terraza. Muchos de los pescadores se burlaban de mí, pero no me molestaba. Otros, los más ancianos, me miraban con tristeza. Sin embargo, lo disimulaban cuando me hablaban con cortesía sobre la corriente, las profundidades en las que habían lanzado los sedales, la persistencia del buen clima y sus experiencias del día. Los pescadores que habían tenido suerte hoy ya habían regresado y preparado los marlines. Los habían cargado atravesados sobre dos tablones -dos hombres tambaleándose en el extremo de cada tablón- hasta la pescadería donde aguardarían el camión frigorífico para llevarlos al mercado de la Habana. Los que habían atrapado tiburones ya los habían llevado a la planta procesadora al otro lado de la bahía. Allí los izan con un aparejo de poleas, les extraen el hígado, les cortan las aletas, los despellejan y filetean para salarlos.

Cuando la brisa venía del oriente, un tufo atravesaba el puerto desde la planta procesadora de tiburones. Pero hoy no quedaba sino un leve rastro de la pestilencia porque la brisa había cambiado al norte y dejado de soplar. Estar al sol en La Terraza, era agradable.

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Coloqué los amarres de los remos en los soportes, me incliné hacia adelante apoyándome en el empuje de las palas contra el agua y me puse a remar en la oscuridad para salir del puerto. Había otros botes que se hacían a la mar desde otras playas. Podía escuchar el chapoteo y el impulso de los remos aunque no los pudiera ver ahora que la luna se había ocultado tras los cerros.

A veces se hablaba en los botes. Pero la mayoría iba en silencio, salvo por el chapoteo de los remos. Después de salir de la boca del puerto nos separamos y cada uno se dirigió al lugar del océano donde esperaba hallar pesca. Tenía claro que iría mar afuera. Dejé atrás el olor de la tierra y me alejé remando hacia el límpido aroma del océano en la madrugada. En el agua se veía la fosforescencia de los sargazos a medida que remaba sobre aquella zona del océano conocida por los pescadores como la gran fosa porque hay una abrupta depresión de mil trescientos metros donde se reúnen todo tipo de peces debido a los remolinos que forma la corriente contra las empinadas paredes del lecho del océano. Allí había concentraciones de camarones y peces de anzuelo, y en ocasiones cardúmenes de calamares en las partes más profundas, que por la noche subían hasta el borde de la superficie para servir de alimento a todos los peces errantes.

En la oscuridad se podía sentir la llegada del amanecer. A medida que remaba escuchaba la vibración ruidosa que los peces voladores producían al brotar del agua y el siseo de sus alas rígidas cuando surcaban el aire en la oscuridad. Sentía un afecto especial por los peces voladores, son mis mejores amigos en la mar. Los pájaros siempre me han producido lástima, sobre todo las diminutas y frágiles golondrinas oscuras de mar que siempre están volando y buscando, y casi nunca encuentran. Entonces pensé que la vida de las aves es más azarosa que la nuestra, salvo las de rapiña y las más robustas y macizas. ¿Por qué harían pájaros tan frágiles y delicados como esas golondrinas de mar, si la mar puede ser tan despiadada? La mar es atrayente y muy hermosa; pero puede ser muy cruel y atacar por sorpresa. La contextura de estos pajarillos que vuelan, zambulléndose y cazando, con sus tenues cantos tristes es demasiado frágil para la mar.

Siempre le decía la mar porque la amaba. A veces los que la quieren la insultan, pero siempre se refieren a ella como a una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, de los que usan boyas como flotadores para los sedales y tienen lanchas de motor -adquiridas con la bonanza de los hígados de tiburón- se refieren a ella con un masculino el mar. Para ellos es un contrincante o un lugar, incluso un enemigo. Yo por el contrario, siempre me refiero a ella en femenino, como alguien que da o quita grandes favores, y si comete desafueros o se porta mal es porque no le queda alternativa. La luna la afecta del mismo modo que a las mujeres.

Remar sin parar no representaba ningún esfuerzo mientras mantuviera el ritmo. La superficie del agua estaba tranquila salvo los ocasionales remolinos de la corriente, a la que dejaba realizar un tercio del trabajo. Cuando comenzó a clarear me di cuenta de que ya me había alejado más de lo que esperaba a esa hora del día.

Durante una semana había probado en las fosas más profundas, sin resultados. Hoy iba a ensayar afuera donde estaban los cardúmenes de bonito y albacora. De pronto los acompañaba uno de los grandes.

Antes de que terminara de clarear ya había lanzado las carnadas y dejaba que la corriente me arrastrara. Tenía una carnada a setenta metros. La segunda estaba a ciento treinta y la tercera y la cuarta estaban abajo en el agua azul a ciento ochenta y a doscientos veinte metros. Todas las carnadas colgaban cabeza abajo. La pata del anzuelo atravesaba los peces de carnada, que estaban amarrados y cosidos firmemente. Toda la parte que sobresalía del anzuelo, la curva y la punta, estaba cubierta con sardinas frescas. Todas las sardinas estaban engarzadas por ambos ojos de tal modo que formaban media guirnalda sobre la saliente de acero. No había ni un centímetro del anzuelo que para un gran pez no tuviera un olor delicioso y un sabor exquisito.

El muchacho me había dado dos atunes o albacoras frescos que colgaban como plomadas de los sedales más profundos. En los otros, colgaba una cojinúa grande y un jurel dorado ya usados; pero todavía en buen estado. También tenía las exquisitas sardinas para añadirles sabor y encanto. Todos los sedales, tan gruesos como un lápiz grande, estaban amarrados a unas varas verdes huecas de tal modo que el más leve tirón o el más leve toque a las carnadas las hundiría. Todos tenían dos rollos de setenta metros que se podían amarrar a los otros rollos de reserva, de modo que si era indispensable le podría dar a un pez más de quinientos metros de sedal.
Miré sobre la borda y me di cuenta de que las tres varas se hundían y remé con cuidado para mantener los tres sedales en línea recta a la profundidad adecuada. En aquel momento era pleno día y el sol no demoraría en salir.

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Deslicé el esqueleto por la borda y me fije si veía remolinos en el agua. Pero sólo quedaba la luminosidad de su lenta caída. Luego me di vuelta, coloqué los dos peces voladores dentro de los dos filetes de pescado y volví a colocar el cuchillo en la funda. Me abrí paso con lentitud para regresar a la proa. El peso del sedal atravesado me arqueaba la espalda. Cargué el pescado en la mano derecha.

Al volver a la proa coloqué los dos filetes de pescado afuera sobre los tablones y junto a ellos los peces voladores. Después de eso acomodé el sedal que me atravesaba los hombros en una nueva posición y lo sostuve otra vez con la mano zurda apoyada sobre la borda. Luego me recosté sobre un costado y lavé los peces voladores en el agua, percibiendo la velocidad del agua contra la mano, que ahora estaba fosforescente por haber despellejado el pescado. En los dedos sentía la oposición de la corriente que era menos intensa. A medida que frotaba un costado de la mano contra el entablado del bote salían a flote pedazos de la fosforescencia que eran empujados por la corriente hacia la popa.

-Está fatigado o está descansando -dije. -Ahora me voy a dedicar a comer este dorado, descansar un rato y dormir un poco.

Bajo las estrellas y en la noche cada vez más fría me comí la mitad de uno de los filetes de dorado y uno de los peces voladores, destripado y sin cabeza.

-Qué exquisito pescado es el dorado para comer guisado y qué espantoso crudo -agregué. -Nunca vuelvo a salir en un bote sin sal o limones.

Si no fuera tan descerebrado hubiera salpicado la proa con agua todo el día, al secarse hubiera formado sal. Sin embargo, no atrapé el dorado hasta casi la puesta del sol. De todos modos había sido falta de previsión. Pero lo había masticado bien y no sentía náuseas.

El cielo se estaba nublando hacia el oriente y las estrellas conocidas desaparecieron una tras otra. Ahora parecía como si avanzáramos hacia un gran desfiladero de nubes y la brisa hubiera cesado.

-Dentro de tres o cuatro días habrá mal tiempo -dije. -Pero no esta noche ni mañana. Organízate ahora para que duermas, viejo, mientras el pez está tranquilo y sin alteraciones.

Sostuve el sedal firmemente con la mano derecha, luego empujé el muslo hacia esa mano a medida que dejaba caer todo el peso contra las tablas de la proa. Después crucé el sedal un poco más abajo sobre los hombros y lo sujeté con la mano zurda.

Lo podía sostener con la mano derecha, siempre y cuando tuviera donde apoyarme. Si se soltaba mientras dormía, la mano zurda me despertaría cuando el sedal saliera. Toda la carga quedaba en la mano derecha que estaba acostumbrada a la mortificación. Aunque sólo durmiera veinte minutos o media hora, me sentaría bien.

Me tumbé al piso aferrándome al sedal con todo el cuerpo. Pasé toda la carga a la mano derecha. La luna había salido, el pez jalaba firmemente y el bote avanzaba entre un túnel de nubes. Me dormí.

No soñé con los leones, en cambio soñé con una gran manada de delfines que se extendía diez o quince kilómetros y estaban en la época de celo y saltaban alto en el aire y volvían a caer en el agujero que habían hecho al salir del agua.

Luego soñé que estaba en la cama en el pueblo y había viento del norte y tenía mucho frío. El brazo derecho se me había dormido porque allí apoyaba la cabeza en lugar de almohada.

A partir de entonces comencé a soñar con la extensa playa amarilla, vi que los primeros leones bajaban cuando comenzaba a oscurecer, después llegaron los otros leones y apoyé la barbilla sobre las tablas de la proa. El barco estaba anclado en la brisa de la tierra y esperé a ver si llegaban más leones. Me sentía feliz.

Me despertó la trompada del puño derecho contra la cara y la quemazón del sedal que salía por la mano derecha. No sentía la mano zurda, pero frené todo lo que pude con la mano derecha. El sedal salía a raudales. Cuando por fin la mano zurda lo halló me recosté contra el sedal que ahora me quemaba la espalda. La mano zurda soportó toda la carga y se cortó gravemente. Volteé a mirar los rollos de sedal que se desenrollaban sin tropiezos. En aquel momento el pez saltó causando una gran explosión en el océano y después una pesada caída. Luego saltó una y otra vez y el bote corría veloz aunque el sedal todavía salía con precipitud. Comencé a incrementar la tensión hasta el límite, repetidamente, hasta alcanzar el punto mismo de ruptura. Me había ido de bruces contra la proa. Tenía la cara sobre la posta de dorado y no me podía mover.

Era lo que habíamos estado esperando. Así que ahora debíamos afrontarlo. Debía cobrarle el sedal. Debía hacer que le costara.

No podía ver los saltos del pez, sólo oía el estallido del océano y el pesado chapoteo de la caída. La velocidad del sedal me estaba cortando seriamente las manos, pero siempre había sabido que eso ocurriría. Trataba de mantener las cortadas en las partes callosas y evitar que el sedal se resbalara dentro de la palma o que me cortara los dedos.

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-Ven, pez -le dije.

Pero el pescado no vino. En cambio, se quedó allí meciéndose en la mar. Me acerqué con el bote.

Cuando estábamos lado a lado arrimé la cabeza del pescado a la proa y me percaté de su increíble tamaño.

Desaté del poste la cuerda del arpón, la atravesé por las agallas y la saqué por las mandíbulas, le di una vuelta a la espada y luego atravesé la cuerda por la otra agalla, le di otra vuelta alrededor de la espada, anudé la cuerda doble y la amarré al poste de la proa. Corté la cuerda y fui a la popa para colocar el nudo corredizo en la cola. El pescado había cambiado su plateado y morado inicial por plateado solamente, y las franjas dejaban ver el mismo color violeta pálido de la cola. Eran más anchas que una palma de mano abierta y los ojos del pescado parecían tan ausentes como los espejos de un periscopio o las imágenes de una procesión.

-Fue la única forma de matarlo -dije.

Me sentía mejor desde que había tomado agua y sabía que no iba a morir y que seguía lúcido. Así como está pesa más de setecientos cincuenta kilos. A lo mejor mucho más. Si después de limpiarlo quedan dos tercios a sesenta centavos el kilo...

-Para eso necesito un lápiz -dije. -No estoy tan lúcido. Pero creo que el gran DiMaggio hoy se hubiera sentido orgulloso de mí. Aunque no tenía espuelas de hueso, las manos y la espalda me dolían de verdad.
Me preguntaba qué era una espuela de hueso. Tal vez teníamos alguna sin saberlo.

Amarré el pescado a la proa, la popa y al asiento central. Era tan monumental que fue como amarrar un bote mucho más grande al costado. Corté un trozo de sedal y amarré la mandíbula inferior del pescado a la espada para que la boca no se abriera y pudiéramos navegar con la mayor libertad posible. Luego puse a punto el mástil -con un pedazo de palo que me servía de gancho, y la botavara aparejada-, la vela parchada empujó y el bote comenzó a deslizarse. Me medio acosté en la popa y pusimos rumbo al sureste.

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El tiburón no llegó por casualidad. De seguro venía desde el fondo de las profundidades de la mar después de que la oscura nube de sangre se asentó y se dispersó en las aguas de kilómetro y medio de profundidad.

Emergió con tal precipitud y sin la más mínima precaución que rasgó la superficie del agua azul y quedó expuesto al sol. Luego se hundió de nuevo en la mar, buscó el rastro y comenzó a nadar en la dirección en que avanzábamos el pescado y el bote.

Es probable que a veces perdiera el rastro. Pero lo recuperaba, aunque sólo seguía un leve rastro, y nadaba velozmente y con intensidad manteniendo el rumbo. Era un tiburón mako descomunal diseñado para nadar tan rápido como el más rápido de los peces de la mar. Todo en él era hermoso salvo las mandíbulas. Su lomo era tan azul como el de un pez espada y su panza era plateada y su cuero liso y elegante. Su contextura era como la del pez espada con excepción de las enormes mandíbulas totalmente cerradas cuando nadaba velozmente casi a ras de superficie. La prominente aleta dorsal apuñalaba el agua sin titubeos. En el interior cerrado de la jeta doble de las mandíbulas, la totalidad de las ocho hileras de dientes se doblaban hacia dentro. No eran los dientes piramidales ordinarios de la mayoría de los tiburones. Tenían la forma de los dedos de un hombre cuando se engarrotan. Eran casi del tamaño de mis dedos y con bordes en ambos lados tan afilados como navajas. Es un pez diseñado para comerse a todos los otros peces de la mar que por rápidos, fuertes y bien armados no tienen más enemigos. Seguro que apenas sintió la sangre fresca aceleró y su aleta dorsal rasgó el agua.

Cuando vi que se aproximaba supe que era de los tiburones que no temen nada y hacen lo que se les viene en gana. Dispuse el arpón y amarré la cuerda mientras veía que se aproximaba. La cuerda era corta porque le faltaba la parte que había cortado para amarrar el pescado.

Estaba lúcido, en buena forma y completamente determinado pero sin ninguna esperanza. Había sido demasiado bueno para que durara. Le eché una última mirada al pescado entero mientras el tiburón se aproximaba. Daba lo mismo que hubiera sido un sueño. No podía evitar el ataque, pero tal vez podría acabar con el atacante. Le deseé mala suerte a la madre del dentuso.

El tiburón se acercó velozmente por la popa y lo embistió. Vi la boca abierta y los ojos ajenos y el tijeretazo de los dientes a medida que se enterraban en la carne justo encima de la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y el lomo comenzaba a sobresalir. Pude escuchar el desgarrón del pellejo y la carne del pez en el momento en que descargaba el arpón sobre la cabeza del tiburón donde la línea que une los ojos se cruza con la que sale hacia atrás desde el hocico. Tales líneas no existían. Solo existía la pesada cabeza azul y puntiaguda y los ojos enormes y el tabletazo y el empuje de unas mandíbulas que devoraban todo. Pero allí se ubicaba el cerebro y allí descargué el golpe. Le di con las manos ensangrentadas y vueltas una miseria, enterrando el buen arpón con todas las fuerzas. Lo castigué sin esperanza pero con determinación y total perversidad.

El tiburón giró panza arriba y vi que sus ojos estaban muertos y luego giró boca abajo otra vez, enrollando dos vueltas de la cuerda. Sabía que estaba muerto, pero el tiburón no lo aceptaría. Luego, azotando la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón abrió con el lomo un surco en el agua como si fuera una lancha voladora. El agua se puso blanca allí donde la cola golpeó, tres cuartas partes del cuerpo sobresalían cuando la cuerda se puso tirante, vibró y luego se rompió. Me quedé mirando por un momento el tiburón inmóvil en la superficie. Luego se hundió muy despacio.

-Se llevó por lo menos veinte kilos -dije.

También se había llevado el arpón y toda la cuerda. Ahora el pescado había vuelto a sangrar y vendrían más tiburones.

No me complacía mirar al pescado ahora que lo habían mutilado. Fue como si el ataque hubiera sido contra mí.
Pero maté al tiburón que lo embistió. Era el dentuso más descomunal que nunca había visto. Y sabe Dios que los he visto enormes.

Había sido demasiado bueno para que durara. Ojalá hubiera sido un sueño y nunca hubiera pescado al pez y estuviera solo en la cama sobre los periódicos.

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No me quería imaginar la parte de abajo del pescado mutilado. Sabía que todos los tironazos del tiburón significaban trozos de carne arrancada y que ahora el pescado dejaba para todos los tiburones un rastro en el océano tan ancho como una autopista.

Con un pescado como éste una persona podría calmar el hambre por mucho tiempo. No debía pensar en eso. Debía simplemente descansar y tratar de conservar las manos en forma para defender lo que quedaba. Con tantos aromas en el agua, el olor de sangre en mis manos ahora no importaba. Además no sangraban mucho. Ninguno de los cortes era grave. Era probable que el sangrado evitara que la mano zurda se encalambrara.
¿En qué podía pensar ahora? En nada. No debía pensar en nada y esperar a los próximos tiburones. De veras deseaba que hubiera sido un sueño. ¿Pero, quién sabe? A lo mejor había resultado bien.

El próximo tiburón era un cabeza de batea solitario. Llegó como un cerdo al comedero, si los cerdos tuvieran una boca tan grande que les cupiera una cabeza humana. Dejé que atacara al pescado y luego le enterré en el cerebro el cuchillo del remo. Pero el tiburón dio un tirón hacia atrás al revolcarse y la hoja del cuchillo se partió en dos.

Entonces me acomodé a maniobrar el timón. Ni siquiera vi cuando el enorme tiburón se hundía con lentitud en el agua, primero de tamaño natural, después pequeño, después minúsculo. Eso siempre me había cautivado. Pero ahora ni siquiera lo miraba.

-Todavía me queda el gancho -dije. -Aunque sea inútil. Tengo los dos remos y el timón y el garrote corto.

Pensaba que ya me habían derrotado. Estaba muy viejo para matar un tiburón a garrotazos. Pero lo iba a intentar mientras tuviera los remos, el garrote corto y el timón.

Coloqué las manos en el agua para remojarlas. La tarde avanzaba y no se veía más que cielo y mar. La brisa del cielo había aumentado, y tenía la esperanza de que en cualquier momento pudiera divisar tierra.

-Estás cansado, viejo -dije. -Estás cansado por dentro.

El ataque de los tiburones no se reinició hasta que comenzó la puesta de sol.

Vi las aletas pardas que venían a lo largo del ancho rastro que el pescado dejaba en el agua. Ya ni siquiera zigzagueaban para seguirlo. Venían directo hacia el bote nadando lado a lado.

Trabé él timón, amarré la escota y alcancé el garrote que estaba bajo la popa. Era un cabo aserrado de un remo roto de aproximadamente tres cuartos de metro de largo. Sólo lo podía usar eficazmente con una mano debido al corto agarre del mango, así que lo empuñé bien con la mano derecha, doblándola, a medida que veía venir los tiburones. Todos eran galanos.

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El muchacho le dio las gracias y trajo la lata de café caliente hasta la cabaña y se sentó a esperar a que me despertara. En una ocasión le pareció que me estaba despertando. Pero había vuelto a caer en un sueño profundo. Entonces había atravesado la calle para pedir un poco de leña para calentar el café. Al regresar, cuando por fin me desperté me dijo:

-No te sientes. Bebe esto.

Y me sirvió un poco de café en un vaso. Lo tomé y lo bebí.

-Me derrotaron, Manolín - le dije. -De verdad, me derrotaron.

-No te derrotó. No el pez.

-No. De verdad. Fue después.

-Perico está cuidando el bote y los aparejos. ¿Qué quieres que hagamos con la cabeza?

-Dásela a Perico para que la taje para trampas de peces.

-¿Y la espada?

-Si quieres te la puedes quedar.

-La quiero -me contestó. -Ahora debemos hacer planes para otras cosas.

-¿Me buscaron?

-Por supuesto. Con guardacostas y aviones.

-El mar es muy extenso y el bote es muy pequeño y casi no se ve.
Me daba cuenta de lo agradable que era tener alguien con quien charlar en lugar de hablar solo o a la mar.

-Te extrañé -me dijo.

-¿Qué pescaste?

-Uno el primer día. Uno el segundo y dos el tercero.

-Muy bien.

-Ahora pescaremos juntos de nuevo.

-No. No tengo suerte. Se me acabó la suerte.

-Al carajo con la suerte -me dijo el muchacho. -Yo traeré la suerte.

-¿Qué dirá tu familia?

-No me importa. Ayer pesqué dos. Pero ahora pescaremos juntos porque todavía tengo mucho que aprender.

-Tenemos que conseguir una lanza para matar y mantenerla siempre a bordo. La hoja se puede hacer con el resorte de un ford viejo. La podemos pulir en Guanabacoa. Debe ser afilada y no templada porque se quiebra. El cuchillo se rompió.

-Voy a conseguir otro cuchillo y hacer que afilen el resorte. ¿Cuántos días de brisa fuerte vamos a tener?

-Tal vez tres, tal vez más.

-Voy a arreglar todo- dijo el muchacho. -Debes cuidarte las manos, viejo.

-Sé cómo cuidarlas. En la noche escupí algo raro y sentí que en el pecho se me dañó algo.

-Cuídate de eso también -me contestó el muchacho. -Acuéstate, viejo. Te voy a traer la camisa limpia y algo de comer.

-Trae algún periódico de los días que estuve afuera.

-Debes aliviarte pronto porque todavía tengo mucho que aprender y tú me puedes enseñar todo. ¿Sufriste mucho?

-Cantidades.

-Voy a traer la comida y los periódicos -dijo el muchacho. -Descansa bien, viejo. Voy a la farmacia a traer medicinas para tus manos.

-No olvides decirle a Perico que le regalo la cabeza.

-No lo olvidaré.

Cuando el muchacho cruzó la puerta y bajó el camino de guijarros de coral gastado, volvió a llorar.

Después supe que esa tarde había un grupo de turistas en La Terraza y que una mujer que miraba hacia abajo vio en el agua entre las latas de cerveza vacías y las barracudas muertas el largo espinazo blanco con la cola enorme en el extremo que se agitaba con la marea cuando la brisa de oriente soplaba y levantaba el oleaje en la entrada del puerto.

Le había preguntado a un mesero que qué era eso señalando el largo espinazo del gran pescado que ahora no era más que basura esperando que la marea se lo llevara.

-Un tiburón -había contestado el mesero. -Eshark. -agregó para que entendieran lo que había sucedido.

-No sabía que los tiburones tuvieran colas tan hermosas y bien formadas -había contestado la mujer.

-Yo tampoco -había dicho su acompañante.

En ese momento, en la cabaña en lo alto del camino me había vuelto a dormir boca abajo -el muchacho sentado a mi lado- y soñaba con los leones.