LA TRADUCCIÓN SEMI INDIRECTA COMO UN VIAJE INTERTEXTUAL POR LA RUTA DE LA SEDA: HACIA UNA VERSIÓN DE SARADA KINENBI (Contenido)


 

II. COMENTARIOS SOBRE SARADA KINENBI

Esta sección se basa en Winters (1989a, 1989b), strong (1991), Stamm (1988) y Ueda (1996)

Es un libro que hechiza. Nos lleva en un viaje de descubrimiento -y para muchos, de redescubrimiento- de la percepción de los momentos de la cotidianidad que descuidamos, pero no porque no sean preciosos; sino porque el manoseo diario los ha ocultado. Su redescubrimiento nos deja una sensación de frescura y alegría sin par. Su mérito recae en la forma de acercarse a lo ordinario, sin el menor asomo de duda y con plena franqueza, y en la capacidad sagaz de llegar al fondo de los objetos o las acciones más simples: la familia, los amigos, las labores domésticas, el trabajo, la vacilación leve de un amante, la observación que no viene al caso de un amigo, y especialmente los amores y su fatiga, que constituyen la figura central de los poemas, o secuencia de estampitas maravillosas que componen Bodas de ensalada. Y aunque a primera vista pueda parecer que los poemas se concentran en acontecimientos triviales, lo que va emergiendo gradualmente es un retrato agudo y penetrante de la vida y los amores modernos. El interés que suscitó el libro no es accidental. "La ensalada" aborda los temas a rajatabla. El mensaje de Tawara es universal; sus anhelos son los nuestros. En Bodas de ensalada ha confeccionado una pequeña joya -para regalar o atesorar- engastada con momentos de exquisita belleza, mordacidad, verdad y discernimiento.

RENOVACIÓN DE LA TANKA
Lo más sorprendente es que el libro sacudió los cimientos de la literatura tradicional japonesa para levantar sobre el revolcón un leve libro de poemas que cambió la historia de la tanka para siempre. Aunque los poemas se ciñen al ritmo básico de 5-7-5-7-7 onjis; se sacuden del yugo de 1300 años de historia. En el Japón todavía prevalecía la idea de que los poetas que escribían tanka debían emplear una dicción poética especial y anticuada, y que ciertas imágenes -la flor del cerezo- o las formas de pensar y el sentimiento -el anhelo de un amor perdido- constituían sus principales medios expresivos. Como la tanka se había ocupado tradicionalmente de temas preestablecidos terminó convirtiéndose en pasada de moda y convencional; dificultad que fue agravada por el uso continuo de un idioma "literario" anticuado que las hacían difíciles de entender y las mantenían alejadas de la experiencia diaria. Tawara, virtualmente sin ayuda de nadie, le dio una imagen nueva, y la entregó renovada a los lectores. Sarada Kinenbi fue la culminación de cuatro años de intensa escritura, durante los cuales -dice su mentor, el poeta Yukitsuna Sasaki- pareciera que Tawara hubiera descubierto y revelado su música interior.

Por supuesto que los intentos de renovación de la tanka no eran algo nuevo. Los poetas que trataron de revitalizarla evitando fórmulas clásicas, a menudo lograban modernizarla a expensas del ritmo y la gracia. Entonces, ¿qué es lo que hace que la obra de Tawara sobresalga? La respuesta se encuentra, en parte, en su habilidad para entremezclar fragmentos de lenguaje coloquial en el patrón rítmico de la tanka. Así logró que sus lectores redescubrieran y se percataran de la música y la poesía que subyace al habla cotidiana. Sus poemas poseen una franqueza y una naturalidad muy simples e innovadores. Parte de su logro recae en la habilidad para usar un idioma fresco y contemporáneo -incorporando con destreza pedacitos de conversación natural, palabras prestadas del inglés como "fotógrafo," y los iconos modernos como McDonald- sin sacrificar las virtudes tradicionales de la tanka. Una ventaja adicional es que no es necesario un esfuerzo especial para comprenderlas. Carecen por completo de las imitaciones o las paráfrasis a las que tanto se ciñe la tanka clásica, y al tiempo mantienen su poder rítmico y evocador. El uso de lenguaje casual y cotidiano es un evidente punto de ruptura con el pasado.

Pero Tawara no se limita exclusivamente a la lengua vernácula; emplea una amplia gama del idioma japonés, que incluye palabras clásicas como varias "palabras eje" y alusiones a poemas clásicos. El idioma que emplea no es exclusivamente el de los jóvenes sino una mezcla culta y sofisticada de lo antiguo y lo moderno, con énfasis en lo nuevo. Machi Tawara es indiscutiblemente experta en llenar los viejos moldes de la tanka con la arcilla renovadora del lenguaje de su generación.

IMAGEN FRESCA, IMAGEN DE ENSALADA
¿Qué había en su poesía que llegó tanto al público japonés? Una respuesta parece ser el tono alegre y descomplicado -perfectamente adecuado para la imagen de "ensalada" fresca y crujiente-; las emociones genuinas y muy sentidas, pero nunca amargas o abrumadoras. La tristeza de acabar con una relación se equilibra con el alivio que produce una decisión oportuna y definitiva:
Machi parece estar un poco aislada de las emociones, y nunca se pierde en ellas; siempre está observándose a sí misma y a los que la rodean con una mirada fresca y serenamente objetiva.

Aunque el amor o la falta de amor constituye el foco principal de la poesía de Tawara, también escribe sobre el hogar y la familia; la vida en la gran ciudad; de sus experiencias impartiendo enseñanza; de música y cocina y béisbol y el mar; de los viajes a China; de insólitos momentos de conciencia repentina o caprichosa, de premonición o sorpresa. Como en el poema que le da título al libro, encuentra belleza en las cosas comunes de una vida en que cada instante se vive plenamente. Bodas de ensalada mira el mundo a través de los ojos de una mujer desventurada y cómicamente enamorada. En su mundo, las coles se mueren de risa en un atardecer sombrío, en plena noche las arvejas imploran susurrando que las dejen salir de las latas; los amantes van y vienen. Bien sea a solas o en el teléfono, o rompiendo cáscara de huevo en fragmentos cada vez más pequeños, el amor bate su tamborcito triunfal.

El empleo de vocabulario poco convencional para los estándares de la tanka generó una controversia entre los defensores de la licencia poética y los puristas que deploraban lo que consideraban una disminución de los estándares. No hay duda alguna de que la inclusión de este tipo de vocabulario le da a los poemas una cercanía y una pertinencia incomparables. Los temas que la autora toca abarcan todas las emociones y preocupaciones de las personas de todas las edades: la inseguridad, la búsqueda de la felicidad, los altibajos de los amores y la soledad. Es poesía con tono universal.

La mayor parte de las imágenes en los poemas son tan familiares para los japoneses como para los extranjeros; frisbees, Coca-Cola, béisbol, McDonald's, cepillos de dientes y jazz. Es sorprendente que muy poco en el conjunto sea abiertamente japonés o pueda producir en los lectores extranjeros una sensación de exotismo, excepto quizá por algunos de los poemas del viaje a China. Hay ciertamente un trasfondo que es típicamente japonés, pero el mundo que crea Tawara es un mundo en el que con seguridad los lectores occidentales se sienten a gusto.

Las frutas comunes (limones, toronjas, naranjas y cerezas) y un surtido asombroso de verduras (tomates, apio, cebollas, espárragos, coles, arvejas, perejil, rábanos y coliflor) también figuran en los poemas. El protagonismo de frutas y verduras se enlaza con la imagen de la ensalada. Este término, que se basa en el título del libro, se puede aplicar con propiedad al resto del conjunto. Las tankas de Tawara son ligeras y digeribles como la lechuga fresca.

VAIVENES DEL CORAZÓN (STRONG, 1991)
La autora se queja de que la atención se ha centrado en la utilización de vocabulario altamente contemporáneo pero que ésta no es la principal característica de su poesía. Aunque ciertamente podría ser la poetiza de la nueva generación, lo que realmente trata de capturar no es la jerga de los jóvenes sino esas epifanías menores de la vida moderna que ha denominado "vaivenes del corazón" (kokoro no yure). El lector experimenta una pequeña pero placentera dosis de lo que Edmund Wilson en un contexto diferente llamó una "descarga de identificación". Esto ocurre cada vez que la autora logra aislar un vaivén del corazón que parece corresponderse con alguna experiencia íntima del lector. Gran parte del gozo reside en la pequeña escala de ambos: la emoción y su momento. Porque el kokoro no yure de Tawara corresponde (o así lo siente el lector) con uno suyo, el lector puede leer su poesía con gusto. La satisfacción estética es similar a la de leer un haiku: el goce del breve momento rescatado del flujo de la vida ordinaria. Su poesía es más exitosa cuando la experiencia del lector es más cercana a la del poeta, de este modo se asegura de que las breves oscilaciones del corazón ocurran con frecuencia.

Al cerrar herméticamente el momento poético dentro de la esfera de sus emociones es capaz, en una mayor escala, de moldear las secuencias cuasi narrativas que sugieren el curso de un amor a través de las etapas diversas de felicidad y dolor, y al mismo tiempo de liberarse de la imposición exterior de cualquier contexto biográfico. Los personajes en los poemas de Tawara son anónimos y dejan los poemas abiertos a una multiplicidad de lecturas posibles. En último término, el atractivo de sus poemas yace en su universalidad, en nuestro reconocimiento cuando los leemos. "¡Sí, eso es preciso!" o "también lo he sentido ". De eso se tratan los "vaivenes del corazón"; y es claro que ha tenido éxito por las resonancias que ha suscitado en el corazón de los lectores.

ESTRUCTURA
Otra característica distintiva del libro es su estructura. La colección está dividida en 15 secciones, cada una con título que constituye una unidad o ciclo. El primer ciclo "Una mañana de agosto", describe el inicio, auge y fin de un relación amorosa. Cada estrofa cobra dimensiones adicionales de significado de acuerdo con su posición en el ciclo, de este modo Tawara sobrepasa las limitaciones de las 33 onjis de la tanka, de un modo magistral. El desenlace de la aventura amorosa en "Una mañana de Agosto" es exquisitamente retratado en una serie de estrofas en las que detalla los cambios sutiles en el comportamiento y el entendimiento mutuo que conducen inevitablemente hasta el fin. Los amores serpentean hacia su declive lentamente, sin melodrama o histeria, dejando tras de sí una resignación calmada y hasta un ambiguo sentido de alivio.

Nos sentamos: la espalda
contra el muro soleado, una pierna
al lado de la otra.
Ten en cuenta la forma
en que trazamos líneas paralelas.

En sí misma, esta estrofa podría ser la celebración de un momento especial de cercanía y satisfacción entre dos amigos o amantes; por otro lado, el hecho de que las piernas de las dos personas no se toquen, podría indicar que algo está fallando. La posición de esta estrofa en el inicio del ciclo; sin embargo, indica que corresponde a la emoción cuando el amor comienza. Los amantes están juntos, uno al lado del otro, completamente conscientes, pero aún no se tocan. Este ejemplo pone de relieve lo importante de tener en cuenta no sólo los poemas que preceden y siguen a una estrofa, sino la posición que ocupan en el ciclo completo, y así poder saborear todos los matices de significado; claro está, que cada poema también se puede leer y disfrutar aisladamente. El final del amor es aceptado, en este ciclo de tankas, como algo inevitable, con simple tristeza. La protagonista es incluso capaz de contemplar el cambio con un cierto alivio que al final es apropiado, porque no ha perdido el control: lo deja, y no a la inversa, y se marcha sin una gran carga de pesares o reproches.

RETRATO DE MUJER
Millones de mujeres japonesas parecen haberse identificado con el retrato de la mujer que surge en esta poesía, un retrato que no podría calificarse como intensamente feminista. Mientras algunos poemas muestran a una mujer asumiendo el control de su vida, los otros le asignan un papel mucho más pasivo. La describen en el acto de la espera; bien sea en una visita, una llamada telefónica, una carta o algo intangible y desconocido. Es más, algunas veces el papel de la mujer no sólo parece pasivo sino que, -y sin ningún escrúpulo- es subordinado. Aún así, no siente ningún malestar frente a la espera. El matrimonio y la maternidad son vistos como acontecimientos naturales y apropiados en la vida de una mujer.

Es la historia de una mujer que se siente cómoda en su feminidad, con tendencia enamorarse y que no le teme a permitirse el gusto de la fantasía de ser una concubina imperial, o aun la Campanita de Peter Pan. Al mismo tiempo, no se obsesiona por tener amores y no le afecta en gran medida la opinión que la sociedad tenga de ella. A menudo está sola, pero la soledad no la abruma. Capaz de mirarse en retrospectiva -y a su amante-- y con objetividad, nunca se deja abrumar por las emociones. Lejos de exigir compromisos de largo plazo a los hombres de su vida, tiende a evitarlos, prefiere disfrutar cada instante.

Sarada kinenbi parece encarnar ideales de madurez de Oriente y Occidente. En términos de las feministas Occidentales, bosqueja una mujer ciertamente liberada: tiene y sigue sus metas en la vida y no está dispuesta a cambiarlas sólo para ajustarse a la conveniencia de alguien más; pero tampoco se cierra del todo a la gente, y puede encontrar felicidad en las relaciones sin sacrificar su integridad. En términos japoneses, sugiere a alguien consciente de la fragilidad e temporalidad de los vínculos humanos y la importancia de vivir con los ojos abiertos para no perderse las maravillas del instante.

MUJERES QUE ESPERAN
En conjunto, la sensibilidad es sumamente moderna, pero de todos modos se nutre en la tradición. Hace énfasis en la pasividad y la espera, conceptos que se remontan hasta épocas tan remotas como la Heian (794-1185), cuando las señoras de buena familia se quedaban detrás de las cortinas esperado pacientemente -o impacientemente- a que las llamaran los maridos o los amantes. Esto ya no ocurre en el Japón moderno, pero la relativa pasividad de las mujeres es un hecho en ese país, y sus poemas lo reflejan.

Usando como trasfondo al amante sin rostro, el fanático del béisbol que le gusta la comida casera, capta una amplia gama de emociones amorosas, pero el sentimiento al que regresa con frecuencia, es el de la mujer sufrida que espera. Machi Tawara pertenece al linaje de las mujeres que esperan.

Quizá la respuesta más asombrosa a la obra de Tawara ha provenido directamente de los mismos lectores, quienes inspirados por sus poemas, se decidieron a escribir poesía. Le han llegado decenas de miles de cartas y en ellas más de 200,000 tankas; de las cuales casi 1,500 fueron seleccionadas por la escritora para publicar un libro. El participante más viejo fue un hombre de 91 años, y la más joven, una niña de 11. Es admirable la identificación de los lectores con la escritora, y más admirable el hecho de que no se hayan contentado con un disfrute pasivo, sino que hayan iniciado por su cuenta un flujo creativo espontáneo.

Al referirse al libro, Machi Tawara escribió: "No quiero creer en lo que continúa por siempre, sino en lo que dura para siempre. ¿Y qué es eso que dura para siempre? La belleza de las cosas comunes, de los momentos comunes que se aprecian en su totalidad y se viven a plenitud". Le fascinan los numerosos contactos que ha podido mantener con la gente a través del libro. A pesar de la fama que le ha traído la poesía, continúa siendo una persona tímida, una joven "común" que le gusta "cocinar, ir al mar y jugar cartas. Me hace falta la casa más que a nadie, pero vivo sola en Tokio. Soy medio loca, llorona y todo me sorprende. Simplemente Tawara Machi. Y a partir de mi vida simple, cotidiana, quiero seguir escribiendo tantos poemas como pueda. Es decir, quiero vivir intensamente, porque vivir es escribir poesía y escribir poesía es vivir".