Poética del fuego

Y yo me digo:¡calma!: el trazo
firme, el orden bien dispuesto,
las horas de oficina
y el pulso regular del buen
amanuense, la nómina discreta
—constreñida, sucinta, reticente—
del probo funcionario

pero el fuego, de pronto, prende
unas ramas secas porque un viento,
un aliento, despierta la colilla
que olvidó la memoria,
y se va propagando con la celeridad
de la maledicencia, y se extiende
en mi tierra como mancha de aceite,
y crece por los troncos hasta las copas
altas de la imaginación
y de una a otra salta
—rampante y poderoso—
para acabar lamiendo los cimientos
del cielo.

Es una voz que clama,
un grito que susurra, un acento
que entona su himno incontenible
si no perfecto, vivo,
con el solo rigor de su interno poder
que se abrasa en las cosas
y las vence a su abrazo
o posee los cuerpos
que a su verbo se rinden.

Quise ordenar la casa minuciosa
y tranquila, laboriosa y tenaz,
sujeta a disciplina de canon y armonía
—cada mueble en su puesto,
casa loza en su sitio—

pero su viento entró, violó
las ventanas con la urgencia
del gozo, trepó por las conrtinas,
avergonzó las lámparas
(tan medidas de luz),
arrasó la despensa de las economías,
el granero prudente de nuestras previsiones,
la doméstica hucha para tiempos difícilies

y escribió lo que quiso

dejando esta ceniza
sobre la que ahora trazo
miniados tatuajes de paciencia
y dibujo, al final, mi nombre con el dedo.

©Amparo Amorós

Poética del fuego