Tan sólo un decir (inicio)


EPÍLOGO

Que muera el inquisidor
que muera de su exigencia
y de ese apetito

que nunca se sacia: la perfección.

Que disparen con un gatillo certero
Jos estallidos de su voz.

Que muera de su propia muerte
que se le acabe el aire de la respiración.

Que te lleven de la mano las dudas
como dulces amigas
hacia la palabra inocente
hacia el misterioso tránsito del devenir