Tan sólo un decir (inicio)


Prólogo

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La vida es tan sólo un decir, y este decir en la poesía de Margarita Escobar es todo su mundo: la palabra que intenta nombrar. El lenguaje comprometido con un "yo" que se sabe esencial para establecer la pregunta, y en ocasiones el diálogo, como en este oema que da nombre al libro, en donde el yo poético pasa de constatar "el abismo de silencio", los "días" como "arrumes de hojas", a invitar al amado a atravesar las palabras para hacer posible el encuentro: "Ven atravesemos cogidos de la mano/las palabras/porque tal vez la vida/no sea otra cosa que un decir", nos permite dibujar, en la poesía de Margarita, una arqueología del cuerpo como palabra y como identidad.
Primero, en la pregunta sin interlocutor con creto, como en su poema "Regreso": "¿Y si a nuestro cuerpo/lo arrastra una barca/hacia el olvido?".
Segundo, en la construcción del cuerpo, que en ocasiones es casa, refugio, y en otras, batalla, franca lid, intemperie, como en "Los abismos del cuerpo", en donde el cuerpo es ala, punal, canto, palabra:
"A veces el cuerpo es un ala/que se bate en franca lid/con los guardianes de la intemperie/ se despliega/como si persiguiera la música/con movimientos de danza,//A veces el cuerpo es un puñal/ que si lo roza otro cuerpo/se desangra. //A veces es el canto/de un pájaro ciego.//O la palabra de un niño/que busca equilibrio/en el hilo de una voz".
En el poema "La casa que me habita", por ejemplo, la casa es inseparable del desarrollo del poeta que no deja de ser niño, pero como ella, se acicala de ruinas y pastorea abismos, y al hablar de la casa se describe a sí misma, o viceversa:

"En esa sencilla casa/fui inquilina de muchos desamores/huésped solitaria del asombro/convidada expectante de las perplejidades".
Tercero, en la enumeración de sus pocas posesiones, el lenguaje lucha por nombrar: el dolor, las palabras cargadas de silencio y la soledad colmada de mortales: "Tengo un costal austero/ de palabras/un silencio que solloza/y unos suspiros lejanos/que son la música del corazón".

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El decir es una metáfora tanto del proceso de autoconocimiento y definición del mundo como de la creación misma. Ese balbuceo que acompaña los días del poeta se convierte en el sentido mismo de su existencia, existencia que, al mismo tiempo, es tan sólo -en el mejor de los casos- lenguaje. El conocer y el conocerse implican entonces un compromiso con la verdad: las palabras expresan una emoción verdadera, y la experiencia de esa emoción adquiere un peso y un color, adquiere realidad, en el lenguaje, porque "Si las palabras no llegaran/de la hondonada donde se refugia la luz/cuando se obnubila con su propio brillo//o de la memoria del mar/zozobrando en el cuerpo/tembloroso de las olas//0 montañas en el lomo del ave/que en su vuelo/extravió la dirección del paraíso//ent;onces llegarían redondas, enteras/como esos soles llenos que no vemos en el invierno". Peregrinas las palabras llegan, en su constante búsqueda y en su incesante decir.
O como sucede en el poema "Intención": "Cuántas veces he intentado/un poema/en el que pueda verter como al océano/el inmenso caudal de la tristeza".
O en su "Poética", en donde los días vuelven a ser arrumes de hojas: "Subraya/con los clavos mellados/que se afilan en tu pecho/la página blanca/que amanece con el día", la escritura es, en este poema, casi experiencia mística, pues sin sacrificio no es posible la experiencia creadora.

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No toda la poesía posterior a la experiencia moderna toma como suya la despersonalización del yo en el poema. En la poesía de Margarita Escobar, es en la inequívoca lucha entre el decir y lo dicho, entre lo vivido y la intensidad de su experiencia que el poema encuentra su verdad, su realidad, su carne. Margarita desenvuelve el nudo en donde pensamiento y palabra se cruzan -siguiendo la imagen de Seamus Heaney- con austeras y sopesadas palabras; sin embargo, la economía de su lenguaje no es economía musical, sino el decir que finalmente se precipita hasta el final, como en su poema "Reflejo", en donde aparece un artefacto importante a la hora de hablar de identidad: el espejo, símbolo de la multiplicidad del yo, y de la presencia del cuerpo como ausencia. Sigamos, de nuevo, las enumeraciones propuestas por la poeta hasta producir la imagen exacta:
"Cada día/la cotidiana luz de los espejos/me tiende una emboscada/me recuerda/las diversas imágenes de mi cara.// Me repite/vestida con disfraces/con máscaras/con harapos/con galas.//Ni siquiera en sueños/cuando el cuerpo descansa/ del espía que llevo dentro/soy una sola."
O como en los "Ojos del suicida", en donde la vida es ese espejo roto: "No hay quien cierre/los ojos espernancados del suicida/ellos permanecen abiertos/como si siguieran mirando/la vida partida en mil pedazos".

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Las palabras siguen siendo "música del alma", sin ese intersticio, la vida no sería ese decir que la salva, así lo entendemos en "Un intersticio en el poema", y en el poema Emily Dickinson, en donde volvemos a la pregunta esencial, la pregunta que es sed, música inasible, a través de la cual, la poeta busca expresar su más vivo dolor que es el vivir:

"Que nunca falte en tu vida/un intersticio para el poema./Ábrele una interrogación a cada palabra/y deja que salga de tu entraña la voz."
"¿Qué otra cosa que la sed/hubiera podido colocarte/esa extraña pregunta en la frente?", refiriéndose a Emily, con quien la poeta se sentirá espiritualmente cercana porque ¿para qué escribir, preguntamos con Margarita Escobar, sino es "para descubrir el alma"?

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Finalmente terminemos con un poema dedi cado al padre, "Lejano", en donde la incompletud del decir, o por lo menos su tensión antes del nacimiento de la palabra, es visible en los verbos utilizados en el poema: oír, buscar, mirar, partir, en todos ellos es indispensable la figura del otro para que la acción se cumpla cabalmente, y entendemos, en la última estrofa, que ese decir ha quedado como gesto, como trazo que invita al otro a completarlo: "Partir, sin haber concluido el abrazo/irse sin desentrañar la oscura frase/ con la incertidumbre, sin comprender".
La poesía es entonces un decir que invita a hablar, a comunicarse, a descubrir en el otro -que podemos ser nosotros mismos-lo que falta:la palabra no dicha, la voz salida de las entrañas, el abrazo sin respuesta, el beso que nos espera.

Francia Elena Goenaga Olivares
Universidad de los Andes