Urgencia de la poesía

para Myriam Moscona

I. La poesía es una apuesta contra la vida, en favor de la vida. Quien se atreve a servirla, acepta existir al filo del tiempo y verse expuesto a caídas y eleva­ciones, a tempestades y sequías. Al vislumbrar la meta postergada, el buscador exhausto se descubre al principio del viaje. Su solo privilegio, su ardiente consuelo, se halla en la posibilidad de comenzar de nuevo.

II. La poesía es el tren de los ausentes. Sin horario fijo, invade los andenes o aparece, imprevista, en mi­tad del desierto. Arranca nuestras raíces para volver­nos parte de su vértigo, en escasas ocasiones como pasajero de primera: la mayor parte de las veces nos obliga a viajar entre sus ruedas. A cambio nos conce­de la alegría y la libertad heroica de los vagos. Confie­sa Eduardo Hurtado: "Aquí estoy. Tengo mi oficio. Jefe de la estación, sin silbato y sin horario fijo, con corridas continuas al pavor del desierto".

III. La poesía es un yo que es un nosotros. Al mis­mo tiempo, su primera persona del plural encarna en una singularidad que a todos nos concilia. Ti­gre en la casa, último jardín, alianza de los reinos, oscura coincidencia, la poesía se nutre de las más altas caídas. Superior a la feria de vanidades, se en­cuentra por encima de combates de nuestro peque­ño género humano. Barco que parece naufragar de­bido a nuestra imprudencia y nuestras ansias, tarde o temprano rescata a sus verdaderos iniciados. Fue­go de pobres, ciudad de la memoria, libertad bajo palabra, la poesía es salvación para el náufrago que no ha visto el mar.

IV. Cuando el hombre halló que las palabras de su tribu podían alcanzar mayor intensidad que la dic­tada por la utilidad práctica, nació el trabajo del poeta. Cambian estilos y modos de expresión: per­manece la lucha del poeta contra el leviatán que lo acosa y lo seduce.

V. "Los imbéciles han renunciado al poder. Yo me confieso imbécil", escribe Rodolfo Hinostroza para tender un puente entre la rebelión de Propercio y nuestra modernidad. Ahora, como entonces, el tra­bajo del poeta es sustancialmente el mismo: liberar a otros a partir del conocimiento de la cárcel propia.

VI. La misión del poeta es defender la poesía. Para cumplir semejante tarea, es preciso estar convenci­do de lo que estamos dispuestos a sacrificar para ser parte de la milicia que toma las palabras para tem­plarlas en la llama más intransigente.

VII. A la pregunta humillante y repetida "¿Se puede vivir de la poesía?", el poeta debe contestar que no sólo se puede vivir de la poesía, sino que la obligación del poeta es vivir de ella. Una vez viviendo por ella y para ella, sus contados temporales bastan para aliviar la sed de toda la vida, incluidas aquellas esta­ciones cuando la aridez parece condenarnos a la in­felicidad absoluta.

VII. La poesía es una cortesana de lujo, enamorada como quinceañera: elige, entre quienes la pretenden, la hora y el sitio para hacernos suyos. Sus caricias magistrales, sus artes más ocultas, las revela en la medida en que nos ve dispuestos a defenderla y sos­tenerla. Si no le mostramos frutos convincentes, se marcha con el que más le ofrece.

IX. La defensa de la poesía comienza con la defensa que el poeta hace de sí: de ahí que comience con la exploración del terreno más próximo a su carne. "Contra mí mismo peleo, defiéndame Dios de mí", descubre en el Siglo de Oro Cristóbal de Castilleja, mientras otro poeta es tocado de muerte al pie de la ventana de su Dueña y uno más regresa —envejeci­do y pobre— a su nativa Córdoba.

X. La poesía nace del trabajo del corazón. El cora­zón que pone para el triunfo el boxeador de barrio;

el corazón que lleva al corredor de fondo a cubrir la distancia cuando el cuerpo se niega a responderle. "Pienso en el poeta como un hombre de proezas, igual que un atleta", escribió Robert Frost.

XI. El buen arte es gran arte, y la verdadera poesía consuma el milagro de hacernos más grandes que nuestras pequeñeces. Luis Miguel Aguilar se mira en el retrato de Cesare Pavese y descubre: "Sólo hay un modo de hacer algo en la vida: consiste en ser superior a lo que haces."

XII. Obligación del poeta es entrenar. Vivir es es­cribir con todo el cuerpo y no es posible amar con la mitad del corazón ni besar sin perderse en el abis­mo. El verdadero poeta actúa de la misma forma con plaza llena o a solas frente al toro de la muerte.

XIII. Mirar por la ventana no es un poema, aunque mirar por la ventana sea una aproximación a la poe­sía. Mirar por la ventana y descubrir el sentido de mirar por la ventana es un principio poético, pero no es la poesía. La poesía es mirar por la ventana y convencer a otros de que la poesía es mirar por la ventana.

XIV. No escribas para consolar, instruir o modifi­car. Si eres fiel a esa exigencia, consolarás, instruirás y modificarás. Escribe para nadie. Sólo así estarás escribiendo para alguien.

XV. Poesía y adolescencia son sinónimas y el poeta no abandona del todo la violencia desconcertada de los años verdes: a mayor carencia, mayor ham­bre de vida. Los primeros poemas del muchacho que fui hablaban sobre la noche y la lluvia, la soledad y la calle. Cuando el hombre de ahora intenta seguir aquellos pasos, descubre que, en esencia, sus temas no han cambiado. Con la alegría y la frustración que las horas de vuelo nos otorgan, sigo aprendien­do de aquel adolescente que todo lo sentía y nada comprendía. A él quiero decirle que si he continua­do equivocándome, jamás he dejado de atreverme. Me invaden las mismas inseguridades y ahora, como entonces, sé que escribir es una tarea infeliz y pos­tergada, un trabajo imposible y absurdo, que pone constantemente a prueba vanidad y resistencia.

XVI. Sólo en el amor y sus demandas existe una intensidad semejante a la surgida cuando un hom­bre enfrenta las palabras de la tribu. Únicamente el amor y sus diáfanas prisiones equivalen a la libertad proporcionada por el correr de la pluma en el pa­pel, a la traducción del mundo lograda merced al esfuerzo y el milagro.

XVII. No hay poeta feliz, pero el poeta es el más feliz de los mortales. Ni el poema perfecto podrá pagar a la poesía la extraña, insustituible, inexplica­ble forma de la felicidad que significa ser traspasado por el rayo y rendir testimonio de esa muerte.

© Vicente Quirarte