Mirada de sombras (inicio)


A la espera

Unos pocos quedábamos,
por suerte, obcecación o destino,
sentados en los andenes
bajo la sombra ilusoria de los árboles deshojados,
respirando quedos
conservando ese postrer contacto
con la corriente cansada del paisaje,
cada uno enfundado en su propio letargo,
espiando el miedo ajeno.

A su antojo la mancha se extendía
cubría como un sudario todo pulso de vida,
se escurría bajo las puertas,
deshacía la blancura de las sábanas,
volvía tenues gemidos los fragores de las íntimas alcobas.

¿Qué pasó con los saltos cromáticos de las mariposas ?
No se oyen los aleteos de los pájaros.
Las gotas de lluvia con nudillos fríos
tocaron en vano las ventanas.
La brisa antes libre se vio acorralada,
vistió un ropón sucio y huyó a su aposento.

Las manecillas de los relojes después de un largo bostezo
formaron dos gelatinosos coágulos.
Los sauces retuvieron el llanto
pero unas gotas de savia escurrieron por sus cortezas.

¿Qué se hicieron los que daban cuerda a las cajas de música?
Como libros cerrados en los anaqueles tenían prohibido el sueño.
¿Cómo soltar las voces para no envenenar los estómagos?
Ni la carne viva grita.
¿Se ahogaría el silencio?

¿Cuánto tiempo esperar el regreso de la flauta encantada?
¿Saltará alguna vez sobre las olas grises la cántiga de la caracola?